La historia de Gigi la leí en alguna parte. Yo os la presento como la recuerdo, claro que metiendo mi cuchara.
El circo estaba a rebosar. Cuando los equilibristas andan colgados de los cables allá en las alturas, a todos se nos pone un nudo en la garganta.
Lo que nadie sospechaba era que, el Payaso Gigi, que entretenía a medio mundo, pudiera morirse haciendo payasadas. Cuando se cayó desplomado en la arena del circo nadie pensó en la muerte, ni siquiera su compañero que, seguía tomándole el pelo pensando que se trataba de una más de sus travesuras circenses.
Todos seguían riéndose, menos el médico que, pronto se dio cuenta de la realidad.
Un infarto lo dejo tendido con la última sonrisa en los labios…
Muchos decían: nos están tomando el pelo…
Otros comentaban: ¡qué payaso!
Algunos se decían: ¡qué bien hace el muerto!
Mientras tanto, el Payaso Gigi, estaba muerto de verdad.
El Circo, iluminado de luces, quedó en ese momento como si todos se hubiesen quedado mudos. Nadie quería creer lo que estaban viendo.
Cuentan que al poco rato, Gigi, se presentó tocando las puertas del cielo.
Al primero que encontró fue a San Pedro, quien al verlo, le quiso cerrar las puertas diciendo: oye, te has equivocado de lugar…. Tú nunca has ido a misa…
El Payaso Gigi sonrió y se santiguó…
Apareció de repente un sacerdote que lo conocía y exclamó: ¿Ese…? Ni hizo la primera Comunión. Yo lo conozco muy bien.
Pasó también una monjita muy piadosa y, al verlo, se hizo la señal de la cruz diciendo: “ay Dios mío, ¿un hombre de circo en el cielo? ¡Qué falta de seriedad!
Gigi, ya se estaba cansando de tanto comentario, pero, era payaso y seguía sonriendo a todo el mundo.
De pronto, apareció Jesús por allí y lo vio:
- Hola, Gigi, ¿cómo te va, pasa, pasa?
- Todos se miraron sorprendidos.
- Señor, que este hombre no iba a Misa.
- Ya lo sé. No necesito que me lo digan. Pero Gigi hacía reír a todo el mundo.
- Señor, si no ha hecho ni la Primera Comunión.
- Me lo van a decir a mí. Pero, ¡cómo ha divertido a los niños!
- Señor, si este hombre no sabe ni rezar.
- Ya lo sé. Pero, muchos que sufrían, iban a endulzar sus penas viéndolo hacer payasadas en el Circo.
- Señor, que este hombre ha contado muchos chistes de los curas y monjas.
- Y hasta yo me he divertido al escucharlos.
- Señor, que este hombre no era muy de Iglesia.
- Si lo sabré yo. Pero era de la humanidad entera.
Para él no había ni ricos ni pobres, ni blancos ni negros, ni buenos ni malos.
El se pasó la vida haciendo felices a todos.
Y quien ha consagrado su vida a la felicidad de los demás ¿pensáis que no es de los míos?
- Pasa, Gigi y siéntate. ¿Qué te apetece?
- Oye, Señor, mientras me preparas un traguito, ¿me permites divertir un poco a toda esta gente que la veo tan seria?
Yo estoy acostumbrado a reírme de todos y para todos.
Yo no valgo para estar con gente tan seria.
Mira, Gigi, ya no sé que hacer para convencer a los cristianos de que sean más alegres, de que sonrían.
- Yo no sé quién les ha metido en la cabeza que para ser buenos tienen que estar siempre tristes como el invierno, cuando en realidad yo les dejé un mandato de que “estén alegres, y hasta les dejé mi propia alegría”. Pero parece que no se han enterado de nada.
- Por eso los Payasos me caéis tan bien y me gustáis tanto.
Tenéis vuestros problemas como todo el mundo, pero seguís haciendo feliz a la gente.
Yo sé que muchas veces os llora el corazón, pero vosotros seguís alegrando el corazón de todos.
Por eso me gustáis. ¡Sois formidables y vuestra alegría y buen humor es un testimonio de mi Evangelio!
El Cuarto Domingo de Pascua es llamado “Domingo del Buen Pastor”, aunque a mí me gustaría llamarle “Domingo de los buenos pastores y las buenas ovejas” porque eso es cada comunidad de bautizados. Jesús quiso aplicarse a sí mismo el título de “Pastor”. Un título simpático. Realmente resulta bonito contemplar a los pastores apoyados en su cayado, con el perrito cerca y las ovejas tranquilas pastando en el campo. Me encanta la serenidad y tranquilidad del pastor. Alguna vez tocando una flauta para distraerse, pero no por eso pierde el ojo mirando a las ovejas.
Necesitamos pastores alegres, que sienten el gozo de compartir sus vidas con sus fieles.
Necesitamos pastores felices, que sienten la alegría de caminar con sus fieles por los caminos de la vida.
Necesitamos pastores que disfrutan hablando con sus fieles, dialogando con ellos, escuchando sus problemas y regalándoles una palabra de aliento y de esperanza.
Necesitamos pastores sensibles a los fieles que sufren y les cuesta seguir el ritmo del rebaño.
Pero también necesitamos fieles que conocen a su pastor y se sienten cercanos a él y le ayudan también con una palabra de aliento.
Necesitamos fieles que se sienten cercanos a sus pastores y comparten también con ellos sus momentos difíciles, porque también los pastores tienen sus penas y sus sufrimientos.
Necesitamos fieles que saben escuchar las inquietudes y preocupaciones de sus pastores y les dan a una mano para salir adelante.
No entiendo el rebaño sin pastor, pero tampoco entiendo a un pastor sin su rebaño.
Pastor y rebaño debieran formar como una familia espiritual y de fe, donde juntos compartan el mismo camino del Evangelio.
Mutuamente se necesitan.
Mutuamente se debieran valorar, apreciar y estimar.
Un pastor que no valora a sus fieles nunca podrá crear una comunión de sentimientos y de ideales.
Un rebaño que no valora a sus pastores fácilmente empezarán a desperdigarse y a buscar cada uno sus propias praderas.
Así debiera ser la Iglesia. Así debiera ser la Diócesis. Y así debiera ser cada Parroquia. Pastor y rebaño bajo la guía el Buen Pastor que es Jesús. En este día del “Buen Pastor” todos debiéramos preguntarnos cómo es nuestro pastor, cómo es nuestro rebaño, cómo es nuestra Parroquia.
ORACIÓN POR NUESTROS PASTORES
Señor: Tú quisiste llamarte “Buen Pastor”
y quisiste regalarnos también buenos pastores.
Tú sabes que también ellos son humanos: ayúdales a ser cada día más semejantes a Ti.
Que también ellos tienen sus problemas: ilumínalos en sus oscuridades.
Que también ellos tienen sus debilidades: hazlos fuertes en sus luchas.
Que también ellos tienen sus cansancios: aliéntalos para que no desfallezcan.
Que también ellos tienen sus soledades: hazles sentir tú compañía y la nuestra.
Que también ellos tienen sus corazones: regálales con tu amor a través del nuestro.
Que también ellos tienen sus flaquezas: que cuenten siempre con nuestro aliento.
Que también ellos tienen sus tristezas: que podamos llevarles un poco de alegría.
Señor: queremos pastores santos.
Señor: queremos pastores que nos acompañen en nuestro camino de santidad.
Señor: queremos pastores que no nos dejen caminar solos sino siempre caminen a nuestro lado.
Señor: queremos que en medio de nosotros suscites vocaciones generosas que pongan sus vidas a nuestro servicio
ORACIÓN POR NUESTRO REBAÑO
Señor: me has elegido para ser guía de los fieles que me has encomendado.
Que no me sienta superior a ninguno de ellos.
Que me sienta uno más entre ellos.
Que sepa ver en cada uno de ellos el rostro de aquellos a quien tú amas.
Que sepa comprender a cada uno en medio de sus flaquezas y debilidades.
Que nunca les falte mi palabra de aliento, de esperanza y de confianza.
Que sepa contar con todos ellos y que no me sienta yo indispensable.
Que no quiera hacerlo yo todo sino que sepa delegar funciones en cada uno de ellos.
Que no sea de los que, con me genio y mal humor, los aleje de tu Iglesia.
Que sepa que mi misión no es mandar sino acompañar.
Que sepa que mis palabras no deben ser de acusación sino de invitación.
Que no me quede tranquilo mientras alguno de ellos esté lejos de tu Iglesia.
Que no me dejes dormir tranquilo mientras alguno abandona a tu Iglesia.
Que no me quede yo sentado mientras alguien anda extraviado.
Que siempre tenga la palabra adecuada a cada situación.
Que siempre escuchen mi voz, pero también la tuya.
Que siempre tenga la disposición de escucharles, que también ellos tienen mucho que decir.
Que logre una comunidad alegre. Que no los aburra con mis generalidades.
Que siempre se sientan acogidos y sepan que mi tiempo les pertenece.
Señor: Dame fieles santos y que aprenda de ellos el camino de la fidelidad a tu Evangelio.
Que cuando llegue a ti, no me preguntes por los que falten, sino que todos nos encontremos en un mismo rebaño.
Ser pascua
Pero celebrar la Pascua es poco. La Pascua hay que vivirla. Hay que asumir su mensaje. Hay que llegar a ser pascua. Que la Pascua no sea una fiesta del calendario, un rito, sino un talante, un espíritu, una manera de ser y de vivir. Quiere decir que no basta con creer que Cristo es la Vida, sino que he de esforzarme para que Cristo sea vida en mí; Cristo, «vida nuestra». Y esto quiere decir, entre otras cosas, que:
- Ya no hay lugar para la tristeza. Cristo, nuestra vida, te sonríe. Déjate llenar por su gozo, que es inextinguible, que nada ni nadie nos puede quitar. Habrá, sí, todavía, pasión y sufrimiento, pero ya están redimidos. Se puede poner luz y consuelo en el sufrimiento. Eso es la Pascua. Sé tú también sonrisa de Cristo para los demás.
- Ya no hay lugar para la desesperanza. Cristo, nuestra vida, te ilumina y te sostiene. El es tu sol, tu ilusión y tu esperanza. No te faltarán problemas, fracasos y desengaños. Pero todo tiene ya una razón y una orientación. Todo se orienta hacia la Pascua; todo se ilumina desde la resurrección de Jesucristo. Sé tú también mano tendida al decaído, un teléfono de la esperanza.
- Ya no hay lugar para la soledad. Cristo, nuestra vida, te acompaña. Pregunta a Jesús: ¿Dónde está tu casa?, ¿dónde vives? Y él te contestará que vive en el alma del creyente, en aquel que lo busca y lo desea, en aquel que lucha por curar a un enfermo o superar una esclavitud; que vive en el corazón del mundo. Aunque todos te abandonen, nunca te sientas solo. Incluso, aunque tú olvidaras a Cristo, él no te olvida. Esa es la Pascua. Sé tú también presencia de Cristo para los demás, amistad ofrecida a cualquiera.
- Ya no hay lugar para el pecado. Cristo, nuestra vida, es tu justificación y tu santidad. Cristo cargó con todos tus pecados, los clavó en la cruz y te purificó con su sangre. Ahora te repite: yo te perdono, no temas; yo te perdono y te quiero; hoy estarás conmigo en el paraíso. Eso es la Pascua. Perdónate también a ti mismo, ten paciencia con tus limitaciones y tus fallos. Y después extiende a los demás el perdón y la paz; sé presencia misericordiosa para todos.
- Ya no hay lugar para el desamor. Cristo, nuestra vida, te ama. Cristo resucitado es la victoria del amor. Al dar la vida por nosotros, la recuperó renovada, porque el amor no muere. El te ama, aunque tú no lo merezcas. El te capacita para amar, derramando todo su amor en ti. Eso es la Pascua: ser capaz de amar hasta el extremo. Ya podemos amar, no sólo hasta la muerte, «hasta que la muerte nos separe», sino más allá de la muerte, hasta siempre.
Sé tú también visibilización de amor resucitado, entrañas de amor pascual.
- Ya no hay lugar para la muerte. Cristo, nuestra vida, resucita en ti, Es verdad que la muerte nos rodea, que no para de conseguir victorias: ahí están las violencias de la guerra o el terrorismo, el hambre, los accidentes, el aborto, los vicios y las enfermedades. ¡Cuánta muerte, Dios mío! Pero Cristo ha resucitado y nos ofrece semillas de inmortalidad. Todas las muertes pueden ser redimidas, superadas y resucitadas. Esa es la Pascua. Sigue esparciendo tú esas semillas de Cristo, sigue sembrando la vida, sigue luchando contra la muerte, sé testigo de la resurrección.
3. Algunos compromisos pascuales
Ya hemos dicho que el que celebra la Pascua tiene que vivirla. Y el que vive la Pascua no hace falta que se esfuerce mucho para ser testigo de la resurrección, le saldrá espontáneamente.
Ser testigo de la resurrección es algo muy hermoso, pero, dada la cultura de muerte que impera entre nosotros, exige no pocos compromisos. Por ejemplo, el testigo de la Pascua debe:
- Luchar contra todo lo que origina muerte y conduce a la muerte, contra los violentos e injustos, contra los que siguen crucificando la vida y sembrando la corrupción. Defender la vida en plenitud.
Esta defensa vale para la naturaleza toda. El hombre de Pascua debe ser el mejor ecologista.
- Combatir, por lo mismo, las causas de la pobreza, las estructuras opresivas e insolidarias, el egoísmo que anida en el corazón del hombre y en el corazón del mundo.
- Defender la libertad verdadera contra toda situación esclavizante.
Esta situación puede ser íntima e individual, puede ser familiar, social y aun eclesiástica. «Para ser libres nos libertó Cristo» (Gá15, 1). La Pascua es siempre fiesta de liberación.
- Trabajar por la paz. La paz es también un don de la Pascua que
Cristo resucitado ofrecía a sus discípulos. Una vez conseguida después de dura batalla. El que vive la Pascua debe irradiar la paz y debe construir la paz, dondequiera se sienta herida o amenazada. Es ministro de la reconciliación y apóstol de la no-violencia. Defiende y trabaja por la paz de Jesucristo.
- Ser testigo de alegría y esperanza. Saber dar razón de nuestra fe ante todos aquellos que no creen en la primavera y no quieren florecer. Decir que los ideales son necesarios y que las utopías son posibles. No tienen razón los mediocres, los conformistas, los rutinarios. Desde que resucitó nuestro Señor Jesucristo, todas las metas son alcanzables.
- Vivir en la verdad. Nos hemos acostumbrado no sólo a decir mentiras, sino a vivir en la mentira; es decir, a no sentir lo que decimos, a no expresar lo que pensamos, a no cumplir lo que prometemos, a no ser lo que aparentamos, a no vivir lo que creemos y profesamos. Tantas verdades a medias y tantos intereses no confesados. Pero la Pascua es luz, transparencia total. El hombre resucitado se esfuerza por desenmascarar la hipocresía de la vida.
- Vivir en el amor. Es el secreto último de la Pascua y la fuerza que lleva a la resurrección. Un hombre resucitado es un hombre que perdona, que comprende, que sufre, que comparte, que se entrega. En una sociedad egoísta e inmisericorde, él debe poner misericordia. «El debe ser el corazón de un mundo sin corazón».
Semana Santa ¿Cancum o Cofradías?
Santas vacaciones
Lo cambiamos todo. No dejamos nada en pie. Ya, para algunos, no es tanto "Semana santa", sino "Santas vacaciones". ¡Mira qué bonito queda! Tengo algunos amigos que se van a celebrar la Semana santa a un monasterio; quieren vivir la Pascua con mucha gente; pero la gran mayoría se van a la playa o a participar en las cofradías de su pueblo.
Hoy conviven la semana santa turística con la Semana Santa mística. De una se ocupan las agencias de viajes y de la otra se ocupan las gentes de Dios, como los catequistas, los curas, los cristianos en general. Y los de esta segunda tenemos que poner cuidado para que no nos absorba la semana turística, pues, a nada que te descuides, te montan una juerga familiar, una excursión o una cita que te impide acudir a la celebración que tanto te importaba pero que nadie comprende que sientas la necesidad de asistir...
Incultura religiosa
Noto que cada día sabe menos gente que estamos en Cuaresma y que la Semana Santa tiene que ver con las cosas de Dios. Aunque lo celebremos en catequesis, se recuerde algo en algunos colegios o celebraciones, el ambiente general es de vacaciones más pequeñas que las de verano pero igual de distraídas de las cosas de Dios. El otro día preguntaba yo a unas madres jóvenes a qué les sonaba la Cuaresma, me contaban que a días grises, morados en la iglesia, prohibición de comer chorizo, porque a Dios no le parecía bien, películas rollos en televisión de temas históricos o religiosos, recuerdos tristes de niñez con canciones como... No estés eternamente enojado, perdónanos, Señor...
Nadie se acordaba de la alegría de seguir a Jesús, de ratos de intimidad en diálogo con Él, de agradecimiento por su entrega, de ilusión por haber inventado la Eucaristía, de contagio de vida por enseñarnos a lavar los pies a sus amigos, de entusiasmo en la celebración de Pascua, al sentir que Dios nos pasa de la oscuridad a la luz y del agua que nos purifica y renueva en el seguimiento de Jesús, mientras volvemos a renunciar a un estilo de vida concreto y nos animamos mutuamente a elegir otra manera de vivir...
¿Por qué no entendemos?
Me pregunto yo qué vive la gente mientras está en una celebración, por qué no les calan los ritos, cómo es posible que les dejen indiferentes algunas expresiones y gestos que hacemos juntos que deberían ser transformadores de nuestra historia personal. ¿Celebraciones rutinarias? ¿Participantes que oyen sin escuchar y celebran sin participar desde el hondón del alma? ¿Estaremos habituados a todo de forma que ya no tiene ningún efecto en los adentros? ¿Por qué oímos a Dios de forma tan distinta: unos sentimos que se nos aviva la conciencia de misión, mientras que otros se quedan tan tranquilos, como si la cosa no fuera con ellos?
Cuidar lo esencial
Hemos de cuidar vivir este tiempo para los adentros; organizarnos una semana de vida familiar pero defendiendo los espacios privados de oración, de lectura, de liturgia y de lo que necesitemos para vivirla santamente, como una experiencia religiosa de las que fortalecen la relación con Dios y nos dejan más entusiasmados de lo de Dios, más entusiasmados para contagiar a Dios en nuestro vivir cotidiano.
Corre viento de sindios constante y tenemos el viento en contra. Por eso hemos de buscarnos algún cómplice con el que pactar nuestros espacios de oración, así nos sentiremos más fuertes para defender ese territorio espiritual que necesita ser alimentado especialmente estos días en los que todos quieren campo y playa.
Necesitamos ratos para escuchar lo que el Espíritu está tratando de decirnos para que vivamos de verdad a la manera del Evangelio. Necesitamos recuperar la luz para ver con claridad todo lo que está desapareciendo a nuestro alrededor. Nosotros hemos de iluminar muchas oscuridades que nos rodean y que hacen que la gente viva descontenta, distanciada de sí misma e insatisfecha. Este tiempo litúrgico es un momento especial para fortalecernos, para escuchar al Dios que nos susurra la mejor forma de estar en el mundo en este momento en el que tenemos muchos retos en la Iglesia, en la familia, en la pareja, en el trabajo y en el ocio. Él sigue actuando y nos irá llevando de su mano...
¿QUÉ CREE LA GENTE
QUE ES LA SEMANA SANTA?
Ø Unas vacaciones que tienen un origen religioso.
Ø Una semana de fiestas y folclore religioso procesional.
Ø Vacaciones primaverales de descanso muy oportuno.
Ø Una experiencia religiosa para unos pocos.
Ø Una semana especial de comunicación con Dios.
Ø Unos días especiales de oración y celebraciones en comunidad.
Ø La semana más profunda y espiritual del año.
Ø Un tiempo de dejarse animar y espabilar por el Señor.
Ø El momento de agradecer a Dios lo que hizo por nosotros.
Ø Días para mantener un contacto estrecho y profundo con Jesús.
LA CUARESMA-SEMANA SANTA
Ø El tiempo que nos damos los cristianos para refrescar nuestra fe.
Ø Días profundos, intensos y gozosos que nos sirven para festejar la Resurrección.
Ø Nueva invitación de Dios a ser más nosotros mismos y más lo que podemos ser.
Ø Propuesta de ser más como Jesús nos quiere, más como el Evangelio nos pide.
Ø El fin de la Cuaresma es renacer a una vida nueva, a la vida en abundancia.
Ø En Cuaresma potenciamos la formación religiosa, la oración y el compartir.
Ø Es el momento de afinar el oído para escuchar el clamor de los hermanos.
Ø Dios vuelve a decir a cada uno: "Ven para llevar la cruz de la vida conmigo".
Ø Es momento para escuchar un: "Ven, levántate, escucha, no tengas miedo".
Ø Recordar y celebrar la Cena de Jesús, su Muerte y su Resurrección.
RAZONES QUE DAR AL QUE TE PROPONE UN VIAJE EN VEZ DE VIVIR LA SEMANA SANTA ESPIRITUALMENTE
Ø Que es una semana muy importante para mí y necesito interiorizarla.
Ø Que me distraen otras cosas de algo que es lo más profundo de mi ser.
Ø Que cuando no tengo vida de oración me reseco por dentro.
Ø Que la Cuaresma y la Semana Santa son para mí un tiempo precioso y festivo.
Ø Que puedo posponer el viaje y asistir ahora a mis celebraciones comunitarias.
Ø Que si quiere celebrar conmigo alguna, las podemos compartir, y disfrutará.
Ø Que en ellas conocerá las razones de mi fe y de mi entusiasmo desbordante.
Ø Que Dios me descansa de mis trajines cotidianos, y lo necesito.
Ø Que celebrar la invención de la Eucaristía, la Muerte y la Resurrección, es precioso.
Ø Que como mi vida es un caminar hacia Dios, la Semana Santa me plenifica.
Jesús se revela donde hay menos luz
El relato de estos griegos que “quieren ver a Jesús”, me recuerda le historia de Nasruddín cuando andaba buscando algo de rodillas en la calle.
“¿Qué andas buscando, Mullah”? “Mi llave. La he perdido”.
Y arrodillados los dos, se pusieron a buscar la llave perdida. Al cabo de un rato dijo el vecino:
“¿Dónde la perdiste?”. “¡En casa!”
“¡Santo Dios! Y entonces ¿por qué la buscas aquí?”.
“Porque hay más luz”.
Cuando le dicen a Jesús que hay unos que quieren verle, él respondió: “Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí. Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir”.
Jesús no accede a la entrevista que le piden.
Jesús no accede a que le saquen una foto de recuerdo.
Para los que quieran verle de verdad, tendrán que esperar a su muerte.
Será en la Cruz donde podrán verle y reconocerle.
Nasruddin pierde la llave en la cocina y la busca en la calle, porque en la calle hay más luz que en la cocina.
Jesús no remite a la calle. No remite a donde hay más luz. Al contrario, a los que queremos verle, nos remite allí donde menos luz hay.
Jesús remite allí donde más se oscurece humanamente su figura.
Jesús remite allí donde lo divino parece apagarse.
Jesús remite allí donde humanamente menos pareciera revelarse Dios.
En la cruz se apagan las luces.
En la cruz se apaga lo divino.
En la cruz, hasta Dios parece esconder su rostro.
Y sin embargo es, en esa oscuridad de la cruz y de la muerte:
Donde Jesús mejor se revela a sí mismo.
Donde Jesús mejor manifiesta el amor de Dios.
Donde Jesús se identifica con él mismo.
Donde Jesús llega a la plenitud de sí mismo.
Dios se revela y manifiesta donde menos luz hay:
Muchos se pasan la vida buscando a Dios y no lo encuentran.
Los Magos se fueron a Jerusalén pensando que allí habría más luz.
Y sin embargo, sólo pudieron adorarlo en Belén y en un pesebre.
Buscamos a Dios precisamente allí donde Dios no está. Hasta es posible que muchos vayamos al templo para verlo. Y si alguien nos pregunta que hacemos aquí en el templo, posiblemente le digamos que estamos buscando a Dios porque es un lugar sagrado. Y nos olvidamos de que Jesús no nació en el Templo, sino en un pesebre.
¿A quién se le va ocurrir buscar a Dios en un pesebre?
¿A quién se le va ocurrir buscar a Dios colgado de una cruz?
¿A quién se le va ocurrir buscar a Dios en la cárcel?
¿A quién se le va ocurrir buscar a Dios entre los mendigos de cualquier ciudad?
San Pablo, en la Carta a los Filipenses, nos dice que “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.
Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.”.
La cruz emite poca luz sobre Dios, al contrario, “el que cuelga de la cruz tiene la maldición de Dios, es maldito de Dios”.
Y sin embargo, la Cruz es el lugar propio donde encontrarnos con el amor de Dios y la plena manifestación y revelación de Dios. “Y cuando yo sea levantado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí”.
Los pobres, los desnudos, los sedientos, los enfermos, los encarcelados, brillan poco con el brillo de Dios. Y sin embargo, “cada vez que lo hicisteis a uno de estos mis pequeños a mí me lo habéis hecho”.
Pensamiento: No busques a Dios donde brilla mucho lo humano. Búscalo en la Cruz que allí podrás verlo.
No todo es trigo limpio
Este Domingo Tercero de Cuaresma nos salpica a todos, pero en realidad, tiene una aplicación directa al templo. No se enfadó ni perdió la serenidad cuando veía a los publicanos cobrar los impuestos en las fronteras. Sin embargo, diera la impresión de que a Jesús se le “subió el genio” cuando vio el mercado y la feria del Templo. Ahí arremetió contra todos.
Se me ocurre pensar si el templo de nuestro corazón es realmente “casa de oración”, “casa de encuentro con Dios”, o más bien es también una especie de feria, donde se vende y se compra y se negocia… tantas y tantas cosas…
Es posible que, si nos miramos interiormente, nos demos cuenta de que llevamos dentro demasiados “bueyes, ovejas, palomas y mesas de cambistas”. ¿Cómo se sentirá Jesús al visitar nuestros corazones? ¿Se le subirá también “el genio”? Porque, por mucho que digamos vivimos en una sociedad que, como escribía Miguel Delibes, el dinero es “el símbolo de nuestra civilización”.
Es posible que la billetera esté vacía, mientras nuestros corazones están llenos de ansias de tener. No un tener para vivir con dignidad humana, sino por esas ambiciones de “querer tener siempre más”. Necesitamos del dinero, sin él no podemos vivir. Se necesita dinero para comer, vestir, beber e incluso para regalarnos pequeñas satisfacciones. Ese no es el problema. El problema está en hacer de nuestro corazón un mercado y una feria.
Y de esto no se libra ni la Iglesia. También la Iglesia necesita dinero para muchas cosas. Lo malo es cuando también la Iglesia cae en la tentación del tener. No olvidemos que nos encontramos en el Templo y que es ahí donde Jesús arma el escándalo y lo pone todo patas arriba.
Yo no sé si la Iglesia es demasiado rica o no. La realidad es que la gente la ve como rica. Es ahí donde muchos se escandalizan de ella. Cuando la gente, incluso los creyentes, siente que la Iglesia “huele a negocio”, comienza las críticas y la crisis de fe.
Es cierto que podemos justificar muchas cosas e incluso muchas debilidades, pero lo que los mismos fieles no perdonan es que la Iglesia, lleve ese perfume del negocio y del tener. No soy de los que no ve la realidad y las necesidades. Creo que estamos en un momento cuaresmal para hacer un discernimiento evangélico. No podemos caer en críticas baratas, pero tampoco debiéramos de hacer una autocrítica.
La pregunta que hoy todos tendremos que hacernos tiene que ser:
¿Qué cosas en la Iglesia no responden a lo que Dios espera de ella?
¿Qué cosas en la Iglesia tendrán que cambiar para ser la Iglesia de Jesús?
Porque no creo que nadie se imagine que en la Iglesia no hay muchas cosas que limpiar.
Porque también hoy la Iglesia puede convertirse en un mercado.
Tal vez no vendamos bueyes y ovejas.
Tal vez no pongamos mesas de cambio de moneda.
Pero hay muchos tipos de mercado:
¿Acaso no corremos el peligro del mercado de dignidades?
¿Acaso no corremos el peligro del mercado de la salvación?
¿Acaso no corremos el peligro del mercado de lo espiritual?
¿Acaso no corremos el peligro de títulos y poder?
No olvidemos que la Iglesia está hecha de hombres.
Y que los hombres somos débiles y, no siempre vivimos en fidelidad a las exigencias del Evangelio.
Y que los hombres no siempre somos fieles al Espíritu.
Y que también en nuestro corazón hay mucho de egoísmo.
No se trata de caer en una actitud de crítica amarga, sino una crítica que nazca del Espíritu. No para manchar y desacreditar a la Iglesia sino para purificarla y hacerla brillar cada vez más con la verdad del Evangelio.
Y un pensamiento último para nuestra reflexión: Quien piensa que todo es trigo en su vida, se olvida que también crece la cizaña.

No es fácil estar en el templo
Cuando Jesús entra en el templo de Jerusalén, no encuentra gentes que buscan a Dios sino comercio religioso. Su actuación violenta frente a “vendedores y cambistas” no es sino la reacción del Profeta que se topa con la religión convertida en mercado....
No estamos acostumbrados los cristianos a la imagen violenta de un Mesías fustigando a las gentes con un látigo en la mano. Y, sin embargo, esta es la reacción de Jesús al encontrarse con hombres que, incluso en el templo, no saben buscar otra cosa...que no sea su propio egoísmo...
Todos somos fáciles en criticar los mercadillos que, con cierta frecuencia, se montan en torno a lugares de peregrinación y donde se suelen vender todo tipo de baratijas religiosas...
Pero ante el evangelio de hoy, uno tiene que preguntarse cómo actuaría hoy Jesús si hubiese estado a la puerta o dentro de nuestra Iglesia...
¿Qué hubiera dicho de nuestra disposición rezando con ánimo o con desgana, qué hubiera dicho de nuestra participación en el canto...? ¿Qué diría que nuestra escucha atenta de su palabra? ¿De nuestra presencia ausente..., de nuestra rutina y superficialidad? ¿De quedarnos en lo pruramente exterior y no intentar vivir lo que decimos y celebramos...? ¿Nuestros labios rezan y cantan...pero dónde está nuestro corazón?...
Pero el problema es más de fondo. Esos latigazos de Jesús están hoy dirigidos a una mentalidad mayoritaria, incluso entre gente que frecuentamos las iglesias: el espíritu de intercambio.
Ayer unos amigos me comentaban un anuncio que aparece en la prensa con cierta frecuencia: “Reza nueve Avemarías durante nueve días, pide tres deseos, uno de negocios y dos imposibles, al noveno día publica este aviso. Se cumplirán aunque no lo creas”... Creo que los que estamos aquí no llegamos a este nivel de degradación... pero ¿no hay mucho de “cambista” de comercio en nuestras relaciones con Dios? ¿No tenemos que decir que nuestras relaciones con Dios se rigen por la norma “te doy para que me des? ¿No queremos comprar a Dios cuando le hacemos ciertas promesas para obtener algo y nos sentimos decepcionados y hasta airados porque no nos ha concedido lo que deseamos?...
Los mercaderes en el templo, son más numerosos de lo que ordinariamente se piensa. Y la operación limpieza habrá que realizarla muy a fondo. Es preciso decirlo bien claro: en la iglesia no se permite hacer ningún comercio. Ni siquiera de “géneros de eternidad” y otros afines.
Me explico. Hay gente que va a la Iglesia con el único afán de arreglar los asuntos concernientes a la vida futura. Se le dirige a Dios un discurso de este estilo: Tú me das un rincón en el paraíso, suponiendo que exista... y yo te lo pagaré con misas, sacrificios...o con una peregrinación....o con lo que sea... ¡Asunto concluído!.
Una mentalidad así, merece latigazos....Dios a nuestra disposición y no nosotros a disposición de Dios...
La cosa es más evidente todavía en relación a los santos. Para simplificar las cosas, incluso hemos distribuido las tareas y a cada uno le hemos encargado de un sector particular...y sabemos a quien tenemos que dar un telefonazo...
Naturalmente les pagamos las molestias: una vela encendida, un triduo, una novena en casos de más envergadura, la estampa en la cartera...En fin, todo un mercadillo...
Los santos que deberían ser un remordimiento para nuestra forma de vida, han quedado domesticados y utilizados a nuestro servicio. También ellos a nuestra disposición...
La operación limpieza sólo se completará cuando logremos erradicar esta mentalidad mercantil, esta concepción egoísta de la religión que nos hace mezquinos y nos transforma en comerciantes a la sombra del templo...
¿Quién tiene derecho a estar en el templo? Podíamos contestar que sólo aquellos que saben estar fuera, con una estilo de vida cristiano (ayudando a los demás, perdonando los roces que puedan producirse, viviendo como hermanos no como jueces implacables para con todos...)...
Sólo los que son capaces de reflejar a Dios en la vida de la familia y del pueblo, en la vida de cada día...pueden pasar el dintel de la Iglesia...
Fuera es donde hemos de demostrar que sabemos estar en la Iglesia. Fuera es donde se adquiere el billete de entrada en la Iglesia...
A pesar de las apariencias no es nada fácil entrar y permanecer en el templo. El gesto y las palabras de Jesús así lo demuestran...
El día que yo cambié
La Cuaresma es un camino que quiere sacarnos de donde estamos para llevarnos a una meta de libertad y plenitud.
Es el recuerdo de un camino que partió de la esclavitud y, atravesando el desierto, llevó a una patria nueva y a una vida nueva.
Es el camino que, partiendo de nuestro desierto de luchas y tentaciones, nos lleva a la mañana de Pascua.
Más que tiempo de ayunos y abstinencias es un tiempo de decisiones:
Es tiempo de enfrentarnos con nosotros mismos.
Es tiempo donde es preciso definirnos entre “ser o no ser”.
Es tiempo donde es preciso definirnos entre “ser nosotros mismos” o “ser como todos”.
Es tiempo donde se da esa lucha, esa tentación entre aceptar el reto de vivir en nuestra verdad o seguir engañándonos, maquillados con falsas imágenes copiadas de los demás.
Es tiempo de tentación: La tentación de ser o seguir siendo a medias.
Por eso es tiempo de decisión.
Donde decidimos, no sobre los demás, sino sobre nosotros mismos.
No es una batalla que se da fuera, sino en la mente y el corazón.
El punto de partida: lo que somos, donde estamos.
El camino: luchar por ser más, un horizonte nuevo.
La meta: una mañana de Pascua donde resucitemos como seres nuevos.
Me encantó lo que leí de Walt Disney, hablando de su propia experiencia y que pudiera ser la nuestra. Lo titula “El día que yo cambié”:
“Decidí no esperar las oportunidades sino salir a buscarlas.
Decidí ver cada problema como la oportunidad de encontrar una solución.
Decidí ver cada desierto como la oportunidad de encontrar un oasis.
Decidí ver cada noche como un misterio a resolver.
Y cada día como una nueva oportunidad de ser feliz.
Aquel día comencé a ser fuerte, feliz de verdad, gracioso.
Aquel día dejé de temer por cada vez que perdía.
Y sentí que para vencer no es necesario ganar.
Vi que dar lo mejor de mí me hacía feliz, aunque no fuera el primero, aunque no me coronaran o me aplaudieran.
Sentí nuevamente que el único rival soy yo mismo.
Me dejó de importar quien ganara o perdiera.
Ahora me importa simplemente sentirme mejor que ayer.
Aprendí que lo difícil no es llegar a la cima,
sino jamás dejar de subir.
Pero también vi que a veces se cae,
y que el único camino es levantarse y seguir.
Descubrí que el amor es más que un simple estado de enamoramiento, “el amor es una filosofía de vida”.
Aquel día dejé de ser un reflejo de mis escasos triunfos pasados y empecé a ser mi propia tenue luz de este presente;
aprendí que de nada sirve ser luz
si no vas a iluminar el camino de los demás.
Aquel día decidí cambiar tantas cosas…
Aquel día aprendí que los sueños
son solamente para hacerse realidad.
Desde aquel día ya no duermo solo para descansar,
ahora también duermo para soñar…” (Walt Disney)
La Cuaresma no es tiempo de penitencias.
Es tiempo de “penitencia”.
Es tiempo de cambio. Tiempo de sueños.
Y cuando decidimos cambiar, todo cambia en nosotros y a nuestro alrededor.
Cambia nuestra manera de ver.
Cambia nuestra manera de vivir.
Cambia nuestra manera de estar.
¿Y por qué, entonces, seguimos teniendo miedo al cambio?
¿Por qué, entonces, seguimos teniendo miedo a abandonar nuestras esclavitudes?
El día que “yo decida cambiar”:
No solo cambiaré yo mismo.
Todo cambiará a mi alrededor.
También a nosotros “el Espíritu nos empuja al desierto”.
También nosotros vivimos en medio de esas fieras
de nuestros miedos.
También nosotros vivimos en medio de esas luchas internas.
Pero no estamos solos.
Jesús lucha en nosotros y con nosotros.
Por eso, el final del camino ya no será el desierto,
sino el jardín de la Pascua.
Allí nos esperamos encontrar todos.
Allí nos esperan las flores de la primavera de la nueva vida.
El tiempo de Cuaresma
El tiempo de Cuaresma es importante y no sé si los cristianos le damos importancia. El ambiente exterior da importancia a los acontecimientos “mercantiles”, fechas en las que nos pueden sacar los “euros”. Pero la Cuaresma no es mercantil: es todo lo contrario. Por eso no interesa socialmente. Y entre los que somos cristianos (o intentamos serlo) convendría no perder lo esencial.
Cuaresma es un tiempo para preguntarnos por lo que hay de evangelio en nuestras vidas; para examinar el “hueco” que Jesús tiene en nuestros corazones; para analizar los criterios de mentalidad que nos movilizan y hacen que tomemos unas opciones u otras... Por ejemplo, ¿en qué se nota que somos familia cristiana? Desde luego, no vale decir “somos cristianos”. Hay palabras en la vida de las personas que si no se traducen en algo concreto, son mentira. Ya te pueden decir “te quiero”, si no se deja “ver en hechos concretos” no pasa de ser “musiquilla celestial”...
Quizás un día de estos, cuando estés harto de casi todo, también de ti mismo por la complejidad de la vida, te puedes tomar unos momentos de paz (a lo mejor metiéndote en una iglesia cuando no hay misa y hay silencio...) El silencio es buen compañero cuando te dejas arropar por él. El silencio no suele decir mentiras, suele desvelar verdades, tu verdad. Y no está mal de vez en cuando asomarse a la verdad desnudamente.
Me atrevo a proponerte un objetivo concreto: una de las señales que indica que el evangelio entra en la vida de las personas es el uso que hacemos del dinero. Cuando Jesús entra en la vida de Mateo, Zaqueo, Magdalena... se nota por su relación con el dinero: saben dar, repartir; es decir, dan menos importancia al dinero; no viven para tener; tienen para vivir, y basta.
No te aconsejo que des de lo que tienes. De eso no des nada. Sólo te aconsejo que des de aquello que puedes tener y te abstienes de tener o comer o ponerte encima o almacenar. Una vez una familia en cuaresma dijo: “Toma, para los pobres; es el aperitivo de todos los domingos de Cuaresma. Lo hemos suprimido y ahí está el importe”.
Mi opinión es que el dar no hace rico al que recibe, sino al que da porque le abre a otros valores de solidaridad, de apertura, de escala diferente de valores.
Te invito a tener de uno a cinco minutos de paz al día en este tiempo. Elige el tiempo que resistas. Quizás valga un minuto al día para respirar y decir: ¿Qué estoy haciendo en mi vida? ¿Qué estoy haciendo de mi vida? Después basta que exclames con el corazón: ¡Señor, Señor!
No digas que esto es muy difícil.
Vale. Perdona que te eche este sermón. Es puro defecto profesional, sí. Pero es también cariño, conste. Tú y yo estamos llamados a ser más y mejores personas, más y mejores creyentes, más y mejores hijos de Dios. Y vale la pena. No perdemos nada y podemos ganar mucho: un aumento de felicidad interior, de alegría profunda (esa que no se compra, esa que mana dentro, en el hondón del corazón).
¡Marchando que es Cuaresma!
Este “renacer” no es fundamentalmente conquista nuestra, sino don de Dios...
Disfrazarse de sí mismo
Mariano González Mangada escribió una fábula que dice así: "Hubo una vez un hombre que en Carnaval se disfrazó de sí mismo, y parecía otro y fue muy feliz, aunque el miércoles de ceniza volvió a ser el de todos los días, es decir, el que los demás querían que fuera".
Lo sepamos o no lo sepamos, nos guste o no nos guste, el hecho es que todos, en este mundo, andamos disfrazados de algo. Porque todos tenemos una imagen pública y siempre vamos por la vida representando un papel. De ahí que todos tendríamos que preguntarnos qué disfraz llevamos puesto. Seguramente porque no sospechamos que lo que más necesita cada cual es "disfrazarse de sí mismo", es decir, ser él mismo. Y no ser lo que los demás quieren que uno sea o aparecer como los demás quieren que uno aparezca. Lo digo con pasión y quizá con rabia: "Estoy harto de ir por la vida representando un papel", o sea, estoy cansado de hacer el cómico y no ser yo mismo. Según lo que de mí espera la gente que me conoce, cada mañana, cuando me levanto, me disfrazo de cristiano, me disfrazo de cura. También me pongo algo de hombre de estudios, para que muchos me vean como quieren verme, como un intelectual. Y así me paso la vida: representando papeles. Porque, vamos a ver: ¿de veras soy yo un cristiano? ¿de veras soy un cura?¿soy un intelectual? La pura verdad es que, a fuerza de ser una cosa y parecer otra, muchas veces ni sé lo que soy.
Si somos sinceros, a todos (a cada cual en su medida) nos pasa lo mismo. Somos lo que los demás quieren y esperan que seamos, pero no lo que en realidad somos, cuando somos nosotros mismos. Por el ambiente en que vivo, yo sé de obispos que son lo que Roma quiere que sean, pero no son lo que ellos mismos piensan o sienten. Y sé de curas que son lo que el obispo quiere que sean, pero no lo que ellos mismos dicen cuando están solos.
Normalmente, cuanto más alto está uno en la escala de lo -religioso, lo social, lo intelectual, más peligro tiene de verse obligado, cada día, a ponerse el correspondiente disfraz. La gente de abajo, los que no pintan nada en la vida, ésos van como son. No tienen nada que representar. Ni nada que aparentar. Las personas de buena familia, los sabios, los poderosos, no tienen más remedio que aparecer como tales. Por eso les importa el "¡qué dirán!", el "¡qué van a pensar de ti si te ven así!", etc, etc. O también:"Este año se lleva esto o se lleva lo otro". Hay que aparecer como quieren que aparezcamos los que imponen la moda, los que imponen los usos y costumbres, los que imponen lo que se come y cómo se come. O sea, vivimos en un perpetuo miércoles de ceniza aunque sea navidad o viernes santo. El gran teatro del mundo.
En el fondo, el problema está en que le damos más importancia al parecer que al ser. Uno puede ser un egoísta, un orgulloso, un ambicioso, un auténtico estúpido, pero lo que importa es no aparecer como tal. Es la hipocresía. Dueña y señora de nuestras vidas y de nuestras conductas. Con un agravante: estamos convencidos de que así es como hay que ser. Con lo cual se perpetúa la farsa. Y todo lo falso, lo convencional, lo hipócrita, se superpone a lo auténtico, a lo verdadero. Y, sobre todo, se impone la mentira, por encima de la felicidad de las personas. Más aún, se impone toda la farsa y el engaño del mundo, a costa de que los más desgraciados se vean cada día más hundidos en su miseria. Porque la industria y el comercio de los que visten y alimentan a los notables de la sociedad, los que cada día se tienen que vestir y tienen que comer donde se viste y come la gente importante, eso cuesta mucho dinero, demasiado dinero. Y, claro está, luego no queda en los presupuestos, de la familia y del Estado, para subir las pensiones de los viejos que se mueren solos, ni hay dinero para hacer más hospitales, ni para tener nuestras ciudades más limpias, ni por supuesto para dar el 0'7% en favor de los mil millones de criaturas que se mueren de hambre en el mundo. La industria del "parecer", que es la asombrosa industria de los disfraces, resulta demasiado cara. Pero estamos tan apegados al "parecer", que, por no "ser" lo que en realidad somos, hacemos lo que sea, aunque eso cueste demasiado dolor, humillaciones indecibles y la eterna desgracia de los que vamos por la vida haciendo de comediantes, para que todos nos vean como quieren vernos. Y así, todos contentos. Como decía un viejo amigo mío: "si cada hipócrita llevara un farolillo, ¡qué verbena!".
Carta de Cuaresma

Es Miércoles de Ceniza. Si tienes por ahí colonia, ponla a mano para usarla. Si tienes "potingues de maquillaje", no los retires. Va en serio. No entramos en un tiempo de apariencias, sino en un tiempo bonito, porque es tiempo de lo esencial. Nuestro Dios nos convoca a lo esencial "a la chita callando". Mira lo que dice el Evangelio de Mateo: "Cuando ayunes, perfúmate la cabeza, y lávate la cara (maquíllate bien por fuera) de modo que tu ayuno no lo observen los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará " (Mt 6,17).
Así en plata: estamos invitados a hacer lo esencial sin que se note. Tenemos un Dios al que le importan muy poco las apariencias. Sabe mirar lo profundo del corazón.
Hoy comenzamos la Cuaresma. Para muchos la Cuaresma se reduce a eso de la abstinencia y el ayuno, como si haciendo eso ya estuviera hecha la Cuaresma.
Lo importante de la Cuaresma es poner el dedo en lo esencial de nuestra existencia cristiana. Decimos que creemos, pero vivimos, en ocasiones, como "paganitos": con criterios, con usos, con mentalidad que tienen poco que ver con lo que Jesús pide a los discípulos en el evangelio. Tenemos un corazón siempre por "cristianizar", inclinado a sus antojos... Cuaresma es poner el dedo en la realidad de nuestra vida "pagana" y ver si lo que Jesús pide a sus discípulos es "la norma de nuestra vida".
Cuando hagamos esto, el ayuno y la abstinencia van a venir por su propio peso, porque tendremos que prescindir de más de una cosa... que se nos ha pegado y apegado a la manera de vivir que tenemos y que se parece poco a lo que Jesús nos pide. Entiende desde esa perspectiva el ayuno y la abstinencia.
Me doy cuenta de que he puesto unas palabras muy rimbombantes como
lo esencial de nuestra vida cristiana. ¿Qué será eso? Vamos a ver: ¿Qué es lo esencial en tu vida de pareja? Tu vida de pareja es la respuesta diaria a un sí, a un amor. Pues lo esencial de la existencia cristiana es lo mismito: la respuesta al amor de Dios.
Para entender esta respuesta los creyentes tenemos unos instrumentos de primer orden: la meditación de la Palabra de Dios y la oración. Esto es lo esencial. Cuando se hace esto, ya uno se va imponiendo otras cosas que se desprenden de escuchar la Palabra y de orar al Padre. Verás que tendrás que hacer cosas por amor: privarte de algo (como lo haces cuando te ocupas del hijo o del marido o de la esposa... o cuando no ves el partido
de fútbol y no pasa nada por perderte un partido con tal de darle gusto...)
Y vas a aprender a abrir la mano a los demás porque entenderás que somos hermanos unos de otros... y querrás ayudar con lo que sea... Como ves, esto no es tan complicado...
Hoy te quiero decir a ti que lees esta carta que no "impongas a tus hijos ni a tu marido o esposa lo que tú haces porque te sale de dentro". Pero al
mismo tiempo, que no ocultes tu respuesta de lo que haces a quien te la pida. Cada vez estoy más convencido de que lo del Evangelio de Jesús
entra por libertad y no por imposición; lo del Evangelio de Jesús entra por interrogación y no por presión. Pide y haz con los de tu casa hasta donde puedan llegar y tú llega hasta donde tu corazón te pida. Ten por seguro que lo que haces es visto por el Padre del cielo y también por los de tu alrededor. Convencerás más por lo que hagas y la coherencia de tu vida que por la imposición externa que quieras ejercer con los tuyos o sobre los tuyos... (en el fondo hasta los "tuyos" no son tan tuyos; son ellos, y
una característica del cariño es dejar al otro ser lo que está llamado a ser; tú sabes que esto es dificilísimo y exige equilibrio para educar sin imponer, para mandar y prohibir, para aconsejar y sugerir...)
Sí te invito a que en estos días de Cuaresma te tomes un tiempo de uno a cinco minutos para el silencio, para la oración, para leer el Evangelio.
Es la Palabra de Dios la que juzga nuestra vida y es la oración la que alimenta nuestra intimidad con el Padre. Yo no te puedo decir mucho
más... Es el mismo Dios y su Espíritu quienes te irán señalando las "zonas oscuras de tu existencia cristiana". La relación con Dios es como la relación humana: cuanto más quieres, más te entregas; cuanto más quieres, menos pides; cuanto más querido o querida te sientes, más te vuelcas... ¿A que sí?
Cuando oigas hablar de ayuno, de abstinencia, entiéndelos en esta clave de encuentro. Verás que entonces no suenan a "darnos palo", ni a
"hacernos daño"... Todo lo contrario, suenan a relación de cariño e intimidad con quien sabemos nos ama Él el primero.
Un abrazo y feliz tiempo cuaresmal...
De masa pasiva a comunidad activa
DOMINGO VII del Tiempo Ordinario (Mc 2,1-12)

Generalmente hemos entendido la curación del paralítico en sentido personal. Se entendía que en el paralítico de Cafarnaún está simbolizada la persona psicológica y espiritualmente postrada. No es que se excluya este sentido, pero, según los escrituristas, quien está representada, en primer término, es la comunidad cristiana. No hay que olvidar que el milagro tiene lugar en la casa de Pedro, en Cafarnaún, en la que cuando Marcos escribe el Evangelio se reúne una comunidad cristiana. Es preciso descubrir el alcance comunitario de los evangelios, que no fueron otra cosa que catequesis de la comunidad y para la comunidad.
Sucede tristemente que muchas parroquias no es que sean comunidades paralíticas, sino que no son propiamente comunidades; son, más bien, masas de cristianos que practican su religiosidad con sentido individualista. Es un lamento general en encuentros eclesiales: "No hay comunidad. Nuestras parroquias están masificadas". Urge hacer comunidad en la que los fieles participen activamente, crear comunidades que compartan la misión de evangelizar la sociedad.
Cuando el Papa llama a realizar la nueva evangelización, ¿qué quiere decir sino que los "cristianos" están sin evangelizar, que viven anárquicamente su fe? En un documento de gran valor titulado Las sectas y los nuevos movimientos religiosos, a la hora de analizar las causas por las que se ha producido una verdadera explosión sectaria en el mundo, se afirma: "La falta de comunidades vivas en la Iglesia ha propiciado el hecho de que las personas busquen refugio y amparo en los grupos sectarios en los que se favorece el clima de grupo".
Signos de parálisis
Los signos de parálisis en las parroquias son inequívocos:
- El clericalismo que convierte a los cristianos practicantes en masa pasiva. Los sacerdotes deciden solos, hacen los proyectos, marcan enteramente la vida de la comunidad. Los seglares únicamente participan en tareas que no requieren responsabilidad ni creatividad: Leer en público, cantar, repartir ropa o comestibles, visitar a los enfermos, dar la comunión en las Eucaristías y aportar económicamente.
- La rutina y falta de entusiasmo en las celebraciones. En el análisis que hace el Vaticano con respecto a las causas del crecimiento de las sectas, aduce, como una de las principales, sus celebraciones vivas, llenas de signos y gestos que hablan al corazón y a la sensibilidad. Y el mismo documento lamenta la rutina, la monotonía, la falta de originalidad y de calor que tienen muchas celebraciones de nuestros templos.
- La falta de alegría. Uno de los síntomas de enfermedad, de parálisis, es la falta de alegría. Las masas que participan en nuestras eucaristías y se mueven por nuestros templos y sacristías no dan un especial testimonio de alegría. La gente busca ansiosamente la alegría. Si nos vieran como unas pascuas, correrían a preguntarnos el secreto, se unirían masivamente a nosotros. Si es que somos comensales en el banquete del Reino y no estamos alegres y felices es porque: o no hay tal banquete o estamos desganados y no sabemos saborear los manjares del Reino o no sabemos hacer fiesta.
- Falta de espíritu misionero. Alguien ha dicho muy certeramente: "Cuando alguien no es capaz de morir por una causa es porque o la causa es miserable o es miserable el que la defiende". Afirma contundentemente Pablo VI: "Es impensable que alguien haya aceptado de verdad la Buena Noticia y no se convierta en su mensajero. El que ha sido evangelizado de verdad, necesariamente se vuelve evangelizador" (EN 24).
Medios y remedios de curación
¿Qué medios y remedios hemos de aplicarnos las masas cristianas, la multitud de cumplidores, para que se produzca en nosotros el milagro de la curación del paralítico, para que nos convirtamos en comunidades vivas y dinámicas?
- Acercarnos a la persona de Jesús. Los camilleros presentaron al paralítico a Jesús. No repararon en medios: levantaron la techumbre para descolgarlo y ponerlo delante de él. Cuando las masas cristianas, que viven de tradiciones, de ritos, de dogmas, se ponen ante Jesús de Nazaret, le miran a la cara, le escuchan y se dejan fascinar, entonces esos cuerpos paralíticos se incorporan, se reaniman. Lo decía rotundamente Pablo VI en su documento Ecclesiam suam: "La Iglesia se renovará cuando centre su atención en Cristo Jesús". Donde se vive una espiritualidad cristocéntrica no puede haber masas de cristianos apagados. La presencia viva de Jesús no deja dormir.
- El poder curativo de su palabra. Jesús curó mediante su palabra: "Levántate, coge tu camilla y anda". En todos sus milagros de rehabilitación interviene con su palabra: "Quiero, sé curado", "Lázaro, levántate y sal fuera", "sal, espíritu inmundo"... El Señor curará nuestras parálisis cuando nos pongamos alrededor suyo, escuchemos boquiabiertos sus palabras de amistad y seamos capaces de compartirlas.
Las masas muertas de cristianos se convertirán en comunidades vivas, dejarán de ser cuerpos paralíticos para ser cuerpos dinámicos, cuando los sacerdotes hagamos llegar con abundancia y claridad la palabra misma de Jesús, y los fieles, mediante la masticación y la meditación, la asimilen ávidamente. Tendremos comunidades rehabilitadas cuando los sacerdotes, en lugar de predicar "sermones", hagan comentarios fieles sobre la Palabra de Jesús; y cuando los oyentes no se contenten con "oír", sino que muelan el grano de trigo recibido, lo amasen, lo cuezan en el horno de su corazón y se alimenten de ello.
- Los gestos salvadores de Jesús. Jesús curaba mediante el contacto. Ahora nos toca, lo tocamos a través de los sacramentos que son signos y gestos visibles que expresan su presencia y su acción. Pero no basta el contacto físico. Los sacramentos no tienen un poder mágico, necesitan la fe de los que los celebramos. Es lo que ocurrió con la hemorroisa. Pregunta Jesús: "¿Quién me ha tocado?", y le replica Pedro: "Te están apretujando todos, Señor, y preguntas: ¿quién me ha tocado?". Muchos le apretujaban, pero sólo una le tocó con fe, la hemorroisa. Por eso se curó. Muchos tocamos al Señor, a muchos nos toca al comer su Cuerpo, pero para cada uno tiene distinta fuerza de rehabilitación según la fe con que le toca.
Levantar sospechas
Termina el evangelista reseñando: "Todos se quedaron atónitos y daban gloria a Dios diciendo: "Nunca hemos visto cosa igual". Algo parecido decían los paganos ante las primeras comunidades cristianas, comunidades vivas: "Llenos de asombro -señala Tertuliano- comentaban: Mirad cómo se aman".
Como señala Pablo VI, nuestras comunidades deben levantar sospechas, deben dar que pensar, deben aparecer como una alternativa, un espacio verde en medio de la árida sociedad (EN, 21).
¿Qué necesita urgentemente nuestra sociedad? Que en el invierno psicológico que padecen los hombres de nuestro tiempo, gentes sin hogar psicológico, encuentren casas abiertas, familias acogedoras, que son las comunidades vivas, donde sientan el calor humano, y no centros de acogida de cristianos paralíticos.
Entonces vendrán a preguntarnos: ¿Quién ha sido vuestro sanador?
Y lo tocó
Del Evangelio de Marcos
En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:
- «Si quieres, puedes limpiarme».
Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo:
- «Quiero: queda limpio».
Hay gestos que parecen demasiado vulgares y que sin embargo explican toda una vida.
Estaba prohibido tocar a los “leprosos”. Es inútil, la ley siempre termina teniendo muy poco de humano y mucho de egoísmo.
Tocar a un leproso era correr el riesgo de contagiarse de la lepra. Y claro, nadie quiere contagiarse de los males del otro.
Por eso, preferimos verlos desde lejos. Porque, desde lejos, nadie se contagia y además duele menos.
Ver la pobreza por TV es demasiado fácil. Al fin y al cabo todos terminamos diciendo: “pobrecitos, qué vida llevan”. Esto no contagia a nadie.
La pobreza hay que tocarla con la mano. Porque solo entonces duele.
Al pobre hay que tocarlo con la mano, porque sólo entonces uno sabe de verdad lo que es ser pobre.
La enfermedad leída en los periódicos duele poco. A lo más nos informamos de que en alguna parte hay enfermos y alguno sufre.
La enfermedad es preciso tocarla con la mano. Porque solo entonces la enfermedad se convierte en “enfermo”, adquiere “rostro humano” y comienza a doler.
El hambre conocida en los telediarios no llena el estómago de nadie.
Tampoco vacía el nuestro. Nuestro estómago no siente hambre por mucho que nos informemos del hambre que existe en el mundo.
El hambre es preciso tocarla con la mano, es decir, es preciso sentirla en el propio estómago, porque sólo entonces comienza a dolernos.
Mientras nuestros estómagos no sientan realmente el hambre no pasará de ser una noticia lejana a nuestras vidas.
El sida, conocida por las informaciones que nos llegan de lejos, no nos duele y nos asusta muy poco. Mientras el sida lo tengan otros y estén lejos, no pasará de ser un dato más de los noticieros.
El enfermedad del sida hay que tocarla con la mano. Hay que acercarse al que la sufre. Hay que ver si cuerpo consumido. Hay que tocarla con la mano.
Tomar con nuestras manos, las manos del que la lleva dentro.
Yo era de los que algo sabía o creía saber sobre el sida. Hasta que me tocó atender a un joven de unos veintitantos años, ya en fase terminal. Al verlo sentí una lucha interior. Ganas de retirarme. Y a la vez, la conciencia de no hacerle sentir su marginación y soledad. El mismo se sentía como retraído para extenderme su mano. Hasta que armándome de valor le extendí la mía. Llegado ahí pude contemplar cómo una especie de sonrisa afloraba a sus labios. Luego de confesarle y darle la unción de los enfermos, de nuevo mi lucha interior. Al fin me decidí. Le tomé la mano y le di un beso en la frente. Creo lo hice con los ojos cerrados, porque sólo logré escuchar: “gracias, Padre, gracias”. Cuando volví a los quince días, ya había muerto. La habitación estaba vacía, es posible que nadie quisiera dormir en ella.
La vida hay que tocarla.
La pobreza hay que tocarla.
La enfermedad hay que tocarla.
El cáncer hay que tocarlo.
La lepra hay que tocarla.
La soledad del anciano hay que tocarla.
El fuego solo nos quema cuando lo tocamos.
El hielo solo nos enfría cuando lo tocamos.
La electricidad solo nos sacude cuando tocamos unos cables.
Lo que no se toca no contagia.
Lo que no se toca no duele.
Me impresionó la frase de Benedicto XVI cuando escribe: “Hoy estamos todos más cerca, pero no estamos más juntos”. “Cerca” sí, pero no “juntos”. No es fácil sentir la mano amiga que se posa sobre nuestra cabeza o nos da unas palmaditas en la espalda.
No bastó que el leproso se acercase a Jesús, que también estaba prohibido.
Pero las prohibiciones no sanan ni el cuerpo ni el espíritu.
Por eso fue necesario que “Jesús extendiese su mano y le tocase”.
Fue necesario escuchar el grito del corazón que dice: “Si quieres, puedes limpiarme”.
Hay que tocar con la mano, pero también hay que escuchar. Porque sólo entonces es posible sentir el corazón del otro que nos dice: “Quiero, queda limpio”.
Hay niños que esperan ser acariciados por una mano llena de ternura.
Hay enfermos que esperan que una mano caliente se pose sobre su frente con fiebre.
Hay pobres que esperan que alguien les tienda mano y estrechen la suya.
Hay ancianos que esperan que alguien les regale una palmadita de aliento y esperanza.
Puede que nuestra mano no los cure de sus lepras, pero al menos habrá sanado su corazón y su espíritu, haciéndoles sentir que también ellos significan mucho para nosotros. “Una de las grandes enfermedades es no ser nadie para nadie”. (Teresa de Calcuta)
El escándalo del hambre
Es que no tiene otro nombre, sino el de escándalo. Escándalo porque estamos en el siglo XXI, y nuestro planeta cuenta con un potencial científico, tecnológico, material y económico muy considerable.
Es un escándalo porque se podría solucionar en un periquete si hubiera más voluntad política, si se dirigieran hacia otro lado las prioridades del mundo y si hubiera más dignidad entre la clase dirigente (política y comercial) y los poderes fácticos...
Un mundo que revuelve Roma con Santiago y saca millones para salvar al sistema financiero pero apenas mueve un dedo para hacer que los niños más vulnerables puedan tener un futuro... eso es más que un escándalo, una indecencia.
Una España que recorta en ayuda en desarrollo repitiendo que la cosa está muy mal pero que tira por la borda millones y millones de Euros en intérpretes “senatoriales”, gastos de representación y el estatus económicamente blindado de los parlamentarios, competencias repetidas e incluso e hipertrofiado funcionariado de los mini-estados en los que se han convertido las autonomías, aparte de los imponentes casos de corrupción consentidos e incluso bendecidos tanto por la derecha como por la izquierda... todo esto pasa en mi país mientras mueren cada hora 1000 niños de hambre, de desnutrición, de una simple diarrea que podría haber sido mitigada con un sobrecito de sales orales que puede costar.. unos cuantos céntimos. No encuentro en el diccionario un nombre para definir esto.
En estos días, casi para prepararnos a la Campaña contra el Hambre propiciada por Manos Unidas, también hemos tenido la noticia de que dos equipos españoles encabezan la lista de los más ricos del mundo: el Real Madrid con 438 y el Barça con 398 Millones de Euros (por si fuera poco: costes de transferencias, salarios de jugadores, otros gastos indirectos e IVA no incluidos en estas cifras!). Qué honor, estar tan altos en el ranking ¿no?. Lo mismo que hablamos de fútbol podíamos mencionar muchas otras actividades... y el caso es que para todo esto hay dinero; las “otras” estadísticas de los “otros” países ni siquiera hacen que se ablanden nuestras conciencias, son frías y nos la refanfinflan con reverberancia. Después de todo, no son ni nuestros hijos ni nuestros sobrinos.. y seguro que habrá quien diga que es normal que mueran por ahí tantos niños, ya que “paren como conejos”. Así de tajante se despacha y se explica el drama que nos ocupa. Pura opinión indocumentada.
Y como recurso último del destino para movilizar nuestros escleróticos corazones, he aquí los “activistas” de tan laudable ejército: un puñado de personas, en su gran mayoría mujeres, que se dedican a preparar esta jornada nacional y a servir en calidad de lo que sea para que el mensaje de la organización llegue a la gente. No cuentan con grandes medios, ni posiblemente hagan muchos titulares en twitter o en facebook... sus nombres apenas aparecerán escritos por ahí pero gracias a sus esfuerzos en muchos países se vive un poquito mejor. Ya que los estados se mueven poco y cuando lo hacen son para causas cuando menos pintorescas... estas mujeres se mojan simplemente para que se reduzca la mortalidad infantil, para que los niños que nacen puedan tener un futuro mejor, una escuela más decente o unos derechos básicos.
Al llegar el momento de la Campaña de Manos Unidas contra el Hambre mi único ruego a los hombres y mujeres de buena voluntad: acabemos con este escándalo, tenga el nombre que tenga...
Necesitamos maestros
Hay demasiados maestros de las ideas y de las ideologías.
Hay demasiados maestros de la tecnología.
Hay maestros con demasiados títulos de licenciados y doctorados.
Hay demasiados maestros con esos diplomas de “Master”.
Y ¿cómo no? abundan los Doctores “Honoris causa”.
Demasiados maestros a los que pudiéramos empapelar con tanto papel diplomado.
Jesús no tenía ningún Doctorado en la Ley.
Jesús no tenía ningún Master en cuestiones del Templo.
No era un letrado. No era un perito a quien consultar sobre la Ley.
Jesús era sencillamente eso “Jesús”.
Era Él mismo. Su único título era su verdad, su honestidad, su bondad, su capacidad de sanar el dolor del que sufre y liberarlo de los malos espíritus que lo esclavizaban.
Era la identidad de sí mismo en una sola pieza: la identidad entre lo que decía y hacía, entre lo que era y lo que enseñaba.
Jesús era un “profesional de la vida”, un “maestro de la vida humana digna”.
No había estudiado en más universidad:
Que la universidad de la vida.
La universidad del que sufre.
La universidad del hombre.
La universidad del amor al hombre.
La universidad de la libertad de espíritu para quebrantar el sábado cuando el hombre le necesitaba.
La universidad del amor.
Por eso su “enseñar con autoridad era nuevo”.
No era la enseñanza de repetir lo que otros dicen.
No era la enseñanza de repetir lo que se lee en los libros.
No era la enseñanza aprendida en la escuela de un profesor especializado.
Por eso era un enseñar nuevo, diferente al de los escribas, de los que algún día dirá “que hagan lo que dicen pero no lo que hacen, porque no hacen lo que dicen”.
La verdadera autoridad residía en su persona, en su vida.
Su pensamiento era expresión de su vida.
Su vida era expresión de su pensamiento.
Su pensamiento era expresión de lo que hacía.
Y lo que hacía era expresión de su pensamiento.
Jesús era un “profesional del ser”. Y por eso, era también un profesional “de la vida”.
Abundan los libros. Escasean los testigos de la vida.
Abundan los maestros. Escasean los testigos.
Abundan los especialistas. Escasea la vida.
Abundan los que nos imparten ideas. Escasean los que nos regalen una vida nueva.
Abundan los profesionales de la teología y de las leyes.
Hasta abundan los profesionales en la Palabra de Dios.
Pero escasean los que con sus vidas sean los mejores “exegetas” de la Biblia.
Y el hombre de hoy lo que necesita es de profesionales que:
Les den razones para vivir.
Les den razones para la esperanza.
Les den razones para amar.
Les den razones para aprender a ser personas, para ser hombres y mujeres.
Les den razones para vivir una vida plena, sin esos “espíritus malignos” que les atormentan cada día y les hacen vivir una vida a medias.
Un amigo mío que estaba escuchando una homilía, exclamó: “naufragio de ideas en un mar de palabras”. Que si lo traducimos de otra manera pudiéramos decir:
“naufragio de la vida en un mar de ideas”.
“naufragio del hombre en un mar de leyes y prohibiciones”.
“naufragio del hombre en un mar de predicaciones sin vida”.
Jesús no tiene la “autoridad del poder”, sino “el poder de su autoridad moral”.
No tiene la autoridad de la fuerza que domina, se impone y aplasta.
Jesús tiene el poder de la autoridad que le da su persona, sus valores, su libertad.
Su sola presencia le hace creíble. Su actuar le hace creíble.
Porque Jesús no es el “profesional de las ideas” sino el “profesional de la vida”.
El profesional del corazón. El profesional que enseña vida. El profesional que sana los corazones. Que sana los cuerpos y las almas. “Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen”. Por eso “su enseñar es nuevo”. Es lo que la gente admira en él. Es lo que hace que su fama se extienda por todas partes.
La Iglesia necesita:
De Obispos que hablen con su vida más que con sus documentos.
De sacerdotes que hablen, más que con sus palabras, con sus vidas.
De educadores que hablen, más que con sus enseñanzas, con el testimonio de sus vidas.
De catequistas que hablen, más que de lo que saben, con la experiencia de sus vidas.
De padres de familia que hablen, más que con su autoridad, con su autenticidad.
“Hombres y mujeres que enseñen el arte de abrir los ojos, maravillarse ante la vida e interrogarse con sencillez por el sentido último de todo”. Hombres y mujeres que amen la vida, proclamen la vida, hagan vivir el gozo y la alegría de la vida.
Cristiano es el que da la mano
La frase no me pertenece. Es de Charles Péguy. La cito completa: “cristiano es el que da la mano. El que no da la mano, ése no es cristiano, y poco importa lo que pueda hacer con esa mano libre”.
Esto viene a propósito del Evangelio de Marcos que leemos hoy. Es posible que muchos se queden con lo de la suegra y hasta lo vean como una faena que Jesús le hace a Pedro.
Y sin embargo hay un detalle muy sencillo que hasta pudiera pasar desapercibido, como suele suceder con todas las cosas sencillas y simples.
Cuando le dicen que la suegra de Simón está con fiebre, “Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó”.
Tres verbos de gran importancia en la vida: “acercarse”, “coger la mano” y “levantarla”.
“Acercarse”. Vivimos amontonados, pero unos lejos de otros. La distancia con el otro no la medimos en metros o kilómetros. La distancia con el otro se mide con el corazón. Estamos tan cerca cuanto nuestro corazón se acerca a los demás, sobre todo a los que sufren.
Jesús se acercó a una suegra con fiebre.
Se acercó a alguien que no se sentía bien.
Se acercó a alguien que sufría.
Acercarnos a los sanos es cosa buena.
Pero acercarnos al que sufre es esencial para el cristiano.
Acercarnos al que vive encerrado en su soledad, porque no tiene a nadie.
Acercarnos al que está enfermo y hasta puede ser contagioso.
Acercarnos al que sufre porque le falta todo.
Acercarnos al que todos dejan solo porque no es importante.
No esperar a que sea él quien se acerque a nosotros, sino que seamos nosotros quienes nos acercamos a él.
No esperar a que sea él quien nos busque, sino que seamos nosotros quienes le buscamos a él.
“La cogió de la mano”. Las manos no son para llevarlas en el bolsillo. Las manos para tenderse hacia los demás y para coger la mano de los demás.
Cuando nos saludamos, solemos cogernos de la mano como señal de amistad.
Coger de la mano a alguien, ya es acortar las distancias entre los dos.
Coger de la mano a alguien, es abrir la puerta del corazón e invitar al otro a entrar.
Coger de la mano a alguien, es decirle tú eres mi amigo.
Coger de la mano a alguien, es decirle tú eres importante para mí.
Nunca las manos están mejor empleadas que cuando se tienen y abren hacia el otro.
Nunca las manos son más cristianas que cuando cogen la mano del otro, sobre todo del que sufre.
Nunca las manos están tan bien empleadas como cuando cogen la mano del otro.
El detalle pudiera parecer insignificante. Pero hasta el mismo Evangelio lo destaca. “Jesús la cogió de la mano”. Lo cual nos habla de un gesto de cercanía, de amistad, de confianza. Debo confesar que, de ordinario, cuando alguien me viene con sus problemas o sus penas, me suele gustar cogerle de la mano, como para facilitarle el camino y ayudarle a abrirse. Y siento que ese pequeño gesto les inspira confianza y les da serenidad y tranquilidad.
“Y la levantó”. Otro detalle sencillo, pero importante. Tener siempre las manos libres para coger las manos del otro y levantarlo.
Coger de la mano al que ha caído, para que se levante.
Coger de la mano al pecador, para que se levante de su pecado.
Coger de la mano al débil, para que pueda ponerse en pie.
Coger de la mano al que te ha ofendido, para que sienta tu perdón, y se levante.
Coger de la mano al que te hirió, para expresarle que no estás enojado, y se levante.
Coger de la mano al que te pide limosna, para que te sienta hermano, y se levante.
Por eso vuelvo a la frase de Péguy: “cristiano es el que da la mano, El que no da la mano, ése no es cristiano, y poco importa lo que pueda hacer con esa mano libre”.
Hace unos años un joven profesional circulaba por una calle de Harlem. Iba orgulloso en su flamante Mercedes recién estrenado. De repente vio un niño entre dos coches. Y cuando pasaba a su lado un ladrillo se estrelló contra la puerta de su nuevo coche.
Dio un frenazo y salió furioso. Cogió al niño y comenzó a gritarle todo tipo de amenazas.
Perdone, señor, decía el niño, no sabía qué hacer y le tiré el ladrillo porque nadie paraba. El niño lloraba desconsoladamente mientras señalaba el suelo. Es mi hermano, se ha caído de la silla de ruedas y no lo puedo levantar. ¿Me podría ayudar? El joven lo levantó y lo sentó en su silla de ruedas.
El ejecutivo montó en su Mercedes y nunca lo arregló. El impacto del ladrillo le recordaría siempre a no viajar tan rápido y a que le tuvieran que tirar un ladrillo para prestar ayuda al caído en el camino de la vida.
¿Cuántos ladrillos nos tienen que tirar a nosotros para frenar nuestro ritmo y ver a los hermanos caídos?
Nosotros no nos queremos manchar las manos. No queremos denunciar el mal. No queremos correr riesgos y seguimos hacia adelante.
Aquel joven, ese día, recibió la pedrada no en el coche, sino en el corazón y lloró con el niño y sanó una vida humana con un sencillo gesto.
Hoy nosotros somos invitados también, a que en medio de tanta agitación y frenesí paremos nuestro ritmo (es decir a salgamos de nuestras “cosas”) y asistamos a tantos como encontramos tirados por los caminos de la vida.
Aférrate a algo
En la vida es preciso aferrarse a algo. No puedes vivir colgado de la nada.
Dicen que los que mueren ahogados, de ordinario, se agarran a cualquier cosa y ya no la sueltan.
Hace unos días pude ver la foto del bebé operado en el seno de la madre. En un momento, el médico puso su dedo entre los deditos del bebé y su manito se lo apretaba. Era como el signo de la debilidad e impotencia que se agarraba a lo que encontraba en su camino.
Cuando me fijo en las ramas de los árboles percibo con qué fuerza vital se aferran al tronco y con qué fuerza las hojas se aferran a las ramas.
Cuando quiero llevarme una rosa que me ha gustado, necesito de una tijera o de un chuchillo, porque en medio de la debilidad de su tallo, prefiere doblarse a dejarse arrancar del rosal.
Todos necesitamos aferrarnos a algo porque de lo contrario seríamos como hojas amarillas de otoño que se caen del árbol y luego el viento las lleva de un sitio a otro. Una de mis experiencias de estudiante de teología fue precisamente la experiencia del otoño. La casa del teologado tenía un jardín lleno de árboles. En invierno parecía un despoblado, en primavera y verano era un manto de verdor, pero llegaba el otoño, y todo se ponía de mil amarillos. Poco a poco las hojas se caían y se las veía volar llevadas por el viento. Yo sentía una gran pena cuando muchas de ellas terminaban en un lodazal de barro. Allí morían definitivamente, sucias. Aquel era su cementerio.
Mientras nos aferramos a algo, tenemos consistencia. Vivimos mientras nos aferramos. Nos morimos cuando soltamos nuestras manos porque entonces caemos en el abismo.
Aférrate a la fe porque es la fuerza que todo lo hace posible. Es la fibra del alma confiada.
Aférrate a la esperanza que es capaz de levantar cualquier nube que pueda empañar tu corazón con la duda.
Aférrate a la confianza porque te abre el camino del corazón de los demás.
Aférrate al amor porque es como el sol que ilumina los caminos de la vida.
Aférrate a la oración porque es la única línea directa que tienes con Dios.
Aférrate a la comunión porque es la mejor cita para encontrarte con El.
Aférrate a la Iglesia que tendrá sus defectos, pero todavía inspira confianza.
Aférrate a la tu familia porque es lo único que te queda cuando todos te abandonan.
Aférrate a los amigos, al fin y al cabo, puede que algún día te echen una mano.
Aférrate a ti mismo, eres el único que siempre estará contigo.
Aférrate a tus padres, ellos no pueden fallarnos.
Aférrate a la verdad, con la mentira nunca llegarás lejos.
Aférrate al tiempo, es el momento que te regala Dios para vivir feliz.
Aférrate a un gran ideal, él siempre tirará de ti, aunque estés cansado.
Aférrate al Evangelio porque es la única palabra que nunca te engañará.
Aférrate a la Confesión porque en ella siempre encontrarás el perdón.
Hay muchas cosas a las que aferrarse.
Como también hay muchas otras que no merece la pena que te aferres.
Los grandes abismos se abren cuando no tengo:
Una mano a la que agarrarme.
Una amistad a la que no pueda gritar.
Una esperanza de la que no pueda colgarme.
Una ilusión que me regale alas para volar.
Que donde todos se sienten inseguros, tú puedas ofrecer seguridad.
Que donde todos sólo ofrezcan desgracias, tú puedas regalar esperanzas.
Que donde todos sientan la tentación de decir no, tú sigas diciendo sí.
Que donde los demás no ven nada, tu descubras siempre una luz.
Que donde los demás ya han tirado la toalla, tú sigas luchando.
Tu hermano, “un hombre de esperanza”.
El Dios de las puertas abiertas
Muchas veces me he puesto a pensar por qué decimos “Portal de Belén”. Como si el establo, que no era sino un cobertizo, tuviese puertas o portones. Total no servía más que para guardar a las ovejas y protegerlas de la lluvia. Por eso carecía de puertas. Dios nació en una casa sin puertas.
Por eso cuando llegaron los Magos no necesitaron tocar el timbre ni el picaporte y esperar a que alguien por la mirilla preguntase ¿quiénes son? ¿de dónde vienen? ¿qué bucan? Sencillamente llegaron y entraron porque todo estaba abierto.
Es impresionante la descripción que hace Edith Stein cuando un día, aún antes de convertirse, entró en la catedral de Francfort.
“Entramos unos minutos a la catedral y, mientras permanecíamos dentro en un silencio respetuoso, entró una mujer con la canasta de la compra. Se arrodilló en uno de los bancos. Permaneció en esa postura el tiempo suficiente, para rezar una breve plegaria. Aquello era algo completamente nuevo para mí. En las sinagogas y en las iglesias protestantes que yo había visitado se entra sólo para los actos litúrgicos de la comunidad. Pero aquí alguien puede entrar en una Iglesia vacía, durante las horas laborables de un día cualquiera de la semana para mantener una conversación familiar. Jamás he podido olvidar esto”.
La presencia de los Magos en Belén fue un poco la visita de Ediht Stein a la Catedral Francfort. Es que lo más maravilloso de Dios es que le repugnan las puertas. Las quiere siempre abiertas para que todo el que quiera verlo y hablarle y adorarle no necesite ni llamar, ni tocar el timbre, ni pedir visita previa con hora fija.
Dios está abierto siempre y a todos. No hace distinciones. El Niño no se fijó si el uno era negro y el otro blanco y el otro amarillo. Ni se asustó viendo lo grandes que era los camellos. Sencillamente les recibió con una sonrisa. Por algo le llamamos la fiesta de la Epifanía, de la manifestación, de la revelación de Dios al mundo gentil y pagano. Se reveló como el Dios de todos y para todos.
La mujercita que entró a la Catedral de Francfort, de seguro que venía o iba a la compra, porque entró con su cesta. No la dejó por respeto en la puerta.
También con la cesta se puede entrar a hablar con Dios.
No sabemos de qué hablaron ella y Dios.
Posiblemente de lo caras que estaban las cosas y que de seguro no le iba llegar el dinero para llenar su cesta. Y Dios se sintió complacido de aquella visita.
Posiblemente los dos se cruzaron una sonrisa sin decirse nada.
Los otros habían entrado de simple curiosidad turística. Y aún ellos salieron distintos. Porque Edith salió impresionada y tocada en su alma de esta disponibilidad de Dios.
El Dios de la Epifanía no es el Dios de las puertas cerradas.
Tampoco el Dios a quien hay que pedir visita previamente.
Es el Dios de las puertas abiertas a todos.
Es el Dios que siempre está disponible a recibirnos.
Es el Dios que nunca está ocupado para atendernos.
Es el Dios siempre disponible para todos nosotros, llevemos oro, incienso y mirra, o simplemente llevemos la cesta de la compra.
¿Por qué nosotros no empeñaremos tanto en encerrar a Dios?
Solemos decir: “Que todo el año debiera ser Navidad”. Y estoy de acuerdo. Pero yo añadiría: “Todos los días debiera ser Epifanía”, Dios con las puertas abiertas dispuesto a recibirnos a todos y a aceptarnos y charlar con todos. Dios que cada día nos dice: “Pasad, la puerta está siempre abierta”.
Los tres Reyes Magos existen…
Apenas su padre se había sentado, al llegar a casa,
dispuesto a escuchar como todos los días lo que
su hija le contaba de sus actividades en el colegio,
cuando ésta, en voz baja, como con miedo, le dijo:
«¿Papá?»
-Sí, hija, cuéntame.
-«Oye, quiero... que me digas la verdad».
-Claro, hija. Siempre te la digo , respondió el padre
un poco sorprendido.
-«Es que...», titubeó Cristina.
-Dime, hija, dime.
-«Papá, ¿existen los Reyes Magos?»
El padre de Cristina se quedó mudo, miró a su mujer, intentando descubrir el origen de aquella pregunta, pero sólo pudo ver un rostro tan sorprendido como el suyo que le miraba igualmente.
-«Las niñas dicen que son los padres. ¿Es verdad?»
La nueva pregunta de Cristina le obligó a volver la mirada hacia la niña, y tragando saliva le dijo:
-¿Y tú qué crees, hija?
-«Yo no sé, papá: que sí y que no. Por un lado, me parece que sí que existen porque tú no me engañas; pero, como las niñas dicen eso».
-Mira, hija, efectivamente son los padres los que ponen los regalos pero...
-«Entonces es verdad? -cortó la niña con los ojos humedecidos-. ¡Me habéis engañado!»
-No, mira, nunca te hemos engañado, porque los Reyes Magos sí que existen , respondió el padre cogiendo con sus dos manos la cara de Cristina.
-«Entonces no lo entiendo, papá».
-Siéntate, cariño, y escucha esta historia que te voy a contar, porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla , dijo el padre, mientras señalaba con la mano el asiento a su lado.
Cristina se sentó entre sus padres, ansiosa de escuchar cualquier cosa que le sacase de su duda, y su padre se dispuso a narrar lo que para él debió de ser la verdadera historia de los Reyes Magos:
-Cuando el Niño Dios nació, tres Reyes que venían de Oriente, guiados por una gran estrella, se acercaron al Portal para adorarlo. Le llevaron regalos en prueba de amor y respeto, y el Niño se puso tan contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, dijo: "¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían".
"¡Oh, sí! -exclamó Gaspar-. Es una buena idea, pero es muy difícil de hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños como hay en el mundo".
Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos compañeros con cara de alegría, comentó: "Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. Pero sería tan bonito..."
Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían realizar su deseo. Y el Niño Jesús, que desde su pobre cunita parecía escucharles muy atento, sonrió, y la voz de Dios se escuchó en el Portal: "Sois muy buenos, queridos Reyes, y os agradezco vuestros regalos. Voy a ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Decidme: ¿qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños?"
"¡Oh, Señor! -dijeron los tres Reyes postrándose de rodillas-. Necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos, pero no podemos tener tantos pajes, no existen tantos".
"No os preocupéis por eso -dijo Dios-. Yo os voy a dar, no uno, sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo".
"¡Sería fantástico! Pero, ¿cómo es posible?", dijeron a la vez los tres Reyes con cara de sorpresa y admiración.
"Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben querer mucho a los niños y conocer muy bien sus deseos?", preguntó Dios.
"Sí, claro, eso es fundamental", asistieron los tres Reyes.
"Pues decidme, queridos Reyes: ¿hay alguien que quiera más a los niños y los conozca mejor que sus propios padres?"
Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezando a comprender lo que Dios estaba planeando, cuando la voz de nuevo se volvió a oír:
"Puesto que así lo habéis querido y para que, en nombre de los tres Reyes de Oriente todos los niños del mundo reciban algunos regalos, Yo ordeno que, en Navidad, conmemorando estos momentos, todos los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre, y de vuestra parte, regalen a sus hijos los regalos que deseen.
También ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la entrega de regalos se haga como si la hicieran los propios Reyes Magos. Pero cuando los niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les contarán esta historia y, a partir de entonces, en todas las Navidades, los niños harán también regalos a sus padres en prueba de cariño. Y, alrededor del belén, recordarán que, gracias a los tres Reyes Magos todos son más felices".
Cuando el padre de Cristina hubo terminado de contar esta historia, la niña se levantó, y dando un beso a sus padres dijo: -«Ahora sí que lo entiendo todo, papá. Y estoy muy contenta de saber que me queréis y que no me habéis engañado».
Y corriendo, se dirigió a su cuarto, regresando con su hucha en la mano, mientras decía:
-«No sé si tendré bastante para compraros algún regalo, pero para el año que viene ya guardaré más dinero», y todos se abrazaron mientras, a buen seguro, desde el Cielo, tres Reyes Magos contemplaban la escena tremendamente satisfechos.
Carta de los Reyes Magos a los padres
Queridos padres:
Melchor, Gaspar y el que os escribe, Baltasar, flipamos con vosotros. Hemos recibido miles de cartas de vuestros hijos e hijas pidiéndonos todo tipo de juguetes y cacharros. Estáis atiborrando a los niños de cosas superfluas, de regalos inútiles que dejarán abandonados en cualquier rincón en cuanto pase el primer calentón de la novedad. Permitidnos que os recordemos los regalos que realmente necesitan vuestros hijos.
En primer lugar, lo más importante que necesitan los niños es amor. Debéis achucharlos, besarlos, abrazarlos, acariciarlos. Y todo ello sin medida. Sin amor los niños no pueden crecer ni madurar. Pero, cuidado: no confundáis amor con sensiblería barata; amor no significa consentirlo todo, satisfacer todos los caprichos o dejarse chantajear por sus pataletas. Eso sería malcriarlos.
Amar significa también establecer límites, enseñarles a distinguir lo que está bien y lo que no, lo que se puede y debe hacer en cada momento y lo que no se puede consentir. Amar también es castigar cuando es preciso.
La segunda cosa que necesitan vuestros hijos es educación. Esa es la mejor herencia que podéis dejarles. Hay que enseñarles a comportarse en cada circunstancia. Tenéis que decirles cómo deben comer, cómo usar los cubiertos, cómo vestir o cómo hablar en cada ocasión. Y, sobre todo, debéis enseñarles a respetar a los demás, y eso implica que aprendan a cuidar el trato con los adultos y, especialmente, con sus profesores: a ver si desterramos de una vez esa falsa idea de que todos somos iguales. Todos somos iguales ante la ley y poco más. No es lo mismo tratar con el Rey o con un obispo que con un amigo de juegos; y eso hay que enseñárselo a los niños pequeños; igual que deben aprender que la porquería no se tira al suelo, o que no se debe escupir ni blasfemar.
Las normas de urbanidad y buena educación debéis enseñarlas en casa. Vuestra responsabilidad no la podéis delegar en nadie. Y para educarlos correctamente se empieza predicando con el ejemplo: los padres sois el ejemplo que seguirán vuestros hijos.
No lo olvidéis. Debéis enseñarles también que su futuro depende de ellos mismos y de su esfuerzo; y que los sueños sólo se consiguen a base de sacrificio. Porque las cosas importantes de la vida nadie se las va a regalar. Por eso tenéis el deber de educar su voluntad, para que sepan cuáles son sus obligaciones y las cumplan en cada momento. Tenéis que inculcarles que en la vida hay que hacer cosas que, muchas veces, no nos apetecen ni nos gustan, pero que son necesarias.
Lo bueno no siempre es lo que nos gusta, y lo bueno (estudiar, por ejemplo) hay que hacerlo, aunque suponga un esfuerzo. Por supuesto, también tenéis que recompensarles por el trabajo bien hecho. Y para ello no siempre es necesario vaciar la cartera. A veces, una felicitación cariñosa, un abrazo o un «estoy muy orgulloso de ti», vale más que todo el oro del mundo.
Muchos de vosotros tenéis uno o dos hijos como mucho, por eso ellos, a veces, se creen el ombligo del universo. Tenéis que hacerles ver que no están solos en el mundo, que hay otros muchos niños, no tan afortunados como ellos, con los que deben ser solidarios. La solidaridad es la mejor escuela de la vida de vuestros hijos y en ella vosotros deberíais ser sus mejores maestros.
También tenéis la obligación de explicarles a vuestros hijos para qué los habéis traído al mundo, qué sentido tienen sus vidas, porque si no pueden pensar que el sentido de la vida es solamente divertirse, beber, las drogas, el sexo, comprar y poco más. A nosotros el sentido nos lo indicó una estrella, que nos llevó hasta Belén y allí descubrimos al Niño Dios, que desde entonces es el que ha dado sentido a nuestras vidas. El es el que hace posible que desde hace tantos años sigamos visitando vuestras casas, sin desfallecer. Sin Él no lo podríamos conseguir. ¿Habéis descubierto ya vuestra estrella? Sin ella, todo lo que os hemos dicho anteriormente es más difícil de conseguir.
¡Ah!, se me olvidaba, muchos de vosotros nos habéis preguntado qué les podéis regalar a vuestros hijos este año. Gaspar, Melchor y yo lo hemos hablado y hemos llegado a la conclusión que el mejor regalo que les podéis hacer es un poco más de vuestras personas y de vuestro tiempo. Ellos lo agradecerán algún día. Y, si no, ¿qué importa? A fin de cuentas habréis cumplido con vuestra obligación de padres, ya que es una de las cosas más importantes y bonitas que puede hacer alguien en este mundo. Y eso llenará vuestras vidas de felicidad y sentido.
Atentamente, Gaspar, Melchor, y, en su nombre, Baltasar.
¡Feliz Navidad!
Pregón de Navidad (2)
Y Dios se hizo Niño…
Pasad por la puerta estrecha, dice Dios.
Si verdaderamente queréis llegar a mí
no hay más camino que esa pequeña puerta
por la que sólo pasan los niños
y los que se atreven a agachar la cabeza.
El mundo tiene, ya lo sé, otras puertas
-mucho más importantes,
-mucho más ilustres,
-mucho más fosforescentes;
las puertas por las que pasan los «grandes» de este mundo.
Pero no son ésas las puertas de mi reino.
A mi reino se entra por el camino de la sencillez,
no por el del orgullo.
A mi reino se accede por el camino de la alegría,
no por la carcajada.
La puerta de mi casa es estrecha y pequeña,
precisamente porque yo soy grande.
Por eso en mi reino habrá tan sólo niños,
niños de cuerpo o de alma,
pero niños, niños, únicamente niños.
Ya sé que entre los hombres se desprecia el ser niño,
que hasta se considera el mayor lujo haber llegado a adulto,
que todos tenéis unas infinitas ganas de crecer.
y a mí me parece muy bien que crezcáis,
pero no hacia la tumba.
y los hombres, cuando se os deja solos
crecéis únicamente hacia la estupidez.
Creéis crecer cuando os crece la tripa
o cuando -lo que aún es más grotesco- sólo os crecen
el bolsillo o el bigote.
A eso llamáis crecer.
Pero yo llamo crecer a crecer hacia dentro,
a tener más pureza, a dilatar el alma,
a tener mucho más corazón que repartir.
Ya lo veis, cuando yo me hice hombre
empecé por hacerme
lo mejor de los hombres: un niño como todos.
Podía, naturalmente, haberme encarnado
siendo ya un adulto,
no haber «perdido el tiempo» siendo sólo un chiquillo,
entrar en el mundo como un «hombre de veras»: firmando
cheques y dictando órdenes.
Pero quise empezar siendo un bebé.
¿Podía yo acaso perderme lo único bueno
que queda en este mundo: la infancia de los niños?
Pues yo lo sé muy bien:
lo mejor de este mundo son los niños,
ellos son vuestro tesoro,
la perla que aún puede salvaros,
la sal que hace que el universo resulte soportable.
Yo hago bien las cosas, dice Dios.
Si hubiera hecho la humanidad solamente de adultos
hace siglos que estaría podrida.
Por eso la voy renovando con oleadas de niños,
generaciones de infantes
que hacen que aún parezca fresca y recién hecha.
Fijaos en sus ojos.
Decidme si hay en el mundo algo más hermoso.
Los genios de la ciencia han inventado máquinas,
yo preferí inventarme los ojos de los niños.
Todos los rascacielos no valen su alegría.
Podéis estar seguros:
un político nunca será tan importante como lo es un padre,
a no ser que sea padre él mismo.
¿Adivináis por qué?
Al pasar de los años los adultos os vais volviendo tierra
y oléis tan sólo a tierra.
Pero ellos están frescos,
ellos están oliendo todavía a mis manos de creador artesano.
Por eso queda en ellos ese olor a pureza,
ese olor a esperanza.
En el árbol añoso de vuestra humanidad
van naciendo tallos verdes,
ramitas nuevas, flores,
que son el signo de que el árbol vive.
¿y queréis que yo, cuando me hice hombre,
me privara de esto,
de lo mejor que el mundo ha producido,
de la única cosa entre los hombres que aún se parece a mí?
Me gustaría que descubrierais esto en Navidad al menos.
Me gustaría que, al verme Niño recién nacido,
descubrierais al niño que hay dentro de vosotros.
Que, al ver a cada uno de vuestros pequeñines,
entendierais que, dentro, tenéis vosotros uno.
Que le dejarais libre,
que no lo maniatéis con vuestras importancias,
que no lo envenenéis con el sucio dinero
de vuestras ambiciones,
que descubráis que nunca seréis en vuestras vidas
nada más importante
que el chiquillo que fuisteis y que sois.
Entonces, sí, podréis acercaros a mí,
acercaros al Belén donde sigo naciendo,
y decirme, como dicen los niños, villancicos ingenuos.
Convertíos en niños y venid,
y vivamos, juntos, la verdadera vida.
Venid y no sintáis vergüenza de empequeñeceros.
Por la pequeña puerta de la infancia
se llega hasta el mismo corazón del gran Dios.
Huele a Navidad
Las navidades pasadas una amiga mía me dijo, Juan: ¡Ya huele a Navidad!. y yo le pregunté en broma: ¿y a qué huele exactamente? Más tarde la frase regresó a mi memoria y me hizo pensar más y sacarle miga a este asunto de los olores. Ciertamente la Navidad huele a muchas cosas, pero muchos aromas nos han embriagado de tal manera que a menudo nuestra pituitaria no es capaz de percibir sus olores auténticos. Sin que huela mucho a cura ni perfumarla demasiado, quisiera compartir mi reflexión con todos los que quieren descubrir a qué huele la Navidad.
En casa, la Navidad huele a turrón y polvorones, a suculentas comidas, a botellas de anís y panderetas, a encuentros con aquellos que están lejos, a niños escribiendo cartas para pedir el oro y el moro, a familias que dejan a un lado sus rencillas por un tiempo y comparten la mesa, a recuerdos de la infancia, a musgo y espumillón, a calor de hogar...
En la tele, la Navidad huele a sensuales perfumes, a juguetes, a cava, a lotería. Son la expresión de nuestros deseos de diversión, de atracción, de fiesta, de riqueza, de superar la crisis (o de olvidarla por un momento), de distraernos, etc. Y en ocasiones también huele a galas solidarias llenas de buenos sentimientos que se evaporan tan rápido como las burbujas de Freixenet...
En la calle, la Navidad huele a consumo, a regalos, a compras, a señores gordos vestidos de rojo. Huele a luces de colores, a adornos navideños, a excesivos gastos en medio de una severa crisis económica. Y precisamente por eso, también huele a transeúntes sin techo, pasando frío noche tras noche, a pobres mendigando una limosna, a inmigrantes y parados que acuden al comedor de Cáritas, a ancianos que sienten más que nunca su soledad...
Hace dos mil años la Navidad no olía muy bien que digamos. En un pesebre, fuera de la ciudad, entre animales y pastores no podía oler «a rosas» precisamente... María tuvo que dar a luz en un lugar que no tenía nada de bucólico, porque no había sitio en la posada. Allí olía a exclusión, a pobreza, a humildad, a ocultamiento, a pequeñez. Como mucho, lo único que podía disimular un poco el tufo eran el incienso y la mirra que le trajeron los magos de Oriente...
Pues allí, entre olores de ovejas, bueyes y mulas, nació el hijo de Dios, vino a este mundo la mejor de las esencias, en el pequeño frasco de un bebé. Como solemos decir, allí olía a humanidad, pero en el fondo es justamente eso: olía a verdadera Humanidad. Porque Dios quiso acercarse tanto a los seres humanos, que se hizo uno de nosotros. Y su perfume se fue derramando para sanar a muchos, se vació por completo dando su vida por todos y nos hizo respirar un aire nuevo, diferente, mucho mejor: la Vida con mayúsculas.
El que había nacido fuera de la ciudad, moriría igualmente excluido, incomprendido, despreciado. Pero el olor de su amor entregado y de su resurrección nos haría presentir el aroma de lo que nos espera en el futuro, y de lo que estamos llamados a vivir ya en el presente. Por eso -por este Niño nacido entre malos olores- nuestra Navidad también huele a muchas personas que no descansan en estas fiestas para atender a los necesitados en hospitales, asilos, comedores. Por eso huele a familias que se unen y celebran sencilla y fraternalmente la Nochebuena, que gozan con la compañía y el cariño de los seres queridos. Por eso huele a gentes de aquí y de allá que -en Navidad y siempre- entregan su vida y su tiempo en los pesebres de la exclusión, la droga, la prostitución, el fracaso escolar, la soledad, la enfermedad, el paro... Huele a muchos hombres y mujeres-creyentes o no-que han comprendido dónde está esa esencia, y se han dedicado a extender su perfume para hacer que muchos otros respiren esperanza. En palabras de san Pablo, ellos son «el buen olor de Cristo, olor de vida que vivifica» (2 Cor 2, 15-16). La lotería de Navidad del año pasado nos puede ayudar a poner la guinda a esta reflexión. Su eslogan era: «hay muchas navidades, pero no todas están aquí». Cierto: no todas caben en ese pesebre, para nada... ¿Cuál celebras tú? ¿A qué huele tu Navidad?
La Navidad con minúscula
Cada año nos ponen antes la navidad. Una navidad con minúscula, pequeña y mercantil, que abarrota los escaparates de suculentas ofertas, tan sofisticadas como innecesarias. Nuestros munícipes aportan al festejo sus bombillas de colores que, naturalmente, extraen de nuestros castigados bolsillos.
La importación de interesada y barriguda imaginación siembra el ambiente de gordinflones colorados, colgados por balcones y ventanas, ajenos a nuestra cultura.
Nuestras aspiraciones cristianas se tambalean ante la avalancha de profanos intereses. Nos ilusiona la paga extra, ganada con el heroísmo de todo un año, pero -apenas conseguida- la canjeamos por superfluidad. ¡Qué poco valoramos nuestro esfuerzo!
¡No podemos permitir que nuestros hijos conozcan la recia austeridad! Hay que introducirles en el consumismo injusto, en el capricho fofo, en el gregarismo patrocinado por los traficantes de banalidad. ¡Que no se frustren, podrían sufrir traumas síquicos irremediables! Hay que compensarles de nuestra dilatada ausencia, de nuestra falta de atención, de nuestra nula escucha. Trabajamos mucho y no tenemos tiempo para hacer familia. Ahora, en esta navidad flácida y bullanguera, es imprescindible compensar ese vacío con unos regalos muy relucientes, muy ruidosos, muy agresivos; hay que canalizar la violencia mamada día a día en la televisión y en los videojuegos.
Todavía me escuecen y emocionan las palabras de una madre anciana ante aquel regalo caro de su hijo: "No quiero joyas, hijo. Te quiero a ti, tu presencia, tu voz, tus besos. Prefiero que me cuentes cómo en el trabajo tu honradez puede a tu ambición. Cómo tu mujer y tus hijos disfrutan de tu bondad y tu ejemplo. Cómo respondes a los que te necesitan sin darles largas. Soy feliz, hijo mío, comprobando que la Navidad corre por tus venas, que vas haciendo nuevo cada año el tesoro que yo te transmití".
¡Cómo no me voy a rebelar contra esa navidad de papel moneda que colma los bolsillos hartos y vacía los corazones! Me repele la importación de vanas costumbres que agreden nuestras tradiciones y nuestra fe. Para demasiados sólo es un tiempo de banquetear y bullir con el efímero desplome del calendario.
Me duele que los cristianos, los que deberíamos celebrar con alegría y paz el abrazo de Dios a nuestra Humanidad, caigamos en el ruido pagano, en la exaltación del alcohol, en el olvido de quienes nos observan estupefactos desde su impotente miseria.
Cuando veo instalar las luces multicolores en los pueblos, me dan ganas de gritar: ¡Diógenes coge esas innecesarias bombillas y recorre el Consistorio! A ver si, por fin, encuentras un hombre, a ver si a fuerza de voltios se ilumina el corazón hermético, frío, petrificado, tal vez corrompido, de nuestros regidores. A ver si se percatan de que, mientras ellos despilfarran en colorines, en pólvora de artificio, en fuentes y monumentos ociosos, hay personas que se consumen en la calle, que carecen de alimento y techo.
Individualmente poco podemos hacer, salvo denunciarlo, gritarlo, prestar nuestra alimentada voz a su abatido mutismo
La Navidad, con mayúscula, nos trae el recuerdo de ese Niño frágil y balbuciente en el que se personó la piedad y paciencia de Dios para recordarnos nuestra esencia amasada a su imagen y semejanza. ¿Cómo podemos olvidar la justicia, la misericordia, la compasión, la dignidad del ser humano? ¿Cómo pueden vendernos como productos navideños la superficialidad, el capricho, la comilona, el despilfarro y el olvido de los desamparados?
Hoy, como ayer en Belén, hay quienes se hospedan en el jolgorio, la confusión, el promiscuo hacinamiento y el hartazgo de las posadas. Siempre hay sitio junto a avispados posaderos que explotan las oscuras pasiones. Pero, naturalmente, este no es lugar adecuado para una familia honrada y viajera que espera su primer hijo. Nuestro Dios prefiere para revestirse de Niño el silencio, la paz y la limpieza de una noche estrellada.
Pasados los años ese Niño, nacido al margen, nos dirá: "Te aseguro que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios... Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañe que te diga: Es necesario nacer de nuevo" (Jn 3,3).
Por eso en la Navidad cristiana recordamos y celebramos la visita de Dios. Pero, sobre todo, renovamos nuestro propio nacimiento, el de cada día, el de cada año, el de cada paso fiel a Aquel que nos amó primero. Esta es la Navidad auténtica, la que se vive y no se ve, pero alegra y ensancha el corazón.
La Navidad violada
Probablemente debo comenzar estas líneas advirtiendo noblemente a mis posibles lectores del peligro que corren prosiguiendo la lectura de este artículo. No va a serles cómodo. Yo mismo voy a pasar un mal rato escribiéndolo: gritar no es un deporte divertido. Y hoy -me guste o no- siento la necesidad de escribir estas líneas con las uñas.
Empezaré diciendo la verdad: cada año el aproximarse de las navidades me pone más triste.
No como persona: las calles encendidas, la alegría folklórica de los escaparates, el calentarse de la vida familiar, son cosas que entusiasman a cualquiera y a mí no menos que a los demás. Pero me pongo triste como cristiano. No lo puedo evitar: la Navidad me huele a la más gigante farsa que jamás se inventara.
Cada año más las veo como una especie de carnaval gastronómico-lujoso que nos hemos montado con la disculpa de festejar el nacimiento de Cristo.
Recuerdo que hace algunos años un grupo de Acción Católica pensó hacer una campaña para -es vertiginoso que tengan que hacerse campañas para esto- «cristianizar las navidades", me pidieron un «slogan" para unos carteles que habrían de colocar en toda la ciudad y yo les dicté éste: «Por favor, no echéis a Cristo de vuestras navidades". La frase estuvo entonces pegada como un grito en todas las esquinas. Hoy me pregunto si no fui un ingenuo pidiendo que no echaran a Quien hace ya siglos fue exiliado de nuestras alegrías.
«Fiestas cristianas" decimos. Pero no es verdad: los dioses navideños son el pavo, el turrón y el champagne. O el cotillón y la gamberrada colectiva de la nochevieja. Su Majestad el Despilfarro -el dios más anticristiano inventado jamás- es grotescamente entronizado en cientos de miles de corazones de comunión diaria.
Claro que no parece que la redención de las navidades pueda venir por la carretera del sentimentalismo. El pequeño Jesusito de mazapán y tonterías no tiene demasiado que ver con la desgarradora aventura de Belén y uno se pregunta si ciertas lágrimas emocionadas, derramadas junto a los «nacimientos», no tendrán el objeto de nublar la mirada para no ver lo que en esos «nacimientos" se recuerda.
Voy a decirlo de una vez: la encarnación de Cristo es un misterio que me produce vértigo. Góngora escribió una vez que este «salto" de Dios era más grande que el mismo del Calvario, pues -decía- «hay más distancia de Dios a hombre, que de hombre a muerto» Claro que nosotros -para que el misterio nos resulte «digerible,,- hemos cuidado muy bien de no tomarlo completamente en serio y pensamos que «Dios se vistió de hombre» como cuando los reyes y ministros se ponen un traje de minero y descienden con él a la mina ... sabiendo que lo cambiarán un par de horas después por su confortable vida.
Pero aquello de Belén fue algo bastante diferente. Dios asumió una carne de hombre que le ataba a la muerte, a la soledad, al miedo y a la angustia. Si el parto de Belén se hizo sin dolor, no se hicieron sin dolor el frío de la noche de la huida, ni la tragedia de ser el más joven exiliado de la historia, ni el sudor de la carpintería o la soledad del incomprendido. Todo eso empezó en una Navidad que nosotros hemos embadurnado de confitería como un purgante camuflado de azúcar.
Pero, entonces ¿qué hacemos de la alegría navideña tantas veces redicada? ¿No es acaso la Nochebuena una cima de infancia? Sí, sí, pero la infancia no es una etapa rosa. Hay una luz tan grande que sólo ilumina a quien tiene bien fuerte la mirada.
Dejemos las metáforas y digamos del todo la verdad: nuestro modo de vivir la Navidad -por paganizada o por sentimentalizada- es un signo visible del gran fraude que los que nos llamamos cristianos jugamos a diario con Dios, a quien utilizamos mucho más que servirle. Grahan Greene lo dijo con una frase tajante: "Dios nos resulta cómodo porque tomamos ante él la misma postura que ante el sol: nos colocamos lo suficientemente lejos de él para aprovechar su calorcillo y huir su quemadura.»
Y Antonio Machado lo dijo aún mejor cuando definió a Dios con aquellos versos que le comparaban también con el sol:
«Era ardiente, porque daba
calores de rojo hogar.
Y era sol porque alumbraba
y porque hacía llorar».
Esto ya es otra cosa: un Dios que es un hogar que calienta y en cuyo seno se puede uno abrigar y que, al mismo tiempo, es una luz que, a la vez que ilumina, despelleja los ojos, este Dios sí, ya es cristiano.
¿Estoy diciendo con todas estas líneas que las navidades habrán de ser ácidas si quieren ser cristianas? No, evidentemente. Pero sí estoy gritando que unas navidades de pura sacarina poco tienen que ver con lo que Cristo hiciera en la gruta de Belén. Allí hubo luz y paz y ángeles, pero hubo también amor, entrega al hombre y un Dios que se vaciaba de su propia grandeza para entrar en un seno de mujer. Pero nosotros -hábiles- hemos seleccionado los pedazos de Dios que nos convienen: elegimos la pandereta, el alegre estallido de los corchos de champagne. Y que a los pobres, el amor, la caridad y la justicia los parta un rayo o los socorra Dios.
¿Estoy diciendo con todas estas líneas que las navidades habrán de ser ácidas si quieren ser cristianas?" No, por favor. Sé muy bien que la solución no estaría en pasar de la sensiblería al melodrama, sino en descubrir la verdadera alegría que nada tiene que ver con la frivolidad. En Belén Dios se hizo pequeño, pero no se convirtió en muñeco.
Lo mismo que más tarde se convertirá en pan, pero no en una tarta.
Habría que empezar por tomar la Navidad radicalmente en serio, como el día en que Dios se embarcó en la raza humana y cambió el sentido todo de la vida de los hombres. Al hacerse uno de nosotros nos explicó que Él no era el soberano faraón de los cielos, sino nuestro Padre, alguien interesado en la vida del más pequeño de los suyos. Ese día nació, pues, de veras la gran fraternidad. Sí, la fraternidad: esa es la única respuesta posible a la Navidad. Pero claro, la fraternidad no puede consistir en regalar una tableta de turrón a la mujer del portero o en soportar menos ácidamente por una noche la chochez del abuelo. La Navidad tiene que ser otra cosa. Algo parecido a lo que fue la locura de Belén hace 2000 años. Algo que trastornaría nuestra existencia humana. Algo que nunca construiremos en la tierra. Algo que, sin embargo, tenemos obligación de construir.
Por eso tendremos que tenerle mucho miedo a esas Navidades que pueden ser una coartada de la fraternidad, una sacarina que nos engañe, un amor descafeinado. Todo eso no tiene que ver con lo que ocurrió en Belén. Cierto que allí hubo luz y paz y ángeles. Pero hubo también amor, vertiginoso amor, nada menos que un Dios que se vaciaba de su propia grandeza para entrar en el seno de una mujer.
Sólo que nosotros, hábiles, hemos seleccionado los pedazos de Dios que nos convienen: elegimos la pandereta, el alegre estallido de los corchos de champagne. Y que a los pobres, el amor, la fraternidad, la caridad y la justicia los parta un rayo o los socorra Dios.
Carta a Dios en Adviento
Querido Dios:
Te escribo desde el planeta Tierra. Estoy oyendo hablar de que vas a venir, de que es Adviento, y se me ha ocurrido ponerte cuatro letras para informarte sobre el lío en que te vas a meter. Tú verás lo que haces. Ya me perdonarás si acentúo un poco las tintas negras... Recibirás otras cartas, espero, que equilibren mi visión.
Lo primero de todo es preguntarte por qué vienes, quién te ha pedido que vengas... No creo que haya salido de los humanos esta idea. Si es cosa tuya, te admiro. Debes estar muy admirado de nosotros. Oye, saber que alguien se acuerda de nosotros tanto es como para sorprenderse... De paso, se te agradece la idea... Ya sé que para el amor no hay razones. Para el amor la única razón es el amor.
Yo, Dios, no digo que no haya gente que te espera y que suspira por ti. Pero son los menos. No te creas que te vas a encontrar con muchos «esperadores». Aquí, Dios, tú interesas poco. Has pasado a segundo lugar, mejor, estás «pasado de moda». Se puede vivir sin ti y no pasa nada. ¿Para qué tener un compromiso con Dios si se puede vivir sin Dios tan ricamente? Dicen por aquí que creer en ti es ser un poco trasnochado. La gente de la Tierra no te necesita, Dios; lo que necesita y por lo que se despelleja es por trabajo, dinero, salud, pasarlo lo mejor posible, subir un poco más, tener un poco más y... poco más. Con este panorama, Dios, ¿qué vas a hacer entre nosotros? ¿Qué musiquilla celestial nos vas a tocar? ¡Que estamos en otra onda! Me imagino que te vas a llevar un gran chasco. No sé si no te arrepentirás de esta «idea» que se te ha ocurrido.
Bueno, y no te cuento los líos que tenemos montados de conflictos, de guerras, de olvidos de la gente pobre... Es cierto que hay personas que están muy sensibilizadas y trabajan lo que pueden y dan todo lo que tienen por ayudar a los más desfavorecidos. Todos los esfuerzos son pocos. Hay más millones que lo pasan más mal que bien. Eso dicen.
Como opinión particular, hay una cosa que me llama la atención: no logro comprender cómo unos humanos juegan y explotan tanto a otros. El «bolsillo» y el placer de unos hace a otros esclavos, pobres y «juguetes». No lo entiendo Dios. Cuando tenemos algún momento de lucidez, hasta nos decimos: ¡Pero dónde vamos a llegar! ¡Qué horror!
He exagerado un poco, pero que conste que es verdad todo lo que te digo. Y, en el fondo, el corazón de los humanos sigue vacío, buscando, insaciable... Tenemos tanto que hacer, que lo esencial, ser personas y querernos, no lo hacemos. Vamos a ritmo tan acelerado que no nos damos tiempo ni para aprender a amar, ni para saber esperar y perdonar. Rompemos con facilidad fidelidades.
Bueno, en algún rincón encontrarás gente maja. Te acogerán muy bien, junto a la mula y el buey... Donde hay riqueza y lo que cuenta es «pasarlo como dios», tendrás menos sitio. Su dios son las cosas que tienen. No te necesitan. Donde no hay, te harán un hueco enseguida... ¡Cosas de este planeta Tierra!
Nada más. Que conste que me alegro de que vengas. Tendremos que mirar menos al cielo si tú estás en la Tierra... aunque no sé si te reconoceré... ¿Cómo sé yo dónde vas a estar? ¿Dónde vas a dar conferencias? ¿A qué hora? Si no nos dices con claridad estas cosas, ¿te crees que vas a tener mucho público? ¡No sabes la cantidad de dioses que últimamente se anuncian...! Nos sobran, pasamos de ellos y nos vienen a montones... ¿Cómo te reconoceremos como el Dios verdadero?
Espero que enciendas alguna estrellita para seguirla y poderte encontrar...
En el fondo, que sepas que tengo ganas de ti y de encontrarte, aunque lo disimule... ¡Anda, guíñame el ojo, que te necesito, aunque no lo grite muy alto!
Un abrazo a ti y a toda la familia celestial. Juan.
Pregón de Navidad
Tengo que confesarles, queridos amigos, que siempre que comienzo a hablar de la Navidad lo hago con una extraña mezcla de alegría y de terror.
Alegría porque la idea de la Navidad me evoca el calor del hogar, la alegría de los niños, la ternura de la fe, la fraternidad entre los hombres.
Terror porque no puedo nunca quitarme de la imaginación la idea de que la Navidad es una gran farsa consumístico-gastronómica que hemos montado con la disculpa de festejar el nacimiento de
Dios, pero de tal manera que los verdaderos protagonistas de la Navidad sean el turrón, el pavo y el champagne o el cotillón y la gamberrada colectiva.
Temo que la fiesta de la fraternidad sea por el contrario el estallido del egoísmo. Y temo que su majestad el Despilfarro -el dios más anticristiano inventado jamás- reine durante estos días en cientos de miles de corazones de comunión diaria. Temo que
Belén sea una disculpa. Temo que Belén sea para los ateos una fábula y que los cristianos vivan la Navidad como si fuera una fábula.
Hace años, cuando era yo un curilla recién salido, un grupo de muchachas decidió organizar una campaña para "recristianizar" la Navidad. Y me pidieron un «slogan» para unos carteles que proyectaban pegar por todas las esquinas de la ciudad. Yo les di éste: "Por favor, no echéis a Cristo de vuestras navidades". Hoy me pregunto si no fui un ingenuo pidiendo que no echaran de la Navidad a quien hace siglos fue exiliado de nuestras alegrías.
Los hombres somos muy curiosos en las cosas de Dios. Decía Graham Greene: "A los hombres les gusta tener a Dios lejos, como al sol, lo suficiente lejos para aprovecharse de su calorcillo y huir de su quemadura". Pero Belén es Dios que se mete en casa.
Y entonces lo camuflamos como mazapán o como esas purgas que nos ponen en tabletas de azúcar.
Escribió Antonio Machado: "Anoche cuando dormía / soñé, bendita ilusión / que un ardiente sol lucía / dentro de mi corazón. / Era ardiente, porque daba / calores de rojo hogar / y era sol porque alumbraba / y porque hacía llorar".
Navidad es: hogar ardiente, luz que alumbra y hace llorar. Atreverse a acercarnos a la realidad de Belén.
Recuerdo siempre en estas fechas la puerta de la Basílica de la Natividad, en Belén. Una puertecilla pequeñísima, de no más de un metro veinte de altura. Es una puerta que se hizo así por razones históricas. En la Edad Media no era infrecuente que los soldados entraran en las iglesias a caballo, atacando a los fieles reunidos en oración. Para defenderles, se tapiaron muchos de los hermosos arcos góticos y se dejó este tipo de puertas diminutas por las que sólo se puede entrar de dos maneras: o siendo un niño, o agachándose.
Por eso creo que la Navidad sólo puede pregonarla un niño.
¿Cómo fue la primera Navidad? Una gran soledad. Vino Cristo al mundo y ni los periodistas se enteraron. El mundo siguió rodando: Roma, Atenas, Alejandría. ¿Y los interesados?
El emperador Augusto: "Cuando Cristo apareció entre los hombres, los criminales reinaban sobre la tierra. Cesar Augusto Octaviano habíase mostrado cobarde en la guerra, vengativo en las victorias, traidor en las amistades, cruel en las represalias. A un condenado que le pedía, por lo menos, que le sepultasen después de matarle, le respondió:
"Eso es cosa de los buitres". Obtenido el imperio y dispersos los enemigos, conseguidas todas las magistraturas y potestades, se había puesto la máscara de la mansedumbre y no le quedaba, de los vicios juveniles, más que la liviandad. Se contaba que, de joven, había vendido dos veces su virginidad: la primera vez a César; la segunda, en España, en Irzio, por trescientos míl sestercios. A la sazón se divertía con sus muchos divorcios, con las nuevas nupcias con mujeres que arrebataba a sus enemigos, con adulterios casi públicos y con representar la comedia del restaurador del pudor. Este hombre, contrahecho y enfermizo, era el dueño de Occidente, cuando nació Jesús y no supo nunca que había nacido quien había de disolver lo que él había fundado" (Historia de Cristo de Giovanni Papini)
No eligió el mejor de los mundos, bajó a este nuestro corrompido y sucio. Y eligió para nacer un poblacho: Belén, el histórico solo tenía 200 habitantes. Ni ríos, ni nieves, ni casitas rojas. No era el
Belén de los sueños. Y se encontró con la despreocupación de los parientes, la estupidez del posadero: campeonato de tontos de la historia, lo ganaría.
¡Menudo negocio que perdió para él y todos sus descendientes!
Entra en el mundo por la puerta de la pobreza.
El portal sin escayolas, sin tartas color rosa y crema.
Grutas como hay tantas. Como la de Belén de hoy donde no se puede elevar mucho el cáliz. No habría el turismo de hoy ni la división: griegos, captas, católicos.
Nadie se enteró. Y eso que la propaganda estaba bien hecha: los profetas durante siglos, una estrella. Pero la gente no vio la estrella porque nadie mira al cielo. Y no lo reconocieron porque esperaban a otro. Esperaban el poder, el lujo, la violencia y vino la debilidad, la pobreza, la paz. "Esperaban un rey, un general o, por lo menos, un guardia civil y vino un bebé". Un bebé.
¡A quién se le ocurre!
El mundo no comprendía que Dios fuera tan sencillo y corrió con sus guirnaldas sus diademas, sus anillos a camuflar a este Dios que sólo quería ser niño.
Belén era un gran escándalo que ponía al hombre en ridículo.
Si Dios se hubiera encarnado en un notario, en un químico, un carabinero, un buzo, un almirante, un obispo, un guardia, un farmacéutico, el mundo hubiera entendido.
¿Más cómo reconocer en un bebé al Infinito?
El mundo no termina de entender lo que allí ocurrió. Nos parece que Dios se disfrazó de hombre, se vistió de hombre como los ministros cuando bajan a la mina y se ponen un casco y un mono de minero. Pero no fue eso: se hizo hombre con todos los agravantes.
Nos impresiona que muriera, no que se hiciera hombre. Góngora: "Hay mayor distancia de Dios a hombre, que de hombre a muerto". El salto era grande. Pero al hacerlo cambiaba el concepto de hombre y el de Dios. "Si Dios se ha hecho hombre, ser hombre es la cosa más grande que se puede ser"
(Ortega y Gasset).
Y el concepto de Dios, era un Dios a quien ya se podía amar y no sólo reverenciar. Era un Dios que venía. Otras religiones: el hombre va hacia Dios, en la nuestra viene. Era un Dios comprensible, en calderilla. "Nadie puede amar una cosa, a menos que pueda rodearla con los brazos" (Fultón Sheen). "Lo difícil no es creer que Cristo sea Dios. Lo difícil sería creer en Dios si no fuera Cristo" (Joseph Maleque) Y es un Dios pobre. Entra por la puerta de la pobreza, escandalosa. Ya el hereje Marción en el
siglo II se escandalizaba de este Dios indigno: "Quitadme esos lienzos vergonzosos y ese pesebre, indigno del Dios a quien yo adoro". No era un faraón, era un niño inerme que hacía pucheros y no sabía hablar ni buscar el pecho de la madre.
La gran revelación es que Dios nos ama, es uno de nosotros. Pero veinte siglos después no se le entiende mejor, ni nos escandalizamos menos. Hoy los políticos siguen creyéndose los únicos importantes. Los Herodes de hoy son los celos de Dios.
Los Augustos de hoy no se enteran. Los posaderos de hoy son los sagrarios abandonados, las misas desiertas. La gente del pueblo son el turrón, el mazapán, el jolgorio. La gran farsa consumista-comercial-sentimental. Los que no ven la estrella de Dios.
Si hoy apareciera una estrella nueva ¿quién la vería?
Los sabios eclesiásticos que sabemos todo menos lo importante, que seguimos teniendo miedo a la pobreza, a las manos del carpintero.
Hoy, como entonces, solo hay tres puertas para llegar a Belén: la ingenuidad infantil de los pastores, la audacia intrépida de los magos, y la fe y la entrega de María y José. Los pastores analfabetos, mal vistos (ladrones, asaltadores, no válidos como testigos) supieron entender sin pruebas y correr como niños.
Los magos paganos, gente que exponía mucho. Sus reinos perdidos (Cernuda) con mucho de audacia y locura. María desde su fe oscura, desde su amor total.
Hay que regresar a la infancia para entrar en Belén. Dentro de todos hay un niño dormido ¿o muerto? El hombre tiene que despertar a ese niño porque es lo mejor de él. Así lo expresó el poeta francés Charles Peguy:
Los hombres se llenan de experiencia -dicen ellos-,
ganan en experiencia, aprenden de la vida
y amasan experiencia, cada día.
¡Vaya tesoro!, dice Dios.
Un tesoro vacío,
un tesoro de alejamiento y envejecimiento,
de arrugas e inquietudes.
¡Venga, atesorad ese tesoro en vuestros
graneros vacíos!
¡No haréis sino acrecentar el tesoro de vuestras
penas y miserias
y amontonar sacos de preocupaciones y tristezas!
Decís que acrecentáis vuestra experiencia
pero lo que hacéis es ir descendiendo y
disminuyendo y perdiendo cada día.
Lo que vosotros llamáis experiencia
Yo -dice Dios- lo llamo desgaste
y disminución y pérdida de esperanza.
Yo lo llamo desgaste pretencioso
y pérdida de la inocencia,
una constante degradación.
Porque es la inocencia la que está llena
y la experiencia la que está vacía
la inocencia quien gana
y la experiencia quien pierde
la inocencia la que es joven
y la experiencia la que es vieja,
la inocencia la que cree
y la experiencia la que es una descreída,
la inocencia la que sabe
y la experiencia la que ignora.
Se manda a los niños a la escuela, dice Dios,
pero yo pienso que es para que olviden
lo que saben.
Estaría mucho mejor enviar a la escuela
a los padres
porque son ellos los que la necesitan,
siempre, naturalmente, dice Dios,
que fuera Yo el maestro de esa escuela.
Feliz, dice Dios, el que siga siendo un niño
y guarde la inocencia primera.
Mi Hijo, dice Dios, se lo dijo a los hombres
sin ninguna clase de atenuantes,
porque hablaba clara y firmemente:
Feliz no solamente el que siga siendo
como un niño,
sino, exactamente, feliz el que es niño,
el que ha permanecido siendo niño,
exacta y precisamente el niño que ha sido
puesto que justamente se ha concedido
a todo hombre
el don inapreciable de haber sido niño de pecho,
esta bendición, esta gracia.
El Reino de los cielos no será sino de ellos".
Está también el camino de los magos: el camino de la audacia y la locura porque hace falta audacia y locura para creer en un mundo que no cree, para no divinizar el dinero, para creer en el trabajo, para creer en el amor, para creer en la amistad. Pero estos locos encontrarán a Cristo. Y existe el camino del amor como María. Que le encuentra porque le lleva dentro, que le posee porque le regala entero, que después de dar a luz se queda llena porque se queda vacía.
No temáis a la alegría, pero que no se quede en champagne.
Sed felices en vuestra familia, pero que no os olvidéis del centro de esa familia. Sobre todo despertad al niño que lleváis dentro: la puerta de la basílica de Belén. Veo en vosotros los niños que fuisteis. Os diría lo que Bernanos dijo a un grupo de niños: "No os olvidéis nunca de que este mundo odioso se mantiene en pie por la dulce complicidad -siempre combatida, siempre renaciente- de los santos, los poetas y los niños. ¡Sed fieles a los santos! ¡Sed fieles a los poetas! ¡Permaneced fieles a la infancia! ¡Y no os convirtáis nunca en personas mayores!"
Carta de un anciano a su hija
Querida hija: Soy un viejo, una persona mayor, como se dice ahora, que está un poco al margen del mundo, jubilado del trabajo y de la sociedad.
Dios me libre de querer poner en orden los asuntos de los demás. No me quiero inmiscuir en la vida de los jóvenes, porque sé que no os gusta que los viejos pretendamos daros lecciones. Pero eres mi hija y en Navidad me veo en la obligación de escribirte esta carta.
Tienes que aprender a celebrar el Adviento. No es cuestión de encender unas velas y apagarlas al poco rato. Ni de poner una corona colgada en la puerta de tu casa, que queda muy decorativo. Tenemos que aprender a callarnos por dentro, a apagar el loco tocadiscos de nuestros pensamientos, para, en el silencio, poder encontrarnos con nosotros mismos y sobre todo con Dios. Si no podemos hacer esto jamás sabremos celebrar la Navidad.
Lo que sucedió el año pasado no debería repetirse. ¿Te acuerdas? Trabajaste como una mula antes de las fiestas navideñas. Te echaste a la calle y a las tiendas a comprar. Los niños se quedaron en la guardería; no tuviste tiempo para tu marido cuando llegó por la noche a casa. Se hizo la cena y aun se marchó con unos amigos para preparar el viaje de final de año. Acostaste a los niños, todo con prisa y sin amor. Luego te fuiste a la cama, no sin antes ordenar los trajes de los niños para el festival navideño. Este fue vuestro tiempo de Adviento.
El domingo reinó en casa una actividad febril mientras la radio berreaba sin cesar. Había que preparar innumerables paquetes de regalos. Salisteis.
Los niños se quedaron solos. Es magnífico que en estos días hagáis regalos costosos a parientes y amigos. Un signo de vuestra generosidad. ¿Pero es éste el sentido de la fiesta?
Los niños han quedado inundados de regalos sin que quede un solo deseo sin satisfacer. Habéis mostrado orgullosos los regalos que os han hecho: el equipo de música, el móvil de última generación, la ropa de marca, los perfumes. Muy bien, pero ¿es esto lo que significa la Navidad para vosotros? Ni un pensamiento para entrar en el clima de la fiesta, ni una lectura de la Biblia, ni una oración. No dije entonces nada, pero pensé: tienen todo por fuera, pero por dentro no tienen nada.
Mira, primero tendría que desmontar pieza por pieza el tinglado que esta sociedad de consumo ha montado alrededor de la Navidad, para empezar a aprender a celebrar y a ser feliz.
Te escribo hoy porque no sabes cuánto me gustaría que tú también fueras feliz. Pero para ello tienes que tomar un par de decisiones y colocar de nuevo algunas cosas en el centro de tu vida.
Escucha a un viejo. Ya sé que me puedo equivocar, pero me atrevo a decírtelo: ¡No trabajes tanto! El trabajo puede ser un vicio o una evasión. No dejéis tan a menudo a los niños. Los puedes perder del todo. La cuestión principal es que ganes tiempo para tus hijos, para tu marido y para Dios. ¿Qué tienes, si posees muchas cosas y no tienes a Jesús? Quizá me comprendas. Pero quizá pienses también que soy un viejo.
Acéptame al menos una cosa: que no es lo mismo ser feliz que aparentarlo.
Os deseo que seáis muy felices en estas fiestas de Navidad.
El Sueño de María
Caminando hacia la Navidad, quiero haceros llegar este “sueño”, que me cuestiona y me encanta. Lo oí hace tiempo. Muchos conoceréis al autor; yo, aunque he buscado su nombre, no lo he conseguido encontrar. De todas formas le doy las gracias por habernos dejado algo tan bonito.
Tuve un sueño, José, y realmente no lo puedo comprender, pero creo que se trataba del nacimiento de nuestro hijo. La gente estaba haciendo los preparativos con seis semanas de anticipación, decoraban las casas, compraban ropa nueva, salían de compras muchas veces y adquirían elaborados regalos. Era un tanto extraño, ya que los regalos no eran para nuestro hijo; los envolvían en vistosos papeles y los ataban con preciosos moños, y todo lo colocaban debajo de un árbol.
Si, un árbol, José, dentro de sus casas; esta gente había decorado el árbol y las ramas estaban llenas de adornos brillantes y había una figura en lo alto del árbol, me pareció que era un ángel, era realmente hermoso. Luego vi una mesa espléndidamente servida, con platos deliciosos y muchos vinos, todo se veía exquisito y todos estaban contentos, pero no estábamos invitados.
Toda la gente se veía feliz, sonriente y emocionada por los regalos que se intercambiaban unos con otros, pero, ¿sabes, José? no quedaba ningún regalo para nuestro hijo; me daba la impresión de que nadie lo conocía, porque nunca mencionaron su nombre. No te parece extraño, que la gente trabaje y gaste tanto en los preparativos para celebrar el cumpleaños de alguien a quien ni siquiera mencionan y que da la impresión de que no lo conocen. Tuve la extraña sensación de que si nuestro hijo hubiera entrado en esos hogares para la celebración hubiera sido solamente un intruso. Todo se veía tan hermoso y la gente feliz, pero yo sentía enormes deseos de llorar porque nuestro hijo era ignorado por casi toda esa gente que lo celebraba.
Qué tristeza para JESUS, no ser deseado en su propia fiesta de cumpleaños.
Estoy contenta porque solo fue un sueño, pero qué terrible sería si esto se convierte en realidad.
Ahora te sugiero unas preguntas:
¿Cómo vas de invitaciones?
¿Has reservado, alguna, para la familia de Nazaret?
Presta atención. Jesús quiere sentarse en nuestra mesa y a nuestro lado el día de Nochebuena y al día siguiente, y al siguiente, y al otro… No lo defraudemos.
Maneras concretas de vivir el Adviento.
Sugerencias
- Espacio de silencio. Crearlo en la familia, a pesar del ruido ambiental para poder escuchar la Palabra; no dejarse emborrachar por el ruido.
- Poner en un lugar especial del hogar la Palabra. Alguien de la familia que se ocupe de abrirla cada día en un pasaje, leerlo en común o dejarlo ahí, para que lo lea el que quiera de la familia y cuando quiera.
- Aprender a apagar la televisión unos minutos (2, 5, etc.). No apagar por apagar la televisión; si la apagamos es porque hay «cosas más importantes» que escuchar, es el silencio, o mirarnos a los ojos, hablarnos, etc.
- Ser conscientes del silencio mientras vamos en autobús, coche, o estamos en casa. Escuchar lo que hay dentro de nosotros: deseos, ansiedades, palabras bonitas. Hacer «carne», verbal izar lo que llevamos dentro y es más íntimo.
- Hacer silencio para que el otro pueda hablar. Silencio para escuchar las palabras de los otros. Silencio para mirar despacio y contemplar, sin consumir nada, a nadie... Silencio para gustar y alegrarnos. Silencio para orar y gritar: iVen, Señor, ven, salvador!
- Espacio de penumbra. Para no dejarnos deslumbrar por nada, por las cosas, por lo que se nos ofrece, por el martillo de la publicidad. Saber apagar la luz y vivir con una vela durante dos minutos. El Dios de la Biblia aparecerá como tenue luz en medio de la noche. Saber mirar allí donde hay poca luz y descubrir lo (a los) que vive(n) en las tinieblas, en la penumbra; acostumbrar nuestros ojos a ver y mirar lo que no está en los escaparates, pero está presente. Desde la penumbra podremos gritar la salvación que descubrimos como necesaria para nosotros, para los hombres y mujeres que conocemos.
- Espacio para el diálogo en familia. Decimos que son fiestas de familia las fiestas navideñas. Familia es hablar, hablarnos, darnos tiempo para escucharnos. Estamos juntos, pero nos hablamos poco, nos contemplamos poco. Nos damos poco tiempo, nos interesamos poco por lo íntimo del otro, resolvemos rápidamente lo inmediato. Más allá de lo inmediato hay muchas cosas importantes en cada persona... Escuchar los verdaderos problemas de los nuestros: sus ansias... Lo importante de cada uno se dice no cuando se nos pregunta, sino cuando queremos decirlo. Para eso necesitamos clima y oportunidades creadas...
- Espacio y tiempo para acoger a otros. «Lo siento, está completo; no hay
sitio", es la respuesta que dan a María y José... y tienen que buscar sitio donde sólo caben los pobres... Dar tiempo a otros es hoy uno de los regalos más grandes... Dar ese aguinaldo.
- Espacio para la felicidad sencilla. No caer en la tentación de comprar la felicidad con cosas, con grandes gastos, no poner la felicidad en «trastos", disfrutar con lo sencillo, con cosas pequeñas. Reunirse en familia y hacer el presupuesto de gastos, de regalos. Hacer presupuesto para los que no tienen, para las ONG, para personas concretas. Tenemos bastante con menos. Sentirnos regalados por Dios con el regalo de Jesús nos lleva a regalar, a reconocer al otro.
- Adornar el espacio del hogar. Procurar que sea tarea de todos los miembros. Cada uno que haga algo, que se reconozca: «Esto lo he hecho, lo he puesto yo". Tener como criterio hacer las cosas antes que comprarlas. Si es posible, que no sea cosa de un día, sino de muchos, que dure...
- Preparar las cosas es una manera de celebrarlas, de vivirlas. Lo bonito de las fiestas es la preparación. No adornamos la casa para los demás, la adornamos para la familia en primer lugar. Que no falten los elementos específicamente cristianos: la corona del Adviento, el pesebre. Después ya puedes poner el árbol y lo que quieras. Pero lo central es lo central.
- Una leyenda sobre el árbol de Navidad. Cuando llegaron los misioneros a
los pueblos germánicos, al principio de todo, se encontraron con una tradición: las tribus que poblaban aquellas tierras, en este tiempo de diciembre, adornaban y adoraban a un árbol seco, sin ramas. Los misioneros tomaron esta tradición y la «retocaron un poco" cambiando el árbol seco por un árbol de hoja perenne, un pino de Navidad, porque Jesús es perenne, no caduco, ha vencido al tiempo y a la muerte, es principio y fin de todo. Además, colgaron del árbol manzanas, sí, manzanas (hoy se han convertido en bolas de luces y en regalos de sorpresa) porque este árbol que es Jesús es nuestra salvación. En el árbol del paraíso había manzanas que fueron ocasión de la «caída" de los primeros hombres. Las manzanas colgadas en el árbol de Navidad son recuerdo de nuestros pecados, los que Jesús viene a redimir.
- Y también una tradición: en muchos hogares ponen una cunita vacía. Cada día, todos los miembros de la familia están invitados a realizar algo bueno en la jornada. Al final, antes de acostarse, se coloca una pajita en la cuna para que Jesús tenga paja donde reclinarse y con qué calentarse. Es una manera de ir preparando la venida de Jesús, preparando su cuna.
- Espacio para la alegría. No somos unas tristes personas... Dios nos visita, nos da valor. Valemos tanto que Dios se «desplaza hasta nosotros». Esto no es para estar tristes. Es para estar agradecidos y alegres. Manifestaciones de la alegría: la cara, la fiesta, la participación de todos en hacer cosas... Hacer algo que nunca se ha hecho en comidas, por ejemplo, donde todos «puedan meter la mano,,; si sale bien, fenomenal; si sale a medias, nos reímos...
- Cultivar las tradiciones familiares. Vale la pena conservar todo lo bueno que en cada familia el Espíritu ha suscitado y es tradicional en estos días de Navidad. Es importante que los hijos puedan decir mañana: «En mi casa, en Navidad, teníamos la costumbre de...".
Algunas tradiciones es posible que las tengas que modificar o retocar de acuerdo con tu actual vivencia del mensaje del Señor o la situación.
El año pasado, me comentaba una pareja que está en grupos cristianos, desde la fuerza del Evangelio, tuvo una idea y la pusieron en práctica rompiendo «la tradición,,: sintieron la necesidad de hacer algo distinto: no regalarse nada y se lo explicaron así a los hijos: «Este año papá y mamá no nos regalaremos nada el uno al otro. Lo hacemos desde lo que sentimos dentro del corazón, desde nuestra opción de fe. El importe irá a una asociación de ayuda contra la droga. A vosotros «no os castigamos,,; seguiremos regalándoos algo como siempre. Si vosotros queréis regalarnos algo, lo hacéis. Si nos dais el importe en dinero, sabéis que el dinero lo uniremos a lo nuestro para entregarlo". Los hijos respetaron y aprendieron. Estas lecciones dan fruto más tarde, cuando
uno ve las cosas «con otra luz".
¿QUÉ ES EL ADVIENTO?
. El Adviento es una invitación a conectar con lo mejor que hay en ti, en tu corazón. Conectar con esos sueños de ser mejor persona, más madura, más honrada, más tú. Yo creo que tú tienes un espacio en el corazón donde hay «sueños» de ser mejor persona, más feliz. . . Esos sueños son un camino por el que es posible que Dios llegue hasta ti.
Llevamos una vida de vértigo, y lo mejor nuestro queda un poco aplastado por el cada día... Vivimos desconectados de nuestras raíces, de nuestros sueños más profundos, de lo que de verdad ansiamos... Hablas con la gente, y muchos llegan a decirte con sinceridad: «Necesitamos el dinero, pero el dinero no nos da felicidad; nos permite algunas cosas; pero el dinero no llena el corazón".
-¿Qué es Adviento? Conectar con tus mejores aspiraciones, ésas que te llevan a decir: «¡Ya está bien de vacío interior! ¡¡Ya está bien de sequía!!".Tenemos un corazón que necesita agua fresca de sentimientos, de verdad, de ganas de ser de otra manera más humana y menos máquina.
Y aquí, los que nos llamamos creyentes en el Dios de Jesús, conectamos con las esperanzas de hombres y mujeres que sintieron lo mismo que sentimos y esperaron a Alguien (Jesús, el Mesías) que les dijera palabras que les sacaran de su aburrimiento.
Es curioso: lo que ansiamos, lo que esperamos, lo que echamos de menos porque vivimos un vacío tremendo... no se nos ocurre a nosotros. La solución nos viene de palabras que nosotros no pronunciamos y que pronuncia para nosotros el Mesías, el enviado de Dios: Jesús.
. Pronuncia una palabra silenciosa naciendo donde nació (¡Tela lo de los belenes bonitos que hacemos...! El primero, de bonito no tenía nada: sólo era una realidad dura y cruda, como la vida misma cuando se pone tonta y nos pega disgusto tras disgusto).
. Pronuncia una palabra destacando la importancia del corazón sobre el ritualismo de salvarnos haciendo cosas. Nos salva el corazón, no las cosas por las cosas (a los que cumplían la Ley a la perfección, pero sin corazón, les dio unos palos de mucho cuidado, o si no, lee el Evangelio.. .).
. Pronuncia una palabra nueva removiendo el corazón y sacándolo del egoísmo. «Ser samaritano" significa ver la necesidad del otro y echar una mano... Y esto complica la vida que es un gusto, pero alegra el corazón que no te puedes imaginar... (Si tienes experiencia de todo esto, me entenderás...)
. Pronuncia una palabra para decirnos que nuestro vacío y falta de felicidad vienen muchas veces por querer servir a dos, tres, cuatro o cinco señores... Y Señor sólo hay uno: Dios.
. Pronuncia una palabra de comprensión, libertad e invitación. El Dios nacido en Belén apela a la libertad. Viene invitando, no forzando. Si te sientes forzado o forzada a creer por «presiones de fuera'" ahí no hay verdad... A Dios se llega sin fuerza, sin presiones, sin nada... Sólo por uno mismo...Así llegaron a Jesús los Magos, sin ser forzados por nadie... Les llevaba el corazón, les empujaban las ganas que sentían dentro, la estrella que brillaba como invitación dentro de ellos... Todo lo de Dios es pura invitación. Dios es para libres, no para esclavos. A los esclavos se les imponen las cosas. A los libres no. Aceptan ellos lo que sea desde su libertad.
Esto me ha salido del corazón y hoy no te sé decir por escrito otra cosa para explicarte el Adviento. Hay «instrumentos» que ayudan a todo esto, el principal, la Biblia, las lecturas de la Eucaristía de cada día o de los domingos de Adviento... Y hablar con gente, que ayuda mucho...
Empezamos el Adviento
Con el Adviento, empezamos la preparación de la Navidad. Nos preparamos para que Dios venga a nuestro mundo y a nuestro corazón.
A pesar de los problemas y de los miedos; a pesar de que estemos cansados de tantas promesas incumplidas, y de los desengaños de cada día, a pesar de todo, vamos a intentar vivir una nueva Navidad, porque siempre necesitamos de la visita de nuestro Dios, a nuestra vida.
Nuestro corazón ya no es de carne, sino de cemento y hierro. ¡Qué fría es nuestra sangre, qué forzados nuestros saludos, qué cortos nuestros encuentros y qué mezquinos nuestros dones!. Cada uno vamos a lo nuestro y dejamos sólo las migajas para otros.
Todo nos parece ya normal. Nos parece normal que muchos mueran de hambre; que se asesine a los niños antes de nacer, cuando tienen todo el derecho a la vida.
Por eso necesitamos una gran esperanza. De lo contrario, se nos secaría el corazón. Una persona sin esperanza es como un peregrino que camina sin rumbo, a ninguna parte. Es como un parado que no tiene nada que hacer y se limita a dejar pasar los días y los años en la desesperación.
Vamos a intentar, a pesar de todo, vivir con esperanza. Los cristianos no esperamos cualquier cosa. Esperamos nada menos que la visita de Dios y esa visita puede cambiar muchas cosas.
Empecemos, pues, el Adviento con la misma ilusión con la que un estudiante espera las vacaciones; con la misma emoción con la que una madre espera a su hijo. Con el mismo amor que se tienen una pareja de jóvenes enamorados locamente.
Cuando trabajamos para la Paz y la Justicia, estamos sembrando el mundo de esperanza.
Cuando sabemos sufrir con paciencia, es Adviento.
Cuando esperamos y nos esforzamos por hacer un mundo más justo y más humano, estamos preparando la venida del Señor.
Cuando buscamos a Dios, pronto será Navidad.
Propuestas para ADVIENTO y NAVIDAD
Consumo medido: No se trata de ser rácanos ni de dejar de celebrar la Navidad como se merece sino de preguntarnos con sinceridad: ¿cuánto necesitamos para celebrar la Navidad? ¿Hasta dónde queremos gastar?...
Solidaridad: …¿y hasta dónde queremos compartir con los que no tienen? ¿Qué proporción queremos que haya entre lo que nos vamos a gastar en nosotros (y en regalos a nuestros familiares y amigos) y lo que vamos a dar a los pobres?
Comercio Justo: No solo en la cena de Nochebuena, que este tiempo sea ocasión para descubrir los productos de Comercio Justo… y, de rebote, para reflexionar sobre los que no son de comercio justo.
Regalos: que lleven algo de nosotros, que pongamos “valor añadido” de tiempo, cariño, artesanía casera; que expresen algo de nosotros mismos o de lo que realmente deseamos a quien lo recibe. Y , en cuanto a los niños, ¡no les sepultemos en regalos!
Decoración de la casa: realizada exclusivamente con motivos religiosos: el misterio del portal, el Belén, la estrella, los magos de Oriente… ¡ésas son las señas de identidad de nuestra Navidad cristiana! No Papá Noel, arbolito (sin Belén)…
Televisión: En lugar de incrementar esta Navidad el tiempo que le dedicamos a la televisión, ¿no se nos ocurren otras maneras alternativas de pasar el tiempo en familia? ¿Y si decidiéramos un “apagón de tele” hasta el 7 de enero?
Felicitaciones: ¿Qué estamos comunicando con nuestras tarjetas de felicitación y nuestras llamadas telefónicas? ¿Y si además de desearnos “feliz Navidad” nos atreviéramos a decirnos esa palabra sincera que lleva tanto tiempo esperando? ¡Es Navidad, regale sinceridad! "Yo para eso he nacido y para eso he venido al mundo: para ser testimonio de la Verdad" (Jn 18, 37).
Acercar a los alejados: Ante el slogan “¡Vuelve a casa por Navidad!”, ¿podemos hacer algo para que los que van a pasar la Navidad solos tengan compañía? Tal vez disponed un nuevo sitio para un amigo más en nuestra mesa, tal vez ayudarles a volver esos días con los suyos…
Gestos proféticos: Si nos desagrada la manera como “el mundo” celebra la Navidad, ¡hagámoslo saber! ¡Que se oiga nuestra voz de creyentes católicos en medio de una sociedad ciega y sorda! Aunque no publiquen nuestras cartas, no dejemos de escribir a los medios de comunicación.
Conciencia de Dios: ¡Que no se nos olvide lo que estamos celebrando! ¡Que no se nos olvide dedicarle a Dios esta Navidad tiempos extra de oración personal o en familia! ¡Que, como María, guardemos en silencio todas estas cosas en el corazón, a la vez que proclamamos en voz alta las maravillas que Él ha hecho por nosotros
Ser felices con lo fundamental
Se cuenta que en el siglo pasado, un Turista americano fue a la ciudad de El Cairo, Egipto, con la finalidad de visitar a un famoso Sabio. El Turista se sorprendió al ver que el Sabio vivía en un cuartito muy simple y lleno de libros. Las únicas piezas de mobiliario eran una cama, una mesa y un banco.
-¿Dónde están sus muebles? -preguntó el Turista.
Y el Sabio, rápidamente, también preguntó:
-¿Y dónde están los suyos...?
-¿Los míos? -se sorprendió el Turista-. ¡Pero si yo estoy aquí solamente de paso!
-Yo también... -concluyó el Sabio.
«La vida en la tierra es solamente temporal... Sin embargo, algunos viven como si fueran a quedarse aquí eternamente y se olvidan de ser felices». Y ten en cuenta: Al final de tu vida...
1. Dios no te preguntará qué modelo de coche usabas; te preguntará a cuánta gente ayudaste.
2. Dios no te preguntará los metros cuadrados de tu casa; te preguntará a cuánta gente recibiste en ella.
3. Dios no te preguntará la marca de la ropa en tu armario; te preguntará a cuántos ayudaste a vestirse.
4. Dios no te preguntará cuán grande era tu sueldo;
te preguntará si vendiste tu conciencia para obtenerlo...
5. Dios no te preguntará cuál era tu título;
te preguntará si hiciste tu trabajo bien y con honestidad.
6. Dios no te preguntará cuántos amigos tenías;
te preguntará cuánta gente te consideraba su amigo.
7. Dios no te preguntará en qué vecindario vivías;
te preguntará cómo tratabas a tus vecinos.
8. A Dios no le importará el color de tu piel;
le interesará la pureza de tu alma...
9. Dios no te preguntará por qué tardaste tanto en buscar la Salvación; te llevará con amor a tu casa en el Cielo.
Recuerda: «El valor de las cosas y los momentos no está en el tiempo que duran, sino en la intensidad con que se viven. Por eso existen momentos maravillosos, inolvidables, cosas inexplicables y personas incomparables».
Aprender a ser felices
Me parece que la primera cosa que tendríamos que enseñar a todo hombre que llega a la adolescencia es que los humanos no nacemos felices ni infelices, sino que aprendemos a ser una cosa u otra y que, en una gran parte, depende de nuestra elección el que nos llegue la felicidad o la desgracia. Que no es cierto, como muchos piensan, que la dicha pueda encontrarse como se encuentra por la calle una moneda o que pueda tocar como una lotería, sino que es algo que se construye, ladrillo a ladrillo, como una casa.
Habría también que enseñarles que la felicidad nunca es completa en este mundo, pero que, aun así, hay raciones más que suficientes de alegría para llenar una vida de jugo y de entusiasmo y que una de las claves está precisamente en no renunciar o ignorar los trozos de felicidad que poseemos por pasarse la vida soñando o esperando la felicidad entera.
Sería también necesario decirles que no hay «recetas» para la felicidad, porque, en primer lugar, no hay una sola, sino muchas felicidades y que cada hombre debe construir la suya, que puede ser muy diferente de la de sus vecinos. Y porque, en segundo lugar, una de las claves para ser felices está en descubrir «qué» clase de felicidad es la mía propia.
Añadir después que, aunque no haya recetas infalibles, sí hay una serie de caminos por los que, con certeza, se puede caminar hacia ella. A mí se me ocurren, así de repente, unos cuantos:
- Valorar y reforzar las fuerzas positivas de nuestra alma. Descubrir y disfrutar de todo lo bueno que tenemos. No tener que esperar a encontrarnos con un ciego para enterarnos de lo hermosos e importantes que son nuestros ojos. No necesitar conocer a un sordo para descubrir la maravilla de oír. Sacar jugo al gozo de que nuestras manos se muevan sin que sea preciso para este descubrimiento ver las manos muertas de un paralítico.
- Asumir después serenamente las partes negativas o deficitarias de nuestra existencia. No encerrarnos masoquistamente en nuestros dolores. No magnificar las pequeñas cosas que nos faltan. No sufrir por temores o sueños de posibles desgracias que probablemente nunca nos llegarán.
- Vivir abiertos hacia el prójimo. Pensar que es preferible que nos engañen cuatro o cinco veces en la vida que pasarnos la vida desconfiando de los demás. Tratar de comprenderles y de aceptarles tal y como son, distintos a nosotros. Pero buscar también en todos más lo que nos une que lo que nos separa, más aquello en lo que coincidimos que en lo que discrepamos. Ceder siempre que no se trate de valores esenciales. No confundir los valores esenciales con nuestro egoísmo.
- Tener un gran ideal, algo que centre nuestra existencia y hacia lo que dirigir lo mejor de nuestras energías. Caminar hacia él incesantemente, aunque sea con algunos retrocesos. Aceptar la lenta maduración de todas las cosas, comenzando por nuestra propia alma.
Aspirar siempre a más, pero no a demasiado más. Dar cada día un paso. No confiar en los golpes de la fortuna.
- Creer descaradamente en el bien. Tener confianza en que a la larga -y a veces muy a la larga- terminará siempre por imponerse. No angustiarse si otros avanzan aparentemente más deprisa por caminos torcidos. Creer en la también lenta eficacia del amor. Saber esperar.
- En el amor, preocuparse más por amar que por ser amados.
Tener el alma siempre joven y, por tanto, siempre abierta a nuevas experiencias. Estar siempre dispuestos a revisar nuestras propias ideas, pero no cambiar fácilmente de ellas. Decidir no morirse mientras estemos vivos.
- Elegir, si se puede, un trabajo que nos guste. Y si esto es imposible, tratar de amar el trabajo que tenemos, encontrando en él sus aspectos positivos.
- Revisar constantemente nuestras escalas de valores. Cuidar de que el dinero no se apodere de nuestro corazón, pues es un ídolo difícil de arrancar de él cuando nos ha hecho sus esclavos. Descubrir que la amistad, la belleza de la naturaleza, los placeres artísticos y muchos otros valores son infinitamente más rentables que lo crematístico.
- Descubrir que Dios es alegre, que una religiosidad que atenaza o estrecha el alma no puede ser la verdadera, porque Dios o es el Dios de la vida o es un ídolo.
- Procurar sonreír con ganas o sin ellas. Estar seguros de que el hombre es capaz de superar muchos dolores, mucho más de lo que el mismo hombre sospecha.
La lista podría ser más larga. Pero creo que, tal vez, esas pocas lecciones podrían servir para iniciar el estudio de la asignatura más importante de nuestra carrera de hombres: la construcción de la felicidad.
DESCUBRE...
Descubre que tú eres maravilloso. No te suceda lo que a aquel anciano, que durante la mayor parte de su vida vivió en una isla que los guías de turismo anunciaban como una de las mayores maravillas de la naturaleza en el mundo. De regreso a la ciudad, la gente al escuchar que venía de aquella isla se admiraban. Él, sorprendido, preguntaba porqué aquella extrañeza.
Tiene que ser fantástico, le decían, haber vivido tantos años en una isla que es considerada como una de las maravillas del mundo.
El anciano reflexionó, por unos instantes, y dijo: "Bueno, para serles sincero, si yo hubiera sabido de la fama de la isla, la habría mirado con mayor detenimiento."
¿No sucederá que también tú necesitas mirarte con mayor detenimiento y descubrir que eres maravilloso para admirarte de ti mismo?
Descubre que puedes volar siempre más alto. Juan Gaviota descubrió que era muy aburrido volar como vuelan todas las gaviotas, siempre a ras del mar, siempre pescando un pez para comérselo en las rocas. Descubrió que se puede volar hasta el infinito de los cielos. Pero para volar más alto es preciso romper con la manada, con lo que hacen todos.
Descubre que el fermento es más pequeño que la masa de harina, pero es el que termina por fermentar toda la masa.
Descubre que tus limitaciones también son caminos para que sepas lo que te falta y por lo que debes luchar.
Descubre que hasta tus caídas son caminos y ocasiones para que Dios te levante y manifieste la grandeza de su amor.
Descubre que el 0 también vale. Todo depende donde lo pones. Porque el 0 de tu inutilidad puede hacerte más pobre de lo que eres o hacerte millonario. ¿Sabes cómo? 0000001 ó 1.000000.
Descubre: Lo que eres. Lo que has dejado de ser. Lo que Él quiere que seas. Lo que Él puede hacer en ti
La vida está llena de sorpresas.
Cada día que amanece es un acontecimiento.
Es un día que se parece al anterior.
Sin embargo, es un día nuevo,
aún no estrenado.
Por eso, puede ser un día de sorpresas para ti.
Cada día, Dios puede ser sorpresa para ti
y tú puedes ser sorpresa para Dios.
Sembrador de nogales
Un día caminaba por el campo, cuando vi a un hombre bastante anciano, que estaba cavando un pozo. Intrigado, me acerqué a él para preguntarle qué estaba haciendo. "A mí siempre me gustaron las nueces", me contestó. "Hoy llegaron a mis manos las nueces más exquisitas que probé en mi vida, así que decidí plantar una de ellas".
Me entristecí al pensar que ese pobre hombre, a tan avanzada edad, jamás llegaría a probar una de esas nueces. "Disculpe, amigo", le dije. "Para que un nogal dé frutos deben pasar muchísimos años, y dada su edad, es muy probable que cuando este arbolito de sus primeras nueces, usted ya haya muerto hace mucho. ¿No ha pensado que tal vez sería más provechoso para usted sembrar tomates, o melones, o sandías, que le darán frutos que usted sí podrá saborear?".
El hombre me miró un instante en silencio, durante el cual, no supe si sentirme muy sagaz por mi observación o muy estúpido. Tras unos segundos que me parecieron horas, finalmente me contestó: "Toda mi vida me deleité saboreando nueces, cosechadas de árboles cuyos sembradores probablemente jamás llegaron a probar. Cuando de nueces se trata, no le corresponde a quien siembra el ver los frutos. Por eso, como yo pude comer nueces gracias a personas generosas que pensaron en mí al plantarlas, yo también planto hoy mi nogal, sin preocuparme de si veré o no sus frutos. Sé que estas nueces no serán para mí, pero tal vez tus hijos o mis nietos las saborearán algún día."
Y entonces me sentí muy pequeñito y egoísta por pensar sólo en mí. Desde ese día, me dediqué a plantar nogales.
Así es la labor del sacerdote, catequista, padre..... Nosotros sembramos, pero no nos corresponde ver los frutos. Claro, si sembramos sandías o tomates, obviamente pronto veremos los frutos, pero si nuestra siembra es profunda y sincera, estaremos sembrando nueces. No esperemos ver los resultados de nuestra labor misionera, porque si así lo hacemos, es probable que nos frustremos al no verlos. Si nuestro accionar es verdadero y está fundado en Cristo, quedará dentro de los corazones de la gente, y cuando Dios quiera, lo hará brotar y convertirse en frutos abundantes.
No hay que desanimarse si en algún momento parece que es inútil lo que estamos haciendo porque parece que alguien no nos escucha, o no le importa lo que hacemos, o no acuden a las celebraciones la cantidad de gente que esperaríamos. Que sea suficiente el saber que estamos dando lo mejor de nosotros, haciendo nuestro mejor esfuerzo. No nos corresponde a nosotros ver los frutos de la misión. Nosotros tan solo sembramos. Otros regarán, y será Dios, a su tiempo, quien cosechará.
¿Dónde llevo mis problemas?
Es una situación de esas que se repiten a diario en muchos hogares. El marido tiene un trabajo absorbente, de los que no dejan ni un resquicio para respirar.
La mujer, que además de trabajar en la casa, también trabaja fuera de ella, se le queja de que él apenas tiene tiempo de estar con el hijo que ambos tienen. Que si el niño tiene que ir al médico tiene que ser en base a los permisos que ella pida en su trabajo. Que si llaman de la guardería, porque el niño se ha puesto malo o ha pasado cualquier cosa, la llaman al trabajo a ella. Es una situación muy conocida por multitud de parejas jóvenes.
Llega un momento en que él le dice a su mujer que lo siente mucho, pero que no puede hacer más de lo que hace. Que él tiene muchos líos en el trabajo, y que a veces tampoco sabe muy bien a dónde llevar sus problemas, porque le ve a ella tan liada con el niño, la casa y su trabajo que no le puede comentar nada. Que no se atreve a añadir más historias, a una situación -que ambos viven-, que dista mucho de ser tranquila y relajante. No están enfadados. Lo comentan y yo, que estoy presente, me quedo pensando.
Hace años los sacerdotes, con mayor o menor fortuna, hacían una labor en el confesionario, además de impartir el sacramento de la confesión, claro está.
En muchos casos era una labor próxima a lo que hoy llamaríamos la consulta de un psicólogo. Las personas con problemas en sus vidas, tenían alguien que les escuchase, aunque no se tratase siempre de confesar pecados ni de resolver nada. Se trataba de un lugar y de una persona de plena confianza, que pacientemente escuchaba.
¿Dónde llevo mis problemas?, se preguntaba el marido de mi historia. Quería decir, ¿dónde llevo mis problemas si no te los puedo contar a ti (que compartes la vida conmigo), porque tú bastante tienes con los tuyos?
La pregunta es seria y no pretendo entrar en el terreno del profesional, sea psicólogo o lo que sea. No sé si como Iglesia de Jesús tenemos algo que decir o no. A lo mejor sí. ¿No dijo Jesús aquello de “Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré”? Mateo, capítulo 11.
A lo mejor se nos está olvidando la atención a los que no están enfermos del cuerpo, ni necesitan del socorro material para llegar a comer, ni hay que hacerles un funeral o administrar cualquier sacramento. A lo mejor lo cotidiano no tiene cabida en nuestro esquema, porque no figura en ninguna estadística de las que manda el obispo para rellenar a final de curso.
Me decía un amigo que viaja bastante por el extranjero, que acompañado por su anfitrión, había asistido recientemente a un encuentro en una iglesia cristiana, no católica. Dice que allí hablaban de los problemas del día a día, de las dificultades que cada uno tenía para vivir y de esa manera se consolaron mutuamente. Y que, al final del encuentro, el pastor encargado de aquella comunidad recogió lo que se había comentado y lo iluminó con la Palabra de Dios, tomando un texto apropiado de la Biblia.
Nosotros aquí no sabemos ir a la iglesia, al templo, más que a oír misa o a celebrar algún sacramento, Y que conste que no es que ello me parezca mal, lo que pasa es que no hay otras posibilidades. Incluso hoy se excluye el poder ir a rezar o a acompañar al Señor fuera de horas -“fuera de horas” nuestras, no de Él, por supuesto-, porque en su gran mayoría los templos permanecen cerrados.
CON UN CAFÉ Y UNAS PASTAS
Recuerdo que un sacerdote de Madrid, que vino en una ocasión a Santander a pronunciar una charla y a quien trasladé desde el aeropuerto, me contó cómo reunía, en los salones de su parroquia, a los feligreses que lo deseasen, los domingos a las cinco de la tarde, alrededor de un café y unas pastas. ¿Para qué? Para charlar distendidamente de la vida. ¿Hay algo más importante para cualquier ser humano? Y era un momento en el que mucha gente se acercaba a la iglesia, tomaba contacto con ella de otro modo, fuera de lo sacramental o del culto. Los que como yo, ya somos muy antiguos en labores eclesiales, hemos conocido algunos ensayos de este tipo o parecido, y resultaron bien.
Estaría bien que pensásemos un poco en qué hacer para que los que tienen problemas encuentren en nuestros entornos parroquiales la acogida necesaria y oportuna. Somos una generación de seres humanos -los que ahora vivimos en este mundo-, que ha desarrollado la inteligencia humana, de la que nos dotó Dios, hasta extremos inconcebibles. Somos unas personas que hemos puesto la imaginación en marcha, para desarrollar inventos espectaculares. ¿No vamos a ser capaces de buscar y encontrar nada que ayude a nuestros semejantes a vivir, y que no consista en dar comida o dinero?
Y tú, ¿qué opinas?
Dios es humilde
A lo largo de estos años me he encontrado con personas que se han ido alejando de Dios porque ya no soportaban oír constantemente que es «Omnipotente» y «Todopoderoso». Se sentían mal ante ese Dios. No podían vivir en paz con él. Han preferido olvidarlo.
Tal vez también a ti te puede pasar algo de esto. No te atreves a decirlo de forma rotunda, pero en el fondo sientes a Dios como un ser «prepotente», que nos tiene a todos bajo su control y amenaza. No puedes huir de él. Estás en sus manos, aunque no quieras. ¿Cómo vas a vivir a gusto con él? Este puede ser uno de nuestros grandes errores. El poder de Dios no es como a veces lo imaginamos. En realidad, Dios no es «omnipotente». No puede hacer cualquier cosa. Dios no puede abusar de nosotros, no puede manipular, humillar, burlarse de alguien. Dios no puede hacerte daño ni buscar tu mal. Dios es amor y solo puede lo que puede el amor.
Mira, para agredir, para destruir o hacer daño no se necesita un poder muy grande. Cualquiera puede hacer el mal. Por el contrario, para acoger, para perdonar, para respetar, para amar, para hacer siempre el bien, se necesita ser grande. Así es Dios.
Por eso, aunque a veces nos cuesta creerlo, Dios se manifiesta en lo pequeño, en lo frágil, en lo humilde. Dios es grande y no necesita defenderse de los seres humanos. Es fuerte y no necesita andar exhibiendo su fuerza. Es amor y no necesita controlar, dominar ni aplastar a nadie.
Es necesario recordar esto porque siempre que entre los cristianos se ha malentendido la omnipotencia de Dios y se ha exaltado falsamente su poder, convirtiéndolo en un «poderoso» indigno, se ha fomentado la intolerancia, la represión moral, el miedo a Dios y el «terror religioso».
Si, en alguna medida, sientes a Dios como un «tirano» ante el que no puedes por menos que rebelarte, yo quiero decirte que ese Dios no existe. Te estás rebelando contra un «fantasma». Estás haciéndote sufrir inútilmente.
Todo cambiará el día en que sientas a Dios como un amigo humilde, cercano y respetuoso. No te lo puedo explicar con palabras, pero Dios es una «presencia» amistosa, cercana, que te hace vivir y amar la vida de manera diferente. Dios no está cerrándote caminos o frenando tu deseo de ser plenamente feliz. No está en tu corazón presionándote o forzándote. Es tu mejor Amigo. En él puedes encontrar la luz más clara y la fuerza más vigorosa para enfrentarte a la dureza de la vida y al misterio de la muerte.
Dios no te va a gritar. No te va a coaccionar jamás. No se te va a imponer a la fuerza. Te va a respetar siempre, hagas lo que hagas. Él te ha regalado la vida. Es tuya. Tú eres el que tienes que decidir qué quieres vivir y para qué. Él solo quiere que aciertes a vivir bien.
A veces te puede parecer que Dios es demasiado «invisible». No lo sientes. No lo puedes tocar. No escuchas su voz. Crees que no hay nadie cerca de ti. Lo que sucede es que Dios es discreto y respeta hasta el final tus decisiones. Su presencia es tan humilde, cercana e íntima que te puede pasar inadvertida. Está tan unido a ti que, si no ahondas en tu propio ser, te puede parecer que estás solo.
¿Y cómo puede uno encontrarse con ese Dios? No lo sé. Creo que hay que buscarlo de manera humilde, sin complicaciones, con un corazón limpio y en actitud confiada. Todos nos pueden decir cosas muy acertadas. Pero solo tú sabes lo que te hace bien y te acerca de verdad a ese Misterio que llamamos Dios.
No hemos de olvidar la alegría de Jesús al comprobar que la gente más humilde y sincera era la que mejor captaba su experiencia de Dios. En una ocasión dio gracias a Dios con estas palabras: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y entendidos, y se las has descubierto a pequeños».
Señor, Dios mío
tan grande y tan cercano
Dame un corazón vivo
y unos ojos nuevos para descubrirte
y para acogerte
cuando vienes a mí
FRANCISCO DE SALES,
obispo de Ginebra (1567-1622)
Para vivir sencillamente
«Necesitamos vivir simplemente para que otros puedan simplemente vivir». Mahatma Gandhi
He aquí diez sugerencias para que nuestro testimonio humano y cristiano sea luz para un mundo cada día más sofisticado y menos feliz.
1. Disfruta de tu hogar
Siéntete cómodo en tu casa. Haz que sea y parezca simple. No la recargues de adornos innecesarios. Evita que el televisor haga las veces de «hogar» o chimenea, desplazándolo a un lugar menos visible o poniéndole puertas. Aprende a decorar y reparar las cosas con tus manos. Redescubre el rito de las comidas en familia y sin televisión. No seas esclavo .del teléfono. Invita a tus amigos a tu casa y hazles sentirse bienvenidos. ¿Por qué no les preparas tú mismo la comida?
2. Corta con «El Corte»
No vuelvas a salir de tiendas por impulso o diversión, ni te creas todo lo que predican grandes tiendas como, en España, “El Corte Inglés”. Evita que tu familia pase la tarde del sábado en la fórmula 9C: Coche (o carro en Hispanoamérica), centro comercial, compra, consola (de juegos de pago en vez de juegos en el parque), cine, cola (de la fila o de la famosa marca de Atlanta), cena y caravana (de vuelta a casa). No compres nunca en domingo. Establece días de consumo bajo o cero, en los que no se compra más que lo estrictamente necesario. Invierte más en las tiendas y comercios del barrio. Practica el trueque y el uso compartido. Compra cosas de segunda mano, productos con poco embalaje, de comercio justo y ecológicos. Sé fiel a la regla de las tres erres: reducir, reutilizar y reciclar: Abre los armarios y despréndete de cuanto no hayas usado en el último año. Dónalo o véndelo a una tienda de segunda mano. Aprende a decir no. Evita acumular cosas y costumbres innecesarias.
3. Sé responsable con tu dinero
Salda tus deudas. Intenta pagar siempre que puedas al contado; gastarás menos. Haz ajustes para vivir dentro de tus posibilidades. Analiza y recorta tus gastos. Calcula cuánto podrías ahorrarte si no compraras ciertos productos de marca. Que tu austeridad sea desde la alegría. Motívate con un compromiso solidario: lo que te sobra es lo que otra persona necesita para llevar una vida digna.
4. Detente a oler las flores
Quítate el grillete de la muñeca -al menos de vez en cuando- deja de depender tanto del reloj. Escucha tu reloj interior. Tómate días de retiro, de verdadero descanso, sin programa alguno. No estés hasta la última hora del día haciendo cosas o viendo la televisión. Un día a la semana acuéstate y levántate antes. Huye de todo lo que «enganche» y cree adicción. Vivir equilibradamente implica saber combinar las actividades que nos agradan y recrean. Cuando algo se convierte en una obsesión hay que buscar la forma de liberarse de su esclavitud.
5. Viaja hacia dentro
Sal con tiempo y camina; tu ser entero lo agradecerá. Si has de tomar un vehículo, que sea de transporte público. Haz que el tiempo en el autobús o el tren sea enriquecedor y cada día te parecerá más gratificante respecto al tiempo perdido en los atascos. Viaja hacia tu mundo interior con un tiempo de calidad dedicado a la meditación; descubrirás paisajes increíbles y enriquecerás todas las dimensiones de tu vida. Escribe un diario y disfruta mas de tu existencia. Visita a la gente que está sola, y pasea también, con respeto y admiración, por sus mundos personales. Si quieres conocer de verdad el mundo, descúbrelo por carreteras secundarias, comiendo su comida, bebiendo su vino, bailando su música y estando en contacto con la realidad.
6. Apaga la tele
Evita caer en la tentación de la televisión y su creciente número de canales como forma de pasar el tiempo. Cada día estamos ante ella una media de tres horas. Huye de la ilusión de que estás informado porque ves el telediario. Lee más. Pasea más. Escribe más a quienes amas. Aprende nuevas habilidades. Si hay niños pequeños en la casa, mira la tele con ellos y dales criterios para elegir. Dales alternativas, léeles cuentos, participa en sus juegos. Proponte leer todas las noches media hora. y recuerda: detrás de los medios de comunicación y de Internet hay grandes intereses políticos, sociales y económicos. Sé crítico con la información y contrástala. Separa los hechos de las opiniones y busca apasionadamente la verdad en todo momento, sin dejarte manipular.
7. Vive en la realidad
Cuida las relaciones humanas cercanas a ti y no caigas en una vida de simples amistades «virtuales». Convivir con los demás es siempre más difícil-y hermoso- que charlar con desconocidos en la red. El amor verdadero se vive en la vida diaria. Es más bonito y enriquecedor jugar un partido de fútbol o baloncesto que echar una partida con un simulador virtual. Un tamagotchi nunca será igual que una mascota.
8. No corras detrás de todo lo nuevo
Las nuevas tecnologías deben estar a nuestro servicio, no al revés. Utiliza el ordenador como herramienta y no como un fin en sí mismo. Compra sólo la cantidad de programas, periféricos y accesorios que vayas a utilizar. Párate a pensar si de verdad necesitas un teléfono móvil. Hay muchas formas de invertir tus recursos económicos que pueden ser más interesantes, humanamente enriquecedoras y baratas que el último videojuego.
9. Lleva una vida sana y cercana a la naturaleza
Haz ejercicio regularmente, pero sin caer en el culto al cuerpo perfecto. Cambia de hábitos alimentarios y renuncia totalmente a la comida basura. Utiliza productos menos procesados, más naturales. Consume más productos frescos, verduras y legumbres. Redescubre los sabores puros de la leche, el agua... y el vino. Asocia siempre el tiempo libre con la naturaleza. Date tiempo suficiente para dormir. Evita caer en la dependencia del alcohol, el tabaco y otros tipos de drogas. No merecen la pena.
10. Recupera el sentido de comunidad
No caigas en el sedentarismo. Comprométete en actividades que te obliguen a salir de casa. Conoce a tus vecinos. Participa en las asambleas de tu parroquia y en los grupos de jóvenes y de tiempo libre de tu barrio. Comprométete en acciones comunitarias o en una ONG. Sé solidario, sé un voluntario. Comparte lo que tienes, sobre todo lo que te sobra. Camina con otros por esta senda de una vida más simple y plena.
Dios busca a los perdidos
Hay momentos en la vida en que es fácil sentirse «perdido». ¿No lo has experimentado tú alguna vez? Tarde o temprano, por razones que a veces a ti mismo se te escapan, puedes sentirte mal contigo mismo. El desencanto y la decepción se apoderan de ti. Te ves sin ilusión. Perdido y solo.
A veces puedes sentir también secretamente tu «pecado». No lo quieres llamar así. No tienes la sensación de haber cometido errores importantes en tu vida. No has dado grandes escándalos. Sencillamente llevas años viviendo de cualquier manera. Tú único objetivo es vivir bien.
Ahora tal vez no te sientes bien. No sabes qué hacer. No tienes fuerzas para cambiar. Te parece que tu vida no merece la pena. Solo te queda «ir tirando». Evitar líos y problemas. Disfrutar todo lo que puedas.
Hay algo que no deberías olvidar. Por muy perdido que te encuentres, por muy fracasado que te sientas, por muy culpable que te veas, Dios siempre está contigo.
Nunca es tarde. Tu vida tiene salida. Cuando nos encontramos perdidos, una cosa es segura: Dios nos está buscando.
Fue una de las grandes ideas de Jesús: Dios busca precisamente a los «perdidos», como un pastor que se olvida de todo y corre tras la oveja que se le ha perdido hasta que la encuentra. Dios se acerca precisamente a los que no encuentran salida a su vida.
El mismo Jesús actuaba así y lo decía de manera clara.
Cuando en Jericó se escandalizan porque, olvidándose de todos, ha ido precisamente a hospedarse en casa de un hombre «pecador» que está echando a perder su vida entre robos, abusos y trabajos sucios, Jesús explica así su comportamiento: «Yo he venido a buscar y salvar lo que estaba perdido».
Te puede parecer paradójico e increíble, pero es así.
Precisamente, cuando nos vemos más pobres y perdidos es cuando más cerca puede estar nuestra salvación, pues Dios nos está buscando. Cuando no tengas a nadie que te pueda ayudar, cuando no veas ninguna salida, cuando sientas que no puedes cambiar, confía en Dios. Él está más cerca de ti que nunca. Él te entiende y te apoya. Él está buscando tu bien.
Puede ocurrir que estas palabras no te digan nada. Sé muy bien cómo cuesta a veces encontrarse con Dios. Quisieras creer de verdad algo así, pero no sientes nada de eso. Desearías poder rezarle, pero no te sale nada de dentro. Lo más importante no es lo que tú sientes o dejas de sentir ahora mismo, sino cómo es realmente Dios. Para él, nadie está definitivamente perdido. Si se despertara en ti una pequeña confianza, podría comenzar algo nuevo en tu vida. Podrías cambiar por dentro.
A pesar de tu superficialidad, a pesar de esa sensación de vacío y mediocridad, dentro de ti hay un rincón secreto donde todavía puedes escuchar una llamada a confiar.
Cuentas con la cercanía y el apoyo de Dios. No te pide nada. Solo abrirte confiadamente a él.
Seguramente piensas que llevas muchos años huyendo de Dios, evitando todo lo que te recuerda a él. Probablemente no es eso lo que te ocurre. Tú no estás huyendo de Dios. Estás huyendo de ti mismo y de tu propio vacío. No quieres encontrarte con tu propia verdad. No te gusta tu vida.
En el fondo, tú mismo sabes que solo cambiando encontrarás la paz, el descanso y la alegría que ahora mismo te faltan. Atrévete a responder a esta pregunta: ¿qué tiene que cambiar en ti para sentirte de nuevo vivo por dentro?
Qué diferente lo verías todo si arrancaras de ti ese «miedo» que bloquea tu fe y te aleja tanto de Dios. Qué cambio sentirías dentro de ti si te fueras convenciendo de que él es tu mejor amigo. Olvídate de tus esquemas y prejuicios religiosos. Olvídate de todo lo que te han podido decir. Escucha solo a Jesús. Fíate de él. Acércate a Dios con humildad. Haz la experiencia. Deja a tu corazón abrirse.
Sentirás paz. Si sientes a Dios cerca, aunque solo sea por unos momentos, tu vida empezará a cambiar.
En vez de estar siempre a disgusto contigo mismo acepta tu fracaso y dile a Dios:
«Bueno, a pesar de todo lo que digo,
esto es lo poco que valgo.
Ayúdame, pues, en mi debilidad».
Esto no es sentirse fracasado,
es verdadera humildad.
EVELYN UNDERHILL
escritora inglesa (1875-1941)
Unos datos para pensarlos en el día del Domund
Si esta mañana, al abrir los ojos, has podido decir que gozas de buena salud, eres más afortunado que un millón de personas: que no sobrevivirán a esta semana.
Si esta mañana al levantarte, has podido lavarte la cara y asearte, eres también más afortunado que el 20% de la población mundial que no tiene acceso al agua potable y que otro 40% que no dispone de un saneamiento adecuado.
Si no has sufrido ni una sola vez los peligros de la guerra, la soledad y los tormentos del encarcelamiento y los horrores del hambre, eres más afortunado que otros 500 millones de personas en el mundo.
Si puedes profesar tu fe sin temor de ser perseguido, encarcelado, torturado o asesinado, tienes más suerte que otros tres mil millones de personas en el mundo.
Si tienes alimentos en la nevera, ropa para vestirte, un techo sobre tu cabeza, un lugar donde dormir, vives en una abundancia que no conoce el 75% de los seres humanos del mundo.
Si tienes dinero depositado en el banco, dinero en la cartera o algunas monedas en un cajón de casa, perteneces al 8% de las personas más ricas del mundo.
Si tus dos progenitores están vivos y todavía estáis juntos, es algo realmente extraordinario.
Si puedes leer este mensaje, eres afortunado por partida doble. Esto quiere decir que, al enviarte este mensaje, alguien ha pensado en ti, y también eres mucho más afortunado que los dos mil millones de seres humanos que no saben leer.
Alguien dijo una vez: Lo que damos siempre nos es devuelto.
Así, pues, disfruta trabajando como si el dinero no tuviera importancia, ama a los demás como si jamás hubieses sido herido, baila como si no hubiese nadie mirándote, canta como si no hubiera nadie escuchándote.
Y por encima de todo, ama el hecho de que tú y todos los demás vivís aquí, en este mundo.
Quizá si un número suficiente de nosotros aprendiese a amar este mundo, todavía estaríamos a tiempo de salvarlo de la violencia que lo desgarra.
Cuando tengas que tomar decisiones
Te sugiero algunas recomendaciones para cuando tengas que tomar decisiones. Cada decisión que tomas en tu vida de alguna manera te hace o te destruye. Es importante saber decidir.
Entre la duda de hacer el bien o el posible mal, elige siempre el bien.
Entre la verdad y la mentira, escoge siempre la verdad, aunque de momento te complique la vida.
Entre criticar y alabar, es preferible que alabes siempre.
Entre murmurar de alguien o hablar bien de él, es mucho mejor hablar bien, incluso aunque te equivoques.
Entre gritar y hablar con serenidad, es mejor que escojas la serenidad. El grito déjalo para otros.
Entre hacer algo por los demás o servirte de ellos, siempre será preferible que los sirvas a ellos en vez de servirte de ellos.
Entre hacer algo o no hacer nada, escoge siempre el hacer algo. Quien hace tiene derecho a equivocarse.
Si hablan mal de ti, entre defenderte o callar, mucho mejor es que te calles. Tu silencio te hace más digno que tu protesta.
Entre mirar al futuro o encerrarte en el presente, mejor que apuntes lejos, al mañana, sin olvidar por ello el hoy.
Entre una cara seria y una sonrisa, regala siempre una sonrisa.
Entre ser santo o un pecador, decídete por la santidad.
Entre la vulgaridad y lo grande, decídete por lo grande.
Entre amar o ser amado, decídete a amar.
Entre lamentar o hacer algo, siempre será mejor que hagas algo.
Entre encerrarte en tu egoísmo o preocuparte de los otros, no dudes en preocuparte por los demás.
En toda decisión siempre hay otra posibilidad.
Tú escoge siempre:
Lo difícil y no lo fácil.
Lo que exige y no lo cómodo.
Lo riesgoso y no lo seguro.
Lo que más te acerque a Dios y no lo que te aleje de Él.
Los niños y las flores
Nunca has visto cómo algunas flores crecen entre las grietas de las piedras de algún edificio en ruinas? ¿Qué sientes cuando ves a tanto niño entre las piedras de un hogar roto, destruido porque el padre se fue a otro hogar?
¿No has visto alguna vez esas maravillosas flores dobladas y maltratadas porque algún animalito pasó por encima de ellas? A mí más pena me dan esos niños tirados por la calle con el alma pisoteada por la falta de ternura y cariño.
Hay muchas flores perdidas en los campos de las que nadie se preocupa. Pero, ¡cuántos niños perdidos por los caminos de la vida sin que nadie los valore, les diga una palabra de cariño y reconocimiento!
Ya no cultivamos flores en el jardín de nuestra casa, preferimos comprarlas. ¿No habremos perdido también la ilusión de regalar la vida a los hijos y preferimos comprar o alquilar a los del vecino? El egoísmo trafica no sólo con las flores sino también con los niños.
Hay flores sin perfume, son bonitas pero no huelen. ¡Cuántas caritas de niño lindas, pero sobre las que la vida ha escrito un rictus de tristeza! Son niños sin perfume de vida.
Las flores son como la voz de la vida que anuncian la primavera. Los niños son la voz que anuncia al Dios de la vida.
Me encantan esas flores enredaderas abrazándose cariñosas a los troncos de los árboles. ¡Qué bella es una mujer o un padre con ese hijo hecho abrazo de enredadera, colgado de su cuello!
Sin flores en primavera no hay fruto en verano.
Sin niños hoy no hay sociedad mañana.
Dios perdona siempre
Es difícil vivir a gusto con Dios y disfrutar de la fe si uno no cree de verdad en su perdón. No sé cómo te entiendes tú con Dios, pero me he encontrado con bastantes personas que se han ido alejando poco a poco de Dios porque no se sentían bien con él. Nadie les ha ayudado a creer en su perdón.
Nos imaginamos que Dios es más o menos como nosotros: queremos a una persona cuando su manera de ser y de comportarse nos agrada, pero, si nos desagrada, la rechazamos. Creemos que a Dios le pasa lo mismo. Casi sin darte cuenta piensas que es como tú, que solo sabe amarnos si respondemos fielmente a sus deseos.
Pero Dios no es así. No tiene un corazón tan pequeño como tú y como yo. ¡Dios es Dios! Nunca podremos imaginar cómo nos comprende, nos ama y nos perdona. Su perdón es incondicional e inmerecido. No tienes que hacer nada para lograrlo. Solo una cosa: dejarte perdonar. Hacia la Pascua del año 57, Pablo de Tarso escribió una carta a los cristianos de la ciudad griega de Corinto. Al explicarles cómo es el amor verdadero, les dice que «el amor
no lleva cuentas del mal». Si alguien sabe amar de verdad, ese es Dios: él único que no lleva cuentas del mal.
Si piensas que Dios vive anotando con todo detalle tus errores y pecados, si crees que está resentido contigo porque tu vida no es como debería ser, si te imaginas que está enfadado porque has cometido pecados que a ti mismo te avergüenzan, estás totalmente equivocado. Dios no es así.
Entonces, ¿no importa eso de pecar o no pecar?, ¿da todo igual? En absoluto. El pecado te hace mucho daño, y tú lo sabes. Te deshumaniza, te encierra en ti mismo, te distancia hasta de tus seres más queridos, no te deja vivir con dignidad.
Por eso Dios siempre está ahí ofreciéndote su perdón.
Él no cambia. Te quiere. Te espera. Desea lo mejor para ti. No es Dios quien tiene que cambiar para empezar a mirarte con más amor y comprensión. Eres tú el que tienes que volver a él con fe. ¿Qué haces cuando tu conciencia te dice claramente que has actuado mal? Una salida fácil es echarle la culpa a los demás; justificarte de alguna manera; pensar que no te has comportado tan mal, que es muy difícil ser honesto en esta sociedad. Todo sirve para tranquilizar nuestra conciencia. Pero no siempre vale. Hay momentos en que te sientes culpable y no te puedes engañar: has sido injusto con una determinada persona, has hecho daño a tus hijos, estás actuando de manera egoísta, has engañado a tu esposo o a tu esposa... No debes seguir así. El que mejor lo sabe eres tú. ¿Qué puedes hacer?
Lo primero es reconocer tu pecado. Llama a las cosas por su nombre. No tengas miedo de confesarte «pecador» ante Dios. Hazlo sin angustia y sin remordimientos estériles. El remordimiento no es cristiano: te encierra en tu culpa, te puede hundir, no te da fuerzas para cambiar. El arrepentimiento ante Dios es otra cosa: te ayuda a abrirte con confianza a su perdón, te va llenando de paz, te empieza a dar fuerzas para cambiar poco a poco tu vida. Estoy convencido de que la experiencia del perdón es una de las más fundamentales para crecer como persona. El que no conoce el gozo de saberse perdonado corre el riesgo de vivir «huyendo» de sí mismo, sin bajar nunca al fondo de su corazón, sin saber dónde encontrar fuerza para vivir de manera más limpia y gozosa.
Habrá momentos en los que también tú necesitarás en lo más hondo de ti mismo reconocer sinceramente tu pecado, saberte comprendido por Dios, experimentar su perdón y sentirte aceptado con tus errores y miserias. Entonces te darás cuenta de que es una suerte creer en Dios y disfrutar de su perdón.
Dios es compasivo y clemente,
paciente y misericordioso...
No nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas...
Como un padre siente ternura por sus hijos,
así siente ternura el Señor por sus fieles,
pues él conoce cómo estamos hechos
y se acuerda de que somos barro.
SALMO 103
Excusas para no aceptar la invitación
La escena del Evangelio de los invitados al banquete de bodas del Hijo de Dios es algo que se repite constantemente entre nosotros: Dios nos invita todos los domingos a un banquete de amor, donde quiere compartir con nosotros sus hijos: su palabra y su alimento.
Y nosotros siempre poniendo excusas para no asistir…
Estoy muy ocupado.
Tengo mucho que hacer.
Tengo demasiado trabajo y para un día que puedo descansar…
La misa es un rollo y un completo aburrimiento…
Esta suele ser una excusa habitual de muchos que dejan de asistir a la celebración de la Eucaristía… Es un aburrimiento…
Y no cabe duda de que en muchas ocasiones tienen sobrados motivos para ello, porque el panorama con el que, a veces, se encuentran es lamentable: misas grises, celebradas sin vigor ni gracia, donde la participación e interés son mínimos; lecturas mal leídas; predicaciones insulsas, ubicadas en el reino de lo etéreo e intemporal; comunidades muertas donde cada uno va a cumplir con su religiosidad particular ...
No es extraño que se aburran y hasta sufran en determinadas celebraciones.
Pero..., vayamos al meollo del tema.
En primer lugar. ¿No te parece que hay personas que van a misa buscando un espectáculo que les entretenga? ¿No opinas que hay cristianos que están en misa, como si no estuvieran? No escuchan lo que Jesús les dice, no rezan, no hablan con Él... En definitiva, están en la luna durante toda ella, y luego dicen que se han aburrido. Es como si fueran a ver la mejor película, estando en Babia, no se enteran de lo que allí sucede. Saldrán de ella, lógicamente, diciendo que ha sido un rollo de película y que se han aburrido soberanamente.
Una primera actitud que te invito a cultivar y mimar. Si quieres dejar de aburrirte en las celebraciones de tu parroquia, vete con los cinco sentidos bien abiertos. Vas a encontrarte con Jesús; vas a escuchar lo que Él te dice; te vas a comunicar con Dios; vas a participar del pan que Dios nos da... ¡Va a ser un día importante en tu vida! ¡Es una cita singular la que tienes!
Segundo. Una misa bien preparada, bien presidida y bien celebrada, ayuda. Lo sé. Pero, a menudo, no está en manos de los que a ella acudimos el cambiar su estilo, cambiar a las personas que asisten y, menos aún, cambiar al sacerdote y su forma de comportarse o predicar.
Si lo estuviera, miel sobre hojuelas. Pero si no lo está, ¿qué hacer?, ¿darnos de golpes contra una pared?, ¿marcharnos de la iglesia y privarnos del gozo de la celebración de la Eucaristía?.
Acepta esto, con realismo y convencimiento: las celebraciones eucarísticas de nuestras parroquias siempre dejarán mucho que desear, siempre podrán ser mejoradas para que dejen aparecer el espíritu de la Última Cena. Nuestras comunidades cristianas, por otra parte, siempre serán defectuosas, siempre serán mediocres. Y en la Iglesia siempre habrá buenos y malos presidentes de la celebración. Tenlo muy presente, te aliviará de muchos dolores de cabeza y te permitirá suprimir una de las barreras que impide a algunos cristianos poner el acento en lo fundamental y disfrutar de la Eucaristía.
Pero, a la vez, recuerda lo siguiente: detrás de esas eucaristías que te parecen tan poco atractivas y hasta insulsas; detrás de esa tu comunidad defectuosa en la que a menudo te sientes un extraño; detrás de esas misas que te aburren; detrás de ellas..., está la presencia del Resucitado que llega hasta ti.
Este bello texto de Paul Jounel te lo explica mejor de lo que yo pueda hacerlo:
«Esa asamblea, tan pequeña y tan pobre, como resulta algunas veces, es la imagen de la Iglesia... Ella es la Iglesia. Esto es verdad lo mismo en esa reunión de unos pocos fieles reunidos en tomo al altar en invierno en una iglesia fría, igual que en las muchedumbres que se reúnen en los viajes del Papa, a través del mundo. Algunos han llegado con retraso, demostrando así poco entusiasmo al responder a la convocatoria de Dios; la mayor parte no tiene el rostro radiante de la alegría de la Pascua. El órgano puede tener disonancias; el canto puede salir desafinado; la homilía no es siempre muy adaptada. Ahora bien, en la asamblea, lo que importa ver y contemplar es lo invisible».
Consejos con garantía
Como sé que os gustan las cosas bien concretas, permitidme que, como conclusión, os ofrezca seis … consejos muy prácticos para que no os aburráis ya más y empecéis a disfrutar de la misa. Pon en práctica, ya desde el próximo domingo, los dos o tres que consideres más importantes, y verás los resultados. Garantizado que no te aburrirás nunca más. Saldrás, además, contento e ilusionado; sean como sean las eucaristías de tu parroquia, sea como sea el cura y sus predicaciones.
Seis consejos para que no te aburras en misa
1. Mientras te trasladas de casa a la Iglesia «prepara tu corazón».
Piensa: «Voy a encontrarme con el Señor y con un grupo de hermanos en la fe; voy a escuchar a Jesús que hoy quiere decirme algo». Pregúntate: «¿De qué le voy a dar gracias a Dios? ¿Qué llevo en mis manos para presentarle hoy?».
2. Sé puntual y colócate en un sitio próximo al altar. No te sitúes en la parte de atrás, o en los últimos bancos del templo. Te distraerá la gente que llega tarde. Además, una comunidad dispersa, en la que cada uno se sienta donde le apetece, no hace visible la unidad de todos en la fe y en el amor.
3. Al entrar en la Iglesia recoge, si las hay, las hojas o libro de cantos. Luego, participa también cantando. Si no conoces los cantos, lee el texto. Te unirá a la comunidad.
4. Presta atención a las lecturas y a la predicación del sacerdote. Te encontrarás, sin la menor duda, y a menudo, con que el sacerdote no es un buen orador o que dice cosas sin sustancia. No te importe. No lo juzgues. Con toda certeza, Jesús te quiere decir algo a través de él y hasta te sorprenderá en más de una ocasión. Frecuentemente Dios dice grandes cosas a través de malos predicadores.
5. Tras haber participado en la Eucaristía, en la comunión, aprovecha los instantes de silencio que se te ofrecen para hablar con el Señor, para darle gracias, para pedir fuerzas y programar la semana que vas a comenzar.
6. Por fin, márcate un pequeño compromiso para la semana próxima. Intenta, desde él, ser más fiel a Jesucristo.
Dios es bueno
Yo no sé si tú crees o no crees. Si piensas algo en estas cosas o todo te da igual. No sé cómo vives por dentro. Hoy solo quiero decirte una cosa: Dios es bueno. Infinitamente mejor, más cercano, más amigo, más alegre y más grande que lo que tú y yo podemos imaginar. ¡Dios es Dios!
No tengas ninguna duda. Dios es más grande que todos tus pecados y miserias. Más alegre que todas tus imágenes tristes y raquíticas de la divinidad. Si creyéramos un poco en el Dios en que creía Jesús, nos inundaría por dentro una alegría y una confianza desconocidas. Nos daríamos cuenta de que no podemos hacer otra cosa sino dar gracias. Nuestra gran equivocación es pensar que no necesitamos de Dios. Creer que nos basta con un poco más de bienestar, un poco más de dinero, de salud, de suerte o de seguridad. Y luchamos por tenerlo todo. Todo menos Dios. A veces pienso que mucha gente no siente necesidad de Dios sencillamente porque no sabe cómo es.
Tu has oído desde niño que «Dios es amor». Los cristianos lo repetimos mucho. El papa ha escrito su primera carta, dirigida a toda la Iglesia, recordando que esto es lo más importante para nosotros: «Dios es amor» ¿Quieres que pensemos un poco en esto?
No es que Dios «tenga» amor hacia nosotros. No es que «sienta» amor hacia ti o hacia mí. No. Dios es amor. De Dios solo puede brotar amor. Dios te quiere desde siempre y para siempre. Nadie le obliga a quererte. Él es así. El misterio de Dios consiste en «amar». Nunca retira su amor a nadie.
Es fácil que de tu experiencia religiosa de niño te haya quedado la idea de que, para que Dios te acepte, te quiera y te bendiga, tú tienes que comportarte bien. Esta idea es falsa. Dios no te ama porque tú seas bueno; te ama porque es bueno él. Esta es una de esas cosas que no deberías olvidar nunca: Dios te ama tal como eres, te ama antes de que cambies, antes de que seas mejor.
Si un día te convences de que Dios es amor y, sobre todo, si un día le experimentas solo como amor, cambiarás por dentro, lo verás todo de otra manera, empezarás a creer de otra manera.
Te han dicho que Dios es «omnipotente». Lo decimos muchas veces. Sin embargo no es exactamente así. Dios no lo puede todo. No puede hacer contigo cualquier cosa. Solo puede y quiere hacerte el bien. No puede rechazarte, no puede odiarte, buscar tu mal, destruirte... Dios puede lo que puede el amor.
Te han dicho también desde niño que «Dios lo ve todo». Es «omnisciente». De esta manera te controla siempre y en todas partes, observa todo lo que haces y piensas, te escruta hasta lo más secreto de tu ser. Sin embargo no es exactamente así. Dios te mira siempre y en todas partes con amor y compasión. Te penetra enteramente con su amor. No te amenaza, no te fuerza ni te coacciona. Te respeta, te ama. Siempre y en todas partes, hagas lo que hagas, quiere para ti lo mejor.
También te han dicho que Dios es «juez», pero no siempre te han dicho que no se parece en nada a los jueces de esta tierra. Dios solo puede juzgarte con amor, buscando solo tu bien. Los jueces, cuando imparten justicia, tienen que atenerse a las leyes vigentes. Pero Dios no está sometido a ninguna ley. Solo se atiene a su amor infinito por sus criaturas. No tiene que justificar su amor ante nadie. Él es asÍ. Solo amor, gracia y perdón.
Tú puedes creer o no creer. Puedes vivir de una manera o de otra. Puedes enfrentarte a tu muerte de manera atea, solo, dispuesto a caer en la nada para siempre, o puedes morir confiando humildemente en ese Dios que es solo amor. Todo esto depende de ti. Dios no cambiará. Te estará amando siempre. Solo buscará tu bien.
¿Puede una madre
olvidarse de su criatura,
dejar de querer al hijo de sus entrañas?
Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré.
Isaías 49,15-16
No matarás…
José Luis Martín Descalzo, cuenta algo muy bello. Se trata del conocido escritor “José María Gironella”, quien el 6 de enero de 1936, siendo todavía un muchacho, debió de huir de su querida Gerona, atravesando los pirineos que separan a Francia y España. Su mismo padre le acompañó hasta la frontera. Al pasar, la gerdarmería francesa le detiene y le registra.
Con gran sorpresa, José María se encuentra con un papelito escrito por su padre y metido a hurtadillas en el bolsillo del pantalón. Sólo contenía una frase: “No mates a nadie, hijo. Tu padre, Joaquín”.
Martín Descalzo comenta el hecho diciendo “Aquel hombre sabía la verdad: matar es mucho más mortal que morir. Se mueren mucho más los que matan que los que caen muertos. “Joaquín no quería que su hijo regresara con el alma muerta y el corazón convertido en quién sabe que piedra”.
Me viene el recuerdo de esta historia, hoy que leemos este Evangelio de los “viñadores homicidas”. Y hasta se me ocurre que, al bautizarnos, en vez de esas velas de recuerdo, a todos nos debieran meter un papelito en el bolsillo del corazón que dijese solamente esto: “Hijo, no mates a Dios en tu corazón”. No sólo los hombres corremos el peligro de que nos maten. También Dios hoy está en peligro. Y desde que F. Nietsche se atrevió a ponerle ya el epitafio de muerto todos le seguimos matando de una manera u otra.
Es la gran tentación de la cultura actual. Matar a Dios. Silenciar a Dios. Porque sólo así el hombre y el mundo podrán lograr su verdadera libertad e independencia. Desde que el hombre descubre su libertad y autonomía, su gran tentación es la de eliminar a Dios. Para ellos, Dios es el gran enemigo del hombre y de su libertad. Matar a Dios para que viva el hombre.
Pero, como decía Martín Descalzo, más muere el que mata que el que muere. Y cuando matamos a Dios, terminamos por morirnos nosotros mismos. Porque sin Dios ¿qué es y qué sentido tiene el hombre?” Destruida la brújula y destruido el faro, ¿a dónde nos dirigimos?
Hay muchas maneras de matar a Dios.
La primera, el silencio sobre Dios.
¿Se puede hablar de Dios hoy en la vía pública: en política, en economía, en la vida social? ¿Se puede hablar de Dios hoy en las reuniones de amigos, en las reuniones sociales? La segunda, es la indiferencia. El no ver que Dios tenga sentido en nuestras vidas y vivir como si no existiese. ¿Acaso el silencio y la indiferencia no matan más que las mismas armas?
Cuando siento que nadie habla de mí o cuando siento la indiferencia de los demás, siento que no existo para nadie.
El silencio sobre Dios es una de las formas de “matar a Dios” de nuestra cultura contemporánea… Pero silencio sobre Dios no sólo en la vía pública sino en el seno de las familias que se dicen cristianas…
En muchos hogares ya no se habla de Dios. Los niños no pueden aprender a ser creyentes junto a sus padres.
Nadie en casa les inicia en la fe. Sus preguntas religiosas resultan embarazosas y son pronto desviadas hacia cosas más prácticas. Lo que se transmite de padres a hijos no es fe, sino indiferencia y silencio religioso.
No es, pues, extraño que encontremos entre nosotros un número cada vez más elevado de niños sin fe. ¿Cómo van a creer en Aquel de quien no han oído hablar? ¿Cómo se va a despertar su fe religiosa en un hogar indiferente?
La actuación de los padres es diversa. Hay algunos a los que no les preocupa en absoluto la fe de sus hijos. Hace tiempo que ellos mismos se instalaron en la indiferencia. Hoy no saben si creen o no creen.¿Qué pueden transmitir a sus hijos?
Hay también padres que, aun sintiéndose creyentes, dimiten fácilmente de su propia responsabilidad y lo dejan todo en manos de los colegios y catequistas. Parecen ignorar que nada puede sustituir el ambiente de fe del propio hogar y el testimonio vivo de unos padres creyentes.
Pero hay también padres preocupados, que no saben qué hacer en concreto. Padres que buscan apoyo y orientación y no siempre lo encuentran. Puede ser oportuno recordar algunas cosas sencillas pero básicas.
Lo más importante es que los hijos puedan comprobar que sus padres se sienten creyentes.
Que puedan intuir que Dios es alguien importante en su vida, que la fe les anima a vivir de manera positiva y les sostiene en los momentos de sufrimiento y prueba.
Pero no es posible transmitir lo que no se vive. No se puede enseñar a rezar al hijo cuando uno no reza nunca. No se le puede explicar por qué el domingo es fiesta si en casa no se celebra ese día de manera cristiana. No se le puede hablar en serio de Jesucristo si el hijo nunca nos va a ver leer el Evangelio.
La fe o la increencia de las nuevas generaciones se juega en buena parte en la familia. En el Evangelio se nos hace una invitación que los cristianos no debiéramos olvidar nunca: «Este es mi Hijo amado. Escuchadlo».
Quizá necesitemos recordar que ser cristiano es vivir escuchando a Jesús.
También los niños están llamados a escucharlo. Pero difícilmente lo podrán hacer si nadie les habla de El. No “matemos” la posibilidad de que Dios sea conocido y querido por nuestros pequeños, pues seguro que es el mejor compañero y la mejor herencia que les podemos dejar…
No prometas… ¡¡Haz!!
En aquel tiempo dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenia dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: 'Hijo ve hoy a trabajar en la viña. Él le contestó: No quiero. Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: Voy, señor. Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre? (S.Mateo)
Jesús hoy hace puntería. Porque ¿alguien puede salir ileso de este Evangelio? ¿Alguien puede leerlo atentamente y no sentir que sus palabras dejan heridas en nuestros corazones?
En primer lugar, ¿a cuál de estos dos hijos pertenecemos? ¿Al que dice sí pero es no? ¿Al que dice no pero es sí? Creo que somos demasiados los que pensamos que a Dios lo ganamos y lo convencemos con nuestras palabras. Y con palabras nadie queda bien delante de Dios porque Dios no cree en las palabras sino en la vida. A Dios no es fácil meterle gato por liebre.
No podemos ser cristianos de un día a la semana. Cristianos de cuarenta y cinco minutos de misa y luego que viva la vida, sino cristianos de las veinticuatro horas del día y de todos los días de la semana. No podemos ser cristianos que hoy le decimos que sí a Dios y mañana le decimos no. El gran problema de nosotros los creyentes es nuestra separación entre Iglesia y mundo, Domingo y semana, fe y vida. No se puede ser cristianos de luz intermitente ni semáforo que constantemente está cambiado de luz.
EL “SÍ” Y EL “NO” DE LOS JÓVENES
Cada año se confirman cantidad de jóvenes. La confirmación es un sí maduro a Dios y al Evangelio. Sin embargo, la triste realidad nos dice cómo esos mismos jóvenes que hicieron con tanta solemnidad su Confirmación, luego no vuelven ha aparecer por la Iglesia. Muchos hasta es posible que no regresen hasta el matrimonio.
En la Catequesis formamos a nuestros jóvenes y niños impartiéndoles una serie de instrucciones y explicaciones del Evangelio, pero luego salen a la vida y ven que esos valores no existen ni en la familia ni en la comunidad cristiana, al menos ellos no logran verlos.
Hemos de reconocer que si es necesaria la “educación formal”, no es menos necesaria la “educación ambiental”. Incluso habría que preguntarse si los mismos padres que presentan a sus hijos para la Confirmación o para la Comunión y la solemnizan y participan en ella, luego, son verdaderos testigos de esa fe en el ambiente familiar. O En la mayoría de los casos son esos padres los que no alimentan su fe ni en la Eucaristía ni en nada que se haga en la Parroquia, porque no aparecen para nada. Es el “sí” a los ritos, pero es la “indiferencia al valor de los ritos” en la vida. No lograremos nunca ni una educación ni una formación religiosa si los hijos no encuentran luego ese ambiente “de la educación ambiental” en casa o en la comunidad cristiana.
EL “SÍ” Y EL “NO” DE LOS NOVIOS
¿Quién no ha sido testigo del “sí” de los novios en día de su Boda?
¿Venís libre y voluntariamente a contraer matrimonio? La respuesta es clara: “Sí, venimos.”
¿Estáis dispuestos a amaros y ser fieles el uno al otro durante toda su vida? ¡¿Cómo no?! ¡Claro que estamos!
¿Prometéis amaros y aceptaros como esposos en la alegría y en la tristeza, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y la enfermedad y amaros y serviros todos los días de vuestra vida? ¡Por supuesto, hasta que la muerte nos separe!”
¿Diremos que no son sinceros en ese sí que se dan el día de la Boda? No dudamos que también ahí puede haber mucha mentira, en el fondo, más yo estoy convencido de su sinceridad. El problema viene luego con la realidad de la vida, cuando llegan los días tristes o las enfermedades o la pobreza o, simplemente, “otras oportunidades” que nunca faltan. Entonces comienzan las dudas y los problemas. Aquel “sí, hasta que la muerte nos separe” o “todos los días de mi vida”, termina por ser un no a toda una historia de amor.
Aquí cabe la misma pregunta. ¿El sí que se dieron en la Iglesia encuentra respaldo luego en el resto de matrimonios con los que han de convivir durante toda su vida? ¿Acaso una gran parte de ellos no viven también separados, rotos, divorciados? ¿Entonces qué apoyo encuentran en el resto de matrimonios o en los matrimonios de sus mismos padres, de sus hermanos y de sus amigos?
El problema no es solo de la pareja. El problema es también del ambiente. Es un problema de comunidad en la que no encuentran un suelo seguro para seguir luchando en las dificultades inevitables de cualquier pareja.
Y muchos de nosotros no somos también de los del DOMINGO “SÍ”, Y DURANTE LA SEMANA “NO”…
¿No es esta la verdad de muchos de nosotros? Le decimos sí a Dios el domingo, pero luego, durante la semana, nuestra vida es un no. Cristianos del “sí”, pero “no”. Del “sí” de palabra, pero del “no” con la vida.
Estamos acostumbrados a quedarnos bien ante los demás diciendo siempre que sí, quedamos bien de palabra. “Venga usted mañana que a gusto le atenderé.” “Usted disculpe que hoy no puedo atenderle pero en cualquier momento cuente usted conmigo.” Nos hemos hecho todos un poco a ese juego de palabras que nos hacen quedar bien, por más que luego nuestra vida esté diciendo otra cosa.
Lo que sucede es que ante Dios las palabras no sirven. No son las palabras que llegan a Dios sino las disposiciones del corazón y de la vida.
La actitud de estos dos hermanos, el del “sí” y el del “no” pueden ser un fiel reflejo de la relación entre nuestra fe y la vida. No se trata de decir sí a la fe, diciendo luego no a la vida. Sólo la vida puede ser un verdadero sí a la fe. Tenemos la manía de dividirlo todo. Dividimos lo sagrado de lo profano, la Iglesia de la calle, el Domingo del resto de la semana, la fe de la vida. Por eso los cristianos vivimos como fragmentados, divididos, una especie de doble personalidad. Somos unos los cuarenta y cinco minutos dominicales, y somos otros el resto del tiempo de la semana. Somos unos, mientras estamos en la Iglesia, y somos otros cuando estamos en la calle, en la oficina o en la misma familia.
Y puede darse el caso de que, muchos que aparentemente no parecieran ser “de los nuestros”, luego en su vida real, son más de Dios que nosotros mismos. Tal vez no han venido a Misa; sin embargo, luego son mucho más coherentes con su conciencia y con sus compromisos que nosotros.
Nuestra verdad no está en nuestras palabras sino en nuestra vida. Y más en profundidad, nuestra verdad está en lo que somos delante de los ojos de Dios. Por eso, tampoco debemos desalentarnos. Es posible que nos consideremos malos porque hicimos o dejamos de hacer esto o lo otro. Pero ante Dios, que conoce la verdad de nuestro corazón, siempre seremos sus hijos queridos.
PREFERIBLE DECIR ”NO”
Si no vas a cumplir lo que prometes, mejor di no.
Si no vas a ser fiel a lo que ofreces, mejor di no.
Si no vas a ser coherente con tu palabra, mejor di no.
Al menos en tu vida habrá más coherencia.
Si no crees en la fidelidad conyugal, no la prometas.
Te engañas a ti mismo y engañas a la otra parte.
Si no crees que el matrimonio es para siempre, no te cases.
Al menos no harás infeliz a la otra parte
y serás al menos mucho más sincero y honesto.
Si no vas a venir a la hora pactada, mejor digas que no puedes.
Así no harás esperar inútilmente al otro.
Si no vas a hacer caso al que consultas, no hagas preguntas.
Al menos no le harás perder tiempo al otro.
Si no me vas a dar el trabajo que me ofreces, mejor me dices no.
Así podré seguir buscando en otra parte.
Si no vas a cuidar de tus hijos, mejor no los tengas.
Al menos no habrá huérfanos en vida.
Si no vas a devolver lo que pides prestado, sencillamente pídelo.
Así no engañarás al que generosamente te presta.
Si no vas a cumplir lo que prometes, no prometas.
De engaños todos estamos bien surtidos.
Si no vas a ser un verdadero amigo, no te hagas amigo de nadie.
Al menos no harás el ridículo ante el otro que confió en tu amistad.
Es preferible que digas no porque, al menos, serás sincero.
Los demás tendrán fe en ti cuando digas “sí”.
Los demás sufrirán, pero te verán honesto.
Oración de un alejado
Dios, no sé si me estás escuchando. Hace mucho tiempo que no te siento, y me he acostumbrado a vivir sin pensar en ti. No sé qué pensarían los que me conocen si me vieran,.así, tratando de hablar contigo a solas, con sinceridad, desde el fondo de mi ser.
Dios mío, tú sabes que ya no acierto a rezar. Se me han olvidado aquellas oraciones que me enseñaron cuando era niño. Me gustaba rezarle a la Virgen. Me daba seguridad y me sentía bien. Ahora todos esos rezos no me dicen nada. La pena es que no he aprendido a hablar contigo de otra manera, con palabras mías, que me salgan a mí de dentro. No sé rezar y no sé quién me puede enseñar.
La verdad es que ya no sé muy bien si creo en ti. ¡Han pasado tantas cosas en estos años! He cambiado mucho por dentro. Me he hecho más crítico y más escéptico, pero también más frágil e inseguro. Ya no sé en qué creer. Me he quedado como «vacío» por dentro. Quisiera sentirte más vivo dentro de mí. Me ayudaría a creer en ti. Lo que oigo hablar de la religión se me hace demasiado complicado. Necesito creer en ti de manera más sencilla. ¡Te necesito a ti! A veces me encuentro mal dentro de mí. Van pasando los años y empiezo a sentir el desgaste de la vida. No tengo grandes problemas, pero no me siento bien. No sé exactamente lo que necesito ni sé a quién acudir.
Cuánto desearía poder renovar mi vida desde dentro: encontrar en mí una alegría nueva, una fuerza diferente para enfrentarme a la vida de cada día. Me gustaría cambiar, ser mejor conmigo mismo y con todos. Me gustaría, sobre todo, creer en ti de otra manera, sentirme a gusto contigo. Pero me conozco. Soy inconstante. Ni yo mismo creo mucho en mi transformación.
Por otra parte, tú sabes cómo me dejo arrastrar por las ocupaciones y problemas de cada día. Tal vez por eso no me encuentro casi nunca contigo. Tú estás dentro de mí, pero yo ando casi siempre fuera de mí mismo. Tú estás conmigo y yo ando perdido en mil cosas, olvidado totalmente de ti. ¿Nunca podremos vivir tú y yo de otra manera?
Si al menos te sintiera como mi mejor amigo. A veces pienso que eso lo cambiaría todo. Pero he oído tantas cosas de ti. En el fondo estoy seguro de que eres más humano, más comprensivo, más bueno que todo lo que me han dicho. Qué alegría si no te tuviera esa especie de «miedo» que no sé de dónde me brota, pero que tanto me distancia de ti.
Dios mío, graba bien en mi corazón que tú solo sientes amor y ternura hacia mí. Que no se me olvide nunca que tú me aceptas tal como soy, que entiendes mi mediocridad, que perdonas mi pecado y que me quieres incluso aunque no cambie. Qué suerte que seas así.
A veces pienso que mi gran pecado es no terminar de creer en ti y en tu amor. ¿Por qué no confío más en tu bondad y tu fuerza salvadora? ¿En dónde podría yo refugiarme con mis debilidades y cobardías sino en ti, Dios de los débiles y pequeños? ¿Quién me podría entender mejor que tú?
En estos momentos no me sale pedirte cosas. Solo que despiertes mi fe lo suficiente para creer que tú me acompañas en cada momento. Tú no te cansas de mí, no me olvidas. Tú me puedes dar fuerzas para no quedarme para siempre en la mediocridad.
Dios mío, ya hemos vivido mucho tiempo lejos el uno del otro. No quiero seguir alejándome más, pero no tengo fuerzas para volver a ti. Tú sabrás buscar caminos para encontrarme. No me busques entre los creyentes piadosos ni entre los practicantes. Búscame entre los que han perdido el camino y no saben cómo volver a ti.
Ningún ser humano se aleja tanto de ti que no pueda encontrarte de nuevo...
Cuando alguien viene a ti,
no importa la edad, el día
ni su condición humana.
Si viene a ti con alma sincera descubre tu Amor...
como una fuente de frescor inalterable.
S0REN KIERKEGAARD.
Nadie nos ha contratado
En esa gran plaza que es la Iglesia, uno puede contemplar demasiada gente sentada sin que alguien les invite a trabajar por el Reino de Dios y en el servicio a los hermanos.
Veo demasiados laicos que no tienen nada que hacer.
Veo demasiados bautizados sin nada que hacer.
Veo demasiados laicos bautizados aburridos porque nadie cuenta con ellos.
Y mientras tanto, también veo la cantidad de necesidades en la viña de la Iglesia.
Demasiadas Parroquias sin sacerdote.
Demasiadas Comunidades sin la presencia del sacerdote.
Demasiadas Iglesias cerradas por falta de sacerdotes.
Demasiados sacerdotes atendiendo a infinidad de parroquias.
Uno siente un algo que le punza interiormente cuando escucha que en Brasil “más del “70%” de los católicos no pueden celebrar la eucaristía los domingos, y sugieren volver a pensar la cuestión de la ministerialidad laical y la posibilidad de que los sacerdotes casados puedan volver a asumir el ministerio”. Y al menos, ellos han tenido la valentía de reconocerlo. ¿Qué dirán otros? ¿O preferible el silencio que raspar en la herida?
Yo me pregunto ¿hasta cuando seguiremos con la conciencia tranquila aferrados a ciertos prejuicios?
¿Será evangélico que el 70% de los católicos carezca de eucaristía cuando decimos que la Eucaristía hace la Iglesia?
Mientras tanto, los laicos bautizados siguen ahí en la plaza aburridos y sin hacer nada.
Nadie les invita, porque pareciera que ellos son menores de edad.
Nadie cuenta con ellos, porque son sencillamente laicos.
Nadie los compromete, porque para eso están los sacerdotes que ya no existen.
Siento pena mirar a la plaza de la Iglesia y ver que casi el noventa y nueve por cien no tiene trabajo. Y el resto va mermando cada día, porque las vocaciones escasean cada día y los que estamos ya no vamos para jóvenes. ¿No sucederá también aquí lo que lamentamos en la realidad social? Mientras las riquezas abundan en los países del primer mundo, el tercer y cuarto mundo se están muriendo de hambre? Mientras la Iglesia tiene una fuerte reserva de vida en los seglares bautizados, la mayor parte de los católicos sigue sin atención pastoral y sin celebración eucarística, debilitándose o muriendo por falta de atención.
¡Cuántas mujeres llenas de espíritu dispuestas a comprometerse!
¡Cuántas mujeres bautizadas y que sencillamente están en la Iglesia!
¡Cuántas mujeres con el corazón abierto a hacer algo!
¡Pero con un gran pecado: son eso, mujeres!
¿Será esta la voluntad de Jesús?
¿Será que Jesús prefiere que los fieles carezcan de atención, a que las mujeres arrimen su hombro en la Iglesia?
¿Será que Jesús quiere que habiendo quienes puedan hacerse presentes, tengan que estar ausentes por el simple pecado de ser mujeres?
¿Será un dogma de fe la marginación de la mujer, que está por encima de las necesidades de la Iglesia?
¿Será evangélico que es preferible el abandono de las comunidades sin pastor, a ofrecer puestos de responsabilidad a las mujeres y a los laicos?
Es cierto que los Documentos dicen: “Los laicos deben participar del discernimiento, la toma de decisiones, la planificación y la ejecución”.
¿Pero dónde están? ¿Quiénes cuentan con su participación, su discernimiento, toma de decisiones, planificación y ejecución?
Mi pregunta es clara. Si Jesús pasase hoy por tantas de nuestras comunidades sin pastor y luego se diese una vuelta por nuestras plazas eclesiales y viese a tantos laicos bautizados, hombres y mujeres:
¿Los dejaría jugando a las cartas, o matando su aburrimiento en el bingo o muertos de inutilidad?
¿A caso no les diría también a ellos: ¿qué hacéis aquí sin hacer nada?
Es posible que su respuesta fuese como la de los obreros de la parábola:
“La Iglesia no nos ha contratado porque somos laicos”.
“La Iglesia no nos ha contratado porque somos mujeres”.
¿Podrá inquietarnos el Evangelio de hoy? Porque también este Evangelio es Palabra de Dios hoy y para hoy.
Aprender el padrenuestro
Desde la infancia te enseñaron a rezar el padrenuestro. Seguramente has repetido esa oración muchas veces antes de comenzar a comer; la has cantado en misa; la has recitado como penitencia después de la confesión. Hoy, tal vez, la tienes muy olvidada.
Siempre te han dicho que es la oración más importante para los cristianos. Una oración que la enseñó el mismo Jesús. Para decir la verdad, nunca la has entendido muy bien. La has repetido una y otra vez sin saber lo que decías. ¿Podrás ahora «aprender» a rezar el padrenuestro?, ¿podrás pronunciar esas palabras desde dentro, sintiendo algo de lo que pudo sentir Jesús?, ¿podrás, por fin, descubrir su contenido?
«Padre nuestro que estás en el cielo». Tú eres el Padre de todos. No estás ligado a un lugar sagrado. No vives encerrado en los templos, mezquitas o sinagogas. Desde el «cielo» cuidas de todos tus hijos e hijas. No eres propiedad de ninguna religión. No eres solo de los piadosos. Tú haces salir tu sol sobre buenos y malos. Por eso también yo te invoco como Padre.
«Santificado sea tu nombre». Haz que tu nombre de «Padre» sea conocido y venerado. Que todos reconozcan la bondad y la fuerza salvadora que encierra ese nombre santo. Que nadie lo desprecie. Que nadie lo profane maltratando a tus hijos e hijas. Manifiesta ya tu poder salvador. Que sean desterrados los nombres de los dioses e ídolos que matan a tus pobres. Que todos bendigan tu nombre de Padre bueno. Que nadie haga daño en tu nombre.
«Venga a nosotros tu reino». Que no reine en el mundo la violencia y el odio destructor. Que reine tu justicia, tu compasión y tu perdón. Que no reine el primer mundo sobre el tercero, ni los europeos sobre los africanos. Que los poderosos no abusen de los débiles ni los ricos de los pobres. Que los varones no dominen ni maltraten a las mujeres. Que se adueñe del mundo el amor y la solidaridad. Que sepamos abrir caminos a tu paz.
«Que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo».
Que no encuentre tanto obstáculo y resistencia en nosotros. Que se haga tu voluntad y no la nuestra. Que se cumplan tus deseos, pues tú solo quieres nuestro bien.
Que en el mundo entero se haga tu voluntad y no lo que desean los poderosos de la tierra. Que veamos hecho realidad entre nosotros lo que tienes decidido en tu corazón de Padre.
«Danos hoy el pan de cada día». Danos a todos el alimento que necesitamos para vivir. Que a nadie le falte pan. No te pedimos dinero ni bienestar abundante. No queremos riquezas para acumular. Solo pan para todos.
Que los hambrientos de la Tierra puedan comer; que tus pobres dejen de llorar y empiecen a reír; que los podamos ver viviendo con dignidad. Que ese pan que un día podremos comer todos juntos, sentados a tu mesa, lo podamos gustar desde ahora.
«Perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores». Estamos en deuda contigo. No sabemos responder a tu amor de Padre. No entramos en tu reino. Necesitamos tu perdón y tu misericordia. Nuestra oración es sincera. Al pedirte perdón estamos perdonando a quienes están en deuda con nosotros. No deseamos alimentar en nuestro corazón resentimientos ni deseos de venganza contra nadie. Que tu perdón nos transforme y nos haga vivir perdonándonos mutuamente.
«No nos dejes caer en la tentación». Somos seres débiles, expuestos a toda clase de peligros y riesgos que pueden arruinar nuestra vida, alejándonos para siempre de tu reino. El misterio del mal nos amenaza. No nos dejes caer en la tentación de rechazarte. No nos dejes caer derrotados en la prueba final. Que en medio de la tentación podamos contar con tu ayuda poderosa.
«Líbranos del mal». Escucha nuestro grito de socorro. Líbranos del mal. Hemos nacido para vivir. Queremos conocer una vida diferente, plena, liberada. ¡Padre, arráncanos del mal! Amén.
Dios, el nombre con el que te invocamos
está como muerto,
vacío y caduco,
como cualquier palabra humana.
Te pedimos que vuelva a tener fuerza
como un nombre lleno de promesas,
como una palabra viva.
Aprende a estar bien con los demás
- Para ello comienza por aceptar a los demás tal y como ellos son. No esperes a que sean como tú quisieras que fuesen.
- Piensa que los demás son diferentes a ti, por más que sean como tú. Por eso, los demás también piensan. No pretendas imponerles tus ideas. Ofréceselas.
- Piensa que los demás son diferentes a ti, por mucho que se te parezcan. Por eso tienen sus propios sentimientos. Posiblemente distintos a los tuyos. Respétalos.
- Piensa que los demás son diferentes a ti, por eso tienen también sus intereses y sus gustos personales. No trates de que todos vean las cosas como tú las ves. Respeta su modo de ver.
- Piensa que los demás tienen un carácter distinto al tuyo. Por eso son diferentes. Son ellos mismos. Lo importante es que respetemos su carácter y sepamos compaginarlo con el nuestro.
- Piensa que los demás hacen cosas distintas a las que tú haces. Aprende a valorarlas. Es posible que tú los hubieses hecho de otra manera. Reconoce todo lo bueno que hay en lo que los otros hacen.
- Estar bien con los demás es hacer que los demás se sientan bien contigo mismo. Que disfruten de tu presencia y esa tu presencia les haga sentirse un poco más felices.
- Estar a bien con los demás no es que todos pensemos lo mismo, hagamos lo mismo, hablemos lo mismo. Estar bien con los demás es respetarnos y valorarnos y aceptarnos.
- Estar a bien con los demás es considerarlos tan importantes que merece la pena que sacrifiques algo de lo tuyo para que ellos se sientan mejor.
Como ves no es difícil estar a bien con los demás. Todo depende de las actitudes que haya en tu corazón. Sobre todo, todo depende de cómo los miras y los valoras
Aprende a estar bien con Dios
1. No pretendas manipular a Dios. No es Él quien debe adaptarse a tus caprichos sino que serás siempre tú quien debas adaptarte a sus exigencias.
2. No pretendas que Dios soluciones todos tus problemas. Tus problemas tendrás que solucionarlos toditos tú mismo. Lo único que puede hacer Dios es ayudarte, darte fuerzas para que los soluciones.
3. Jamás culpes a Dios de las cosas que te salen mal, ni de tus enfermedades, accidentes o fracasos. No suele ser ése un deporte practicado por Dios. Antes de culparle a Él examina bien qué ha sucedido para que estas cosas pasen.
4. No te atrevas nunca a romper tus relaciones con Dios, amargado porque tú le pediste no sé qué cosas y no te las concedió. Dios no es una farmacia, ni un supermercado, ni la oración es para eso.
5. Jamás se te ocurra pensar que las cosas te salen mal sencillamente porque Dios te está castigando por lo que hiciste no sé cuando y no sé dónde. Dios tampoco reparte castigos. Sólo reparte amores. Castigos jamás. Si las cosas te salen mal será por otras razones. Jamás por castigo de Dios.
6. Cada mañana al levantarte piensa que Dios quiere para ti un día muy feliz. Tu infelicidad le duele en su propio corazón. No olvides que eres su hijo.
7. No dejes de pasar ni un solo día sin dedicarle un ratito de tu tiempo. No seas de los que tampoco tienen tiempo para Dios, o solo le conceden los “vueltos”, es decir, el tiempo que no te sirve para nada
Aprender a orar
Ni tú mismo sabes lo que te ha pasado, pero hace tiempo que no rezas. Poco a poco te has ido alejando calladamente de Dios y ahora no sabes qué hacer. A veces te parece que ya no lo necesitas. Otras veces, en momentos de apuro o dificultad, sientes dentro de ti un deseo. Pero, ¿cómo te vas a poner ahora a rezar después de tantos años?
Si quieres, hoy vamos a hablar de esto. ¿Qué puedes hacer tú en estos momentos para aprender a rezar? Nunca has sido muy rezador. No tienes a nadie que te enseñe a dar algunos pasos. ¿Por dónde puedes empezar?
Lo primero es despertar en ti una actitud de confianza grande en Dios. Piensa esto: «Yo no sé rezar. Tampoco sé si me interesa mucho. Pero Dios me quiere. Eso seguro. Y además me entiende y me acoge como ni yo mismo soy capaz de quererme, entenderme y acogerme».
Preséntate ante Dios tal como eres y tal como estás. No necesitas defenderte o justificarte. No trates de engañarle. Él te conoce y te acepta. Puedes sentirte ante él con paz.
Ante Dios tienes que estar con tu cuerpo relajado, con un corazón atento y una respiración en calma. Ante Dios tienes que estar tú, con lo que sientes y vives en ese momento. Con tus deseos y necesidades. Con tus miedos, alegrías y sufrimientos.
A lo mejor piensas que lo más importante es hablarle a Dios. Sin embargo, lo más decisivo casi siempre es escuchar. Callarte y escuchar lo que brota de ti. Hacer silencio para captar la presencia misteriosa de Dios.
En la oración tienes que hablar a Dios de lo que estás viviendo. A veces le podrás dar gracias porque te sientes bien, has recibido una buena noticia, tienes motivos para estar alegre. Te acuerdas de Dios y das gracias porque él siempre te quiere ver dichoso.
Otras veces le puedes pedir perdón porque no has actuado bien, no has sido honesto, has tratado mal a alguien. No te sientes bien contigo mismo y necesitas sentirte perdonado, poder vivir de nuevo con paz ante ti mismo y ante Dios.
Otras veces, tal vez, lo que necesitas es invocar a Dios porque te sientes triste y desanimado, necesitas luz y paz.
Te hará bien sentir cerca a Dios. Él quiere para ti lo mejor. No necesitas acudir a libros o pronunciar frases hechas. Es mejor que le hables a Dios a tu estilo, con palabras tuyas, como te sale de dentro. Tú sabes mejor que nadie cómo lo puedes hacer. No necesitas hablar mucho.
Bastan pocas palabras, pero muy sentidas.
Por si no se te ocurre nada, te propongo algunas frases cortas. Puedes decirlas despacio y desde dentro:
«Dios mío, te necesito»;
«Tú conoces como soy. Perdóname»;
«Tú solo eres grande y bueno. Ayúdame a creer más en ti»;
«Ten compasión de mí, que no soy capaz de cambiar»;
«Tu fuerza me sostiene siempre. Gracias»;
«Guíame por el camino recto»;
«Despierta en mí la alegría»;
«Enséñame tú mismo a orar».
También puedes repetir esas oraciones sencillas que la gente le decía a Jesús: «Señor, que vea»; «Jesús, si tú quieres puedes limpiarme»; «Señor, ten compasión de mí, que soy un pecador»; «Creo, pero aumenta mi fe».
Tal vez estás pensando: «Todo esto, ¿para que sirve?,
¿no es hablar al vacío?, ¿no es engañarnos ingenuamente a nosotros mismos?». Haz la prueba. Es fácil que experimentes una paz nueva que te puede ayudar a situar las cosas en su verdadera dimensión y a dar a tu vida su verdadero sentido.
Si todo esto no te dice nada, puedes rezar como lo hacía Charles de Foucauld cuando era agnóstico: «Dios mío, si existes, enséñame a conocerte».
Enséñame, Señor, cómo llegar hasta ti.
Yo no puedo hacer otra cosa que desearlo...
Cómo llegar hasta ti, no lo sé.
Inspírame tú, enséñame,
dime qué necesito para este camino.
AGUSTIN.
Sin renuncia no hay felicidad
Jesús nos habla en el evangelio de "negarse a sí mismo", de "cargar la cruz", de "perder la vida", de quemarla, en definitiva, para que se convierta en luz y calor. Jesús plantea sus exigencias en términos de radicalidad.
Evidentemente, años atrás, los cristianos pecamos de victimismo, se glorificó demasiado el sufrimiento. Ahora el hombre moderno huye de la cruz de Cristo. Este error se proyecta a veces en la educación de los hijos a los que se les quiere ahorrar el sufrimiento más mínimo. Es un error educativo mortal. "No tengo ganas”… “no me lo pide el cuerpo"… es con frecuencia la razón suprema para rechazar una propuesta.
No sólo los pensadores cristianos, sino también otros pensadores y psicólogos alejados de la fe denuncian esta peligrosa apostasía de la ascesis. Decía el psiquiatra Enrique Rojas: "Me gustaría escribir un libro con el título: Tabla de ejercicios de gimnasia de fuerza de voluntad y con ejemplos como éste: “Ahora hago esto sin ganas porque es mi obligación. Después me obligo a aquella tarea, aunque no me apetezca, porque sé que es bueno para mí. Más tarde haré aquello otro porque hará de mí una persona mucho más rica. ¡Qué pena da, por ejemplo, la imagen del niño mimado que siempre hace lo que quiere. ¡No llegará lejos!".
¿No es éste el caso de tantos cristianos, jóvenes y adultos, que, para justificar su falta de participación en la Eucaristía, dan como razón: Es que no me apetece?... La autenticidad de la participación en la Eucaristía o en cualquier otra actividad humana no la dan las ganas o el gusto, sino la convicción. ¡Qué desastre si los padres dejaran de atender a sus hijos cuando no tienen ganas! ¿Os imagináis el desastre si dejáramos de trabajar cuando no nos apetece?
No se trata de unas imposiciones caprichosas de Jesús como si quisiera convertir la vida de sus discípulos en una carrera de obstáculos. Es una exigencia natural de la vida. No hay vida nueva sin corrupción de la semilla bajo la oscuridad de la tierra; no hay nuevo nacimiento sin los dolores del alumbramiento. Todos hemos sido espectadores de los esfuerzos y lágrimas de alegría de los medallistas olímpicos en las Olimpiadas. Son aleccionadores sus testimonios. Pablo presenta a los atletas como modelos para el cristiano. Ese triunfo no se regala a nadie. Como los mismos atletas confiesan, ese triunfo es el fruto de ocho o más horas de entrenamiento, de dietas muy severas, de una vida austera, disciplinada, sin la más mínima concesión a la vida licenciosa. Como ya decía Pablo de los corredores de su tiempo, se "abstienen de todo" (1 Co 9,25). Y eso para alcanzar una corona marchitable de laurel o para alcanzar, en nuestros tiempos, una medalla, fama y un poco de dinero. ¡Cuánto más hemos de abstenernos de lo que sea necesario, agrega el apóstol, los que corremos por una corona que no se marchita, por unos valores que no están en el orden del tener, sino del ser...!
La renuncia no sólo es condición imprescindible para la felicidad del más allá; es también condición imprescindible para la felicidad en el más acá. Cuando cada uno va a lo suyo o quiere salir con la suya, la sociedad se convierte en un auténtico infierno. ¿Por qué quiebran muchos matrimonios casi en sus mismos comienzos? Porque ninguno de los cónyuges ha aprendido a renunciar, buscan una felicidad barata y a costa del otro. El niño o joven consentido de hoy es el esposo y el padre frustrado y frustrante del mañana. Por eso, consentir a los hijos es prepararlos para la desventura.
Con esto no quiero decir que yo propicie el victimismo; digo que el egoísta hace imposible la felicidad para él y para los demás. Al espabilado, al listillo, al que sólo se busca a sí mismo y se niega a renunciar a nada, la vida termina pasándole factura. Cuando las personas nos obstinamos en defender nuestros intereses y no somos capaces de ceder, se produce en la convivencia un atasco infernal con gritos, insultos, golpes y choques, lo mismo que cuando ninguno de los conductores quiere ceder el paso.
¿Cuáles son las exigencias que nos propone Jesús para alcanzar esa vida nueva, plena, feliz, colmada de paz profunda? Son exigencias radicales. Jesús habla, nada menos, que de "perder la vida", jugarse la vida, empeñarla enteramente. En este sentido hay que confesar un tanto avergonzados que, con muchísima frecuencia, hacen más los idólatras por sus ídolos, el avaro por la riqueza, el orgulloso por su fama, el hedonista por el placer, el ambicioso por el poder que los creyentes por el único Dios verdadero, por el auténtico tesoro del Reino. A la luz de la Palabra del Señor, ¿cómo puede llamarse cristiano quien no es capaz de renunciar a un partido de fútbol, a un capricho de la moda, a un rato de comodidad para colaborar en una organización humanitaria, realizar un servicio o formarse mejor? Un cristianismo tan barato no es el de Cristo, sino un invento de nuestra comodidad.