ESPACIO PARA EL ESPÍRITU

CUANDO DES...

Escrito por juanjauregui 26-07-2012 en General. Comentarios (0)

 

Cuando des algo a los demás, hazlo de tal manera que el que recibe vea más el amor de quien le da, que aquello que le estás dando. Lo que le das puede satisfacer una necesidad, pero tu amor lo hará sentirse mejor.

Cuando tu mano se alargue para dar algo, trata en lo posible que quien recibe no se sienta herido, ni necesitado, sino respetado y realizado en su dignidad de persona.

Cuando des algo que tu sonrisa sea más grande y más visible que tu propio donativo.

Es más fácil comprarles un ramo de rosas a tus padres ancianos, que dedicarles unas horas de compañía. Las rosas se compran con dinero. Tu compañía les manifiesta y revela tu cariño.

Que cuando des algo, quien lo recibe agradezca más tu sonrisa y tu amor que la limosna que pones en sus manos. La sonrisa y el amor manifestarán que no te duele dar, y sobre todo, que te interesa él como persona.

Cuando des algo no lo hagas para tranquilizar tu conciencia o por quitártelo de encima al otro, sino porque crees que el otro es tanto o más importante que tú mismo.

Date siempre en aquello que das.
Para saber dar bien
hay que comenzar por darse.

Cuando des algo a los demás no lo hagas para ganar méritos, no estarías dando nada, sino haciendo una inversión. Si quieres hacer inversiones tienes los bancos o los negocios. No rebajes a los demás a un negocio lucrativo.

NO TENEMOS TIEMPO

Escrito por juanjauregui 22-07-2012 en General. Comentarios (0)

Todos vivimos eso que llamamos "tren de vida" que no tenemos tiempo para nada. No tenemos tiempo para descansar. No tenemos tiempo para encontrarnos con nosotros mismos. No tenemos tiempo para encontrarnos con Dios.

 

Hemos aprendido a trabajar, no hemos aprendido a descansar. Por eso, el descanso termina por ser no un espacio lleno, sino un vacío que no aguantamos. Necesitamos estar "ocupados". Nos quejamos de que no tenemos tiempo, pero cuando lo tenemos no sabemos qué hacer con ese tiempo y lo invertimos en cualquier cosa que nos distraiga. El silencio nos resulta pesado, inaguantable, necesitamos de algo que nos distraiga, que nos saque de nosotros mismos, que no nos enfrente ni con la realidad ni con Dios. Por eso no disponemos de tiempo, no solo para comer sino para dedicarnos a nosotros mismos y a Dios. Lo cual, como es lógico, nos lleva a todos a una despersonalización porque solo somos en la medida en que vivimos con nosotros mismos. Además, sólo podemos hacer experiencia de Dios en la medida en que disponemos de ese silencio para escucharle y hablarle.

 

 

TIEMPO DE LOS ESPOSOS

 

Cuando estábamos enamorados nos faltaba tiempo para estar juntos y buscarnos y charlar y decirnos nuestras cosas, muchas veces intrascendentes. Aquello formaba la trama de nuestras relaciones.

 

Ahora que estamos casados no encontramos tiempo para estar juntos y compartir juntos nuestros sentimientos, nuestras penas y nuestras alegrías, nuestros vacíos y nuestras frustraciones.

 

Hay un tiempo que debiéramos llamar "el tiempo para nosotros mismos".

Hay un tiempo que debiéramos llamar "el tiempo del espíritu y de la fe".

Hay un tiempo que debiéramos llamar "el tiempo de los esposos".

 

Unos esposos sin tiempo para ellos mismos, terminan siendo dos solitarios. Es decir, terminan dejando de ser esposos. A lo más podrán ser dos que viajan en el mismo microbús, pero en silencio y sin encontrarse. La base de una pareja es vivir en "relación", en "comunión de vida y amor". ¿Dónde puede estar esa comunión cuando los quehaceres son más importantes que las personas? ,

Uno de los elementos o causas de tantos fracasos de la pareja pienso que está precisamente en eso: en no saber dedicarse tiempo el uno al otro, el no saber estar juntos compartiendo sus vidas porque eso de "no tener tiempo para él o para ella" significa que todo es más importante que él o que ella. Eso provoca, evidentemente, un desfonde anímico y una frustración de no sentirse importante.

 

Cabría preguntarse si la causa de muchas infidelidades no está precisamente ahí, en ese sentir que a nadie le importo. Basta que alguien se preocupe de mí, para sentir que mi corazón cambia de rumbo.

 

TIEMPO PARA SER PADRES

 

También existe un tiempo para ser padres. Siempre me ha llamado la atención cómo los abuelos disfrutan más de los nietos que de los hijos.

¿Razón? Muy simple. Cuando eran padres, no tenían tiempo para estar con los hijos, jugar con ellos, compartir con ellos. Estaban muy ocupados. Mientras que ahora, ya mayores, disponen de todo el tiempo del mundo, y los nietos vienen a ocupar el espacio que no ocuparon los hijos.

 

El tiempo que no dedicaron a los hijos se lo dedican ahora a los nietos. Mientras tanto, los hijos han crecido con un vacío, el de no sentirse importantes, el de sentir muchas veces que eran un estorbo. Ello afecta claramente a su propia autoestima que se manifiesta luego, más tarde en la adolescencia y en la juventud.

 

Los hijos necesitan de nuestro tiempo. El tiempo de la compañía, la amistad y la relación.

Los hijos necesitan de nuestro tiempo, para sentir que no son simples cosas sino personas importantes, capaces de ocupar la vida de los mayores. No seamos como aquel padre que un día, dándoselas de buen padre, me decía que él "dedicaba a sus hijos una hora a la semana, de siete a ocho de la noche". Como era amigo mío, yo le puse de sobrenombre el "padre de siete a ocho de la noche".

 

El trabajo puede ser importante, pero los hijos también.

Los amigos pueden ser importantes, pero los hijos más.

El tiempo que dedicamos a los hijos comenzará a dar frutos de madurez más tarde.

 

El descanso veraniego puede ser un tiempo magnífico para revisar nuestra vida, reconocer nuestras equivocaciones, respetar nuestros límites y aprender a vivir de manera más humana... Es una forma de escuchar la invitación que nos hace Jesús en el Evangelio: "Venid a un sitio tranquilo a descansar".

TENER TIEMPO

Escrito por juanjauregui 18-07-2012 en General. Comentarios (0)

 

 

Un problema de suma actualidad: “No tenemos tiempo.”

 

Y una urgencia de actualidad: “Necesitamos tener tiempo” porque son muchos los que están necesitados de nuestro tiempo.

 

Tú mismo estás necesitado de tiempo, para poder encontrarte contigo mismo. Hoy la inmensa mayoría de la gente se siente sola consigo misma porque no tiene tiempo para regalarse y encontrarse. La mayoría vivimos asomados siempre a la ventana o sentados frente al televisor robándonos el tiempo que todos necesitamos para darnos a nosotros mismos un tiempo de encuentro con nuestra interioridad. Personalmente, estoy convencido de que la verdadera soledad no es no tener a nadie a nuestro lado, sino el no ser capaces de estar con nosotros mismos.

 

Los esposos necesitan de un tiempo suficiente para estar a solas entre ellos y hablar de ellos mismos, de sus problemas, de sus vacíos, de sus inquietudes y preocupaciones. La gran mayoría de los esposos, desde que se casaron, están condenados a la soledad de cada uno consigo mismo porque el otro no tiene tiempo para dedicarle un rato para escucharle y para compartir juntos los mismos sentimientos.

 

Los padres necesitan tiempo para estar con sus hijos. Tenemos tanto que hacer que los hijos suelen pasar a un segundo plano. Por eso, los hijos buscan la calle, el grupo de amistades, la collera, porque al menos allí tienen con quienes hablar y tienen quien los escuche.

 

La soledad hoy en día se llama “no tener tiempo”. Alguien me decía: “Va uno al psiquiatra y llegan los cincuenta minutos y escucha la consabida voz: Venga usted la semana próxima, por hoy hemos terminado”. Hoy damos nuestro tiempo a cuenta gotas. Nadie tiene tiempo para los demás. Nadie tiene tiempo para escuchar al otro. No se trata de que los demás solucionen nuestros problemas. Lo único que necesitamos es que alguien tenga tiempo para escucharnos.

 

Seamos sinceros, ¿de cuánto tiempo dispones cada día para escuchar al otro, a los otros? Por eso el pecado de nuestro tiempo es “la soledad”. Pareciera que el único que siempre tiene tiempo para nosotros es Dios. Él tiene todo el tiempo para cada uno de nosotros. Vete al Sagrario y verás que Dios no tiene prisa alguna. Puedes hablar y desahogarte con Él todo el tiempo que necesites, pero uno necesita también el tiempo humano, el tiempo de los demás.

NO ESTÁ MUERTA, ESTÁ DORMIDA

Escrito por juanjauregui 30-06-2012 en General. Comentarios (0)

El Evangelio de hoy tiene como base a dos mujeres.

La una es una niña de doce años.

La otra una mujer, no sabemos su edad, pero que, por coincidencia con la niña, llevaba doce años enferma.

Y lo curioso es que a la niña la dan por muerta.

Mientras que para Jesús es que simplemente está dormida.

Y la mujer, enferma durante doce años, es una mujer también socialmente muerta en su dignidad femenina, en su dignidad de mujer.

 “Es una mujer enferma en las raíces mismas de su feminidad. Aquellas pérdidas de sangre que viene padeciendo desde hace doce años la excluyen de la intimidad y del amor conyugal. Según las normas del Levítico es impura ante sus propios ojos y ante los demás, una mujer intocable y frustrada. Su ser más íntimo de mujer está herido. Su sangre se derrama inútilmente. Su vida se desgasta en la esterilidad. El Evangelista la describe como una mujer ignorada y solitaria, avergonzada de sí misma, perdida en el anonimato de la multitud”.

 

Y ambas mujeres son recuperadas por Jesús.

La que parecía muerta, sencillamente estaba dormida.

Pero él la coge de la mano y la pone en pie: “Contigo hablo, niña, levántate”.

Y la niña se echó a andar.

 

Hay muchas mujeres que diera la impresión de que “están muertas”:

Nadie cuenta con ellas.

Nadie las valora en su verdadera dignidad.

Nadie se atreve a levantarlas y ponerlas a andar en la sociedad o en la Iglesia.

 

 

El Evangelio de hoy ¿no será una llamada al mundo y a la Iglesia a que:

Las mujeres se despierten.

Que comiencen a caminar como los hombres.

Que comiencen a sentirse valoradas como los hombres.

 

Es triste que la mujer comience a ocupar el lugar que le corresponde en la sociedad, no porque la sociedad haya cambiado de mentalidad sino porque ellas han comenzado a despertarse y han comenzado a olvidarse del sueño de la resignación y empiecen a luchar por sus legítimos derechos.

No piden regalos y privilegios.

No han pedido que se les dé nada.

Son ellas mismas las que se han ido ganando a pulso este todavía tibio reconocimiento.

Que se las reconozca como personas, antes que como mujeres.

Que se las acepte como personas, por más que estén marcadas por su feminidad.

El sujeto no es ni masculino ni femenino: es una persona.

Luego vendrá su calificación de masculinidad y feminidad.

Pero ni lo masculino ni lo femenino valen nada, sin la persona que lo sustente.

¿No les estará diciendo hoy Jesús a las mujeres del mundo: “Mujer, contigo hablo, levántate”?

 

Y esa otra mujer, la hemorroisa, marginada por su propia intimidad femenina, ¿no es otro gesto evangélico de la recuperación de la mujer en la sociedad y en la vida religiosa?

La niña dormida es cogida de la mano por Jesús que la levanta.

La mujer enferma en su feminidad es ella misma quien se atreve a tocar el vestido de Jesús.

 

Una mujer marginada por impura.

Una mujer impedida de la intimidad conyugal por impura.

Una mujer condenada a la esterilidad por impura.

 

Pero una mujer capaz de tomar conciencia de sí misma.

Una mujer que quiere recuperar su salud social y espiritual.

Una mujer capaz de arriesgarse, pese a las prohibiciones de la ley, a tocar a Jesús.

Una mujer con una fe en sí misma y en Jesús, que es capaz de sanarse a sí misma.

“Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud”.

 

La niña se despierta de su sueño y se pone en pie, gracias a la fe de su padre.

La segunda se cura y se rehabilita, gracias a su propia fe.

Es lo que hoy se necesita en la sociedad y en la Iglesia:

Padres, hombres, que quieran recuperar la salud de las mujeres.

Mujeres que sepan reconocerse a sí mismas y su dignidad y corran el riesgo de romper con las prohibiciones legales y luchen hasta sanarse de verdad.

No lo lograrán con tratamientos curativos.

No lo lograrán gastando su fortuna.

Lo conseguirán con la fe en ellas mismas y con la fe en el Dios que les regaló la misma dignidad que al hombre. Ya es hora de que la mujer deje de sangrar inútilmente y se sienta disminuida por su feminidad.

LAS SEMILLAS

Escrito por juanjauregui 17-06-2012 en General. Comentarios (0)

Las semillas suelen ser pequeñas, pero tienen un gran simbolismo, porque, al fin y al cabo, las semillas hablan de sementera y hablan de nacimiento y hablan de crecimiento y hablan de grano que maduro ya comienza a oler a pan.

Por eso a Jesús le gustaba hablar de las semillas. Ellas eran uno de los mejores símbolos del Reino. Y hasta diría de Dios. Porque el Reino se nos da en semillas. Y Dios también se nos da en semillas.

Y lo maravilloso de las semillas es que tienen vida.

Y lo maravilloso es que se dejan sembrar.

Y lo maravilloso es que crecen por sí mismas, fruto de esa vida que llevan dentro.

 

¿Recuerdan aquella historieta de aquella viejecita que todos los días viajaba en el tren, y llegado a cierto lugar tiraba algo por la ventana? Un señor que viajaba con ella sintió curiosidad. ¿Qué tiraba por la ventana la vieja y siempre en el mismo lugar? Hasta que se atrevió a preguntarle. Ella muy tranquila respondió: “echo semillas de flores”. Pasó el tiempo y la viejecita ya no apareció más en el tren. Le dijeron que había fallecido. Pero un día, recordándola llegado al lugar donde echaba las semillas miró por la ventana. ¡Y vaya sorpresa! Ella había muerto, pero allí estaba viva, porque toda la vera del ferrocarril estaba llena de flores.

 

Hace un tiempo, leyendo este Evangelio, se me ocurrió escribir algo que hoy, aprovecho para compartir con vosotros. Puede que a alguien le ayude a comprender mejor el misterio de la semilla que se siembra y mientras dormimos ella sigue su proceso de crecimiento. O si prefieren, puede ayudarles a comprender el misterio de la gracia que un día Dios siembra en nuestro corazón y sin darnos nosotros cuenta va llenando de Dios nuestro corazón.

 

1.- He comprado unas semillas y las he sembrado en mi jardín.

Ahora sólo puedo hacer una cosa: esperar a que broten y crezcan.

Y tengo fe de que realmente broten en tallos.

Es la misma fe que Dios tiene en mí cuando siembra en mi vida semillas de vida y de gracia.

 

2.- He visto unas semillas. Son insignificantes. Casi no se ven.

Y sin embargo, cuando las siembre, serán flores que adornen mi jardín.

Hay cosas muy pequeñas que pueden sembrar de belleza el jardín de mi corazón.

 

3.- A veces pienso que lo pequeño carece de importancia.

Siento que debo hacer cosas grandes para ser algo en la vida.

Cuando veo las semillas, me doy cuenta de que también con las cosas muy pequeñas, cada vida puede ser un campo de flores o un campo de trigo en flor.

 

4. – En la vida, lo importante es la semilla.

Nada se nos da ya maduro.

Todo tiene que ser sembrado.

Brotar y crecer.

Lo que hoy parece grande, algún día no fue sino una simple semilla, casi insignificante. Hoy me dedico a sembrar semillas en mi corazón.

 

5.- Me dan envidia los sembradores.

Sus manos siempre están abiertas para que las semillas caigan en el surco de la tierra. Sólo las manos generosas, manos abiertas, son capaces de llenar los surcos de la vida de posibilidades de nueva vida.

 

6.- Las semillas me hablan de tiempo de espera.

Las semillas nunca tienen prisas.

El corazón tiene que crecer al ritmo de las semillas.

Sólo así podrá florecer debidamente.

Las prisas son malas hasta para el corazón.

Más aún para la vida.

 

7.- Las semillas me hablan de mañana, de primavera y verano.

Por eso, las semillas no se quejan del frío del invierno.

Los fríos invernales las favorecen y ayudan a fortalecerse para luego brotar con más vida en la primavera.

Ya no van a importarme los fríos del alma, porque cualquier día amanece en nueva primavera.